El decisivo voto de los universitarios británicos apuesta por la permanencia en la UE

Quiere que todo acabe pronto. “Me siento triste en este final de campaña. Si gana el Remain (la permanencia en la UE), me sentiré aliviada. Sin embargo, no habrá nada que celebrar. La ira que ha aflorado no va a desaparecer de golpe”, señala Beth Button. Esta diplomada en Sociología de 25 años preside la delegación galesa de la única federación de estudiantes del Reino Unido, la National Union of Students (NUS). No podía imaginarse el giro que iban a tomar los acontecimientos: “Creía que se hablaría del papel del Reino Unido en Europa y en el mundo, pero hemos pasado el tiempo tratando de explicar a la gente por qué no se deben cerrar las puertas del país al resto del mundo. Es increíble que hayamos llegado a ese punto”.

En vísperas del referéndum, esta activista, de pelo rubio platino y que lleva un discreto aro en el orificio nasal derecho, mide las consecuencias de lo que considera –pase lo que pase– una derrota. Está cansada de las críticas de los que la consideran parte del establishmentestablishment por haber hecho campaña del mismo lado de David Cameron, el jefe del Gobierno, y de Jeremy Corbyn, líder de los laboristas. Button votará a favor de la permanencia en la Unión Europea, en nombre de los “valores y principios”. “Este referéndum habla de la sociedad en la que se tiene ganas de vivir. No tengo ganas de retirarme a mi isla. Creo en los valores colectivos. Estoy convencida de que Reino Unido tiene numerosas batallas que librar en el seno de la Unión”. Asegura que le hubiera gustado propiciar una dinámica positiva en torno al proyecto europeo, pero los partidarios del Remain han tenido que centrarse en combatir los ataques antimigración de los detractores a la permanencia.

La joven, nacida en Manchester y residente en la capital de Gales, Cardiff, desde hace siete años, apuesta por una UE que garantice los derechos de las mujeres (en lo que respecta a los permisos por maternidad o en la igualdad salarial entre sexos) y del colectivo LGTB. ¿Los partidarios del Leave (del divorcio con la UE) dicen que Reino Unido no ha esperado a Europa a la hora de adoptar leyes progresistas a favor de las mujeres? “Pero se puede hacer mucho desde dentro de la Unión para ayudar a mujeres y a las minorías en otros Estados miembros de la UE”, precisa. Mientras los partidarios del Brexit reiteran desde hace meses la necesidad de “recuperar el control de Bruselas” (take back control from Brussels), este tipo de argumentos no se deja oír en el debate público. “Esta historia de 'control' es un storytelling muy eficaz, que juega con el miedo de la gente y refuerza las tendencias al individualismo”, lamenta, desesperada.

A pesar del pesimismo que reina en la recta final de la campaña, Beth Button tiene motivos para la esperanza. Sabe que su generación, la de los menores de 30 años, exestudiantes Erasmus, pueden hacer que se venza el Remain. Los estudios y sondeos lo vienen diciendo desde hace meses: cuanto más jóvenes son los ciudadanos, más contrarios son al Brexit (las encuestas de The Economist otorgan al Remain el 60% de los votos, entre los más jóvenes; ese porcentaje cae al 36% entre el electorado de edad más avanzada). La predisposición al Remain se acentúa si el votante tiene estudios. El problema, entre los partidarios de la UE, radica en la abstención ya que son también los más jóvenes los que menos acuden a las urnas. En las legislativas de 2015, sólo el 43% de los votantes e entre los 18 y 24 años fueron a votar, frente al 77% de los mayores de 55 años. En aquel momento, esa débil movilización de los más jóvenes benefició sin duda a los laboristas de Ed Miliband, seguido a mucha distancia por los conservadores de Cameron.

La National Union of Students (NUS), contraria al Brexit, ha llevado a cabo un trabajo de fondo, basado en el puerta a puerta, dirigido sobre todo a movilizar a las tropas e inscribir a los que no lo estaban. El plazo para hacerlo concluía a principios de junio y la operación parece haber funcionado. Nunca ha habido tantos votantes inscritos en unas elecciones en Reino Unido (unos 46,5 millones de personas). Esto podrá influir en el resultado que salgan de las urnas. “La ironía es que muchos estudiantes habían desaparecido del censo electoral en virtud de una ley que aprobó David Cameron, antes de las elecciones de 2015. Se trataba una operación destinada a facilitarle la reelección. Ahora es el mismo David Cameron el que espera una importante movilización estudiantil”, dice Beth Button. En una tribuna publicada el martes en The Guardian, el ministro de Universidades, Jo Johnson, ensalza los méritos de Europa en un registro muy “tecno”: si bien es verdad que Londres contribuye en un 12% al presupuesto de la UE, explica, el país recibe casi el 15% de la partida que Bruselas destina a la financiación de la investigación universitaria… 

En el campus de la prestigiosa universidad de Cardiff, muchos estudiantes hacen suyos esos razonamientos sobre los costes y los beneficios de la UE. El Remain parece imponerse mayoritariamente entre los presentes (hace días que terminaron los exámenes y muchos de los 35.000 estudiantes se han marchado ya a casa), pero Europa no desata pasiones. Más bien se trata de una decisión pragmática y razonable de los estudiantes, que han identificado perfectamente cuáles son sus intereses. Los argumentarios más políticos, como los que da Beth Button, no abundan.

En la terraza de la Students Union, entre los graznidos estruendosos de las gaviotas que recuerdan que Cardif, antes de ciudad universitaria fue un puerto, Sara Yassine, de 20 años, explica las razones que le llevarán a votar por el in, como la mayoría de sus amigos: “Pronto habré terminado mis estudios. Es lógico que vea cómo está el mercado del empleo. Estoy convencida de que un Brexit desestabilizaría la economía”. Esta estudiante de tercer año de historia moderna, que viste un velo beige y gafas de montura negra, prosigue: “Tengo previsto irme a dar clases de inglés a un país de Europa, antes de empezar un máster. Si salimos de Europa será mucho más complicado: tendré que pedir un visado. Estoy a favor de la libre circulación”. En esta campaña también ha aprendido que Gales es un país beneficiario neto de los presupuestos europeos. O lo que es lo mismo, que recibe más dinero de lo que pagan los contribuyentes a Bruselas. Para esta joven, simpatizante del Partido Laborista, que votó por Jeremy Corbyn en las primarias del partido celebradas el año pasado, se trata de otro argumento de peso.

“Con la UE, a veces parecemos en una novela de Orwell”

Sara Yassine forma parte de un grupo de estudiantes al que la BBC, la radiotelevisión pública del país, sigue durante la campaña. Da la impresión de que conoce los argumentos al dedillo, similar al modo en que algunos representantes políticos a veces sueltan su discurso. “Vivo en Grangetown [barrio al sur de Cardiff] y el mestizaje social es muy importante. Hay gente de todas partes. Mis vecinos son gente del Este de Europa y están muy bien integrados. Me deprime ver cómo los partidarios del Leave recurren siempre al mismo argumento”, añade. El problema es que la gente mayor se acuerda todavía de una época anterior a la UE. Yo lo único que conozco es la UE, desde que nací. Y creo que me ha aportado mucho”. El referéndum del jueves podría dividir el Reino Unido, entre una Inglaterra muy partidaria del Brexit y una Escocia muy favorable al Remain. Pero la consulta podría tornarse en enfrentamiento generacional, también incómodo.

Hay alguien, en el campus, que espera que los sondeos se equivoquen. “No creo que, en las facultades del país, el resultado sea del 99% a favor del Remain como algunos se imaginan”, avisa con una sonrisa. Quien habla así es Alex Moscovici –no tiene ninguna relación con el socialista francés–, un londinense fuerte de 23 años, estudiante de español e italiano en Cardiff. Es uno de esos defensores acérrimos de un Brexit de izquierdas –no tanto porque la Unión Europea sea una máquina de inspiración ordoliberal de la que no podrían salir nunca políticas de izquierdas dignas de ese nombre, sino más bien porque el sistema de Bruselas, en su opinión, es todo salvo democrático.

Nos cita en una pub de nombre galés impronunciable (The Crwys), en el barrio bohemio y estudiantil de Cathays,. Viste una camiseta de la Universidad de Pisa, ciudad italiana donde estudió parte de su año Erasmus. Comienza por decir: “Que las cosas queden claras, entre la gente que quiere salir de Europa, hay muchos enfados, por ejemplo en el seno del Ukip. Gente que la aborrecen por encima de todo. No es mi caso. Y la libre circulación de personas, me parece fenomenal”.

El estudiante, de 21 años, habla de los logros que David Cameron consiguió en Bruselas a principios de año, al renegociar el estatus de Gran Bretaña en el seno de la UE. Supuso un detonante. “Cameron no consiguió nada. O casi nada. En ese momento me di cuenta de que era imposible cambiar la UE desde dentro”. Y se explica: “El problema con la UE es que no se trata de un conjunto de países que se reunen para cooperar juntos, como sucede con la ONU o el G-20. En este caso, la UE legisla por nosotros, firma contratos de libre comercio por nosotros, a veces decide en nombre de los pueblos. Mira Grecia, Portugal, Irlanda. A veces no le duelen prendas en hacer lo contrario de lo que la gente ha votado”.

Pero, ¿la democracia funciona mejor a escala de Estados nación en crisis? Después de todo, la Cámara de los Lores, en Westminster, no es un modelo de vitalidad democrática, ni de renovación generacional... “Por supuesto que no es perfecto, pero al menos a escala de Gran Bretaña, tengo la impresión de que se dominan los asuntos, que es más fácil conseguir algo. En 2010, el buen resultado de los liberal-demócratas permitió la celebración de un referéndum. En 2014, David Cameron tuvo que dejar que Escocia votase sobre la independencia. Pasan más cosas”, dice.

El argumento del apoyo financiero de Europa a las universidades y a las infraestructuras de Gales no parece convencer. “A veces, con la UE, parece que estamos en una novela de Orwell. Adora poner su logotipo en todas partes. El otro día vi un banco financiado por la UE... Como si no hubiésemos sido capaces de construir bancos antes de que existiese Europa... En serio, ¡es ridículo!”, se ríe. “Yo no quiero, en serio, que me compren la confianza, si es para dejarlos decidir a mis espaldas”. Alex Moscovici está de buen humor este día: acaba de enterarse que empezará a dar clases de inglés al norte de Italia, en Mestre, a partir de este otoño. No será un Brexit lo que va a cambiar los planes del joven europeo.

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Traducción: Mariola Moreno

Leer el texto en francés:

Quiere que todo acabe pronto. “Me siento triste en este final de campaña. Si gana el Remain (la permanencia en la UE), me sentiré aliviada. Sin embargo, no habrá nada que celebrar. La ira que ha aflorado no va a desaparecer de golpe”, señala Beth Button. Esta diplomada en Sociología de 25 años preside la delegación galesa de la única federación de estudiantes del Reino Unido, la National Union of Students (NUS). No podía imaginarse el giro que iban a tomar los acontecimientos: “Creía que se hablaría del papel del Reino Unido en Europa y en el mundo, pero hemos pasado el tiempo tratando de explicar a la gente por qué no se deben cerrar las puertas del país al resto del mundo. Es increíble que hayamos llegado a ese punto”.

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