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La farsa y el drama del 'impeachment'

Testigos declarando en la primera audiencia pública en el marco de una nueva fase del proceso de 'impeachment' contra Trump

Para sacar lecciones de las dos semanas de audiencias públicas que acaban de celebrarse en el Congreso en el proceso de destitución o impeachment contra Donald Trump, probablemente sea necesario comenzar por el final.

Viernes 22 de noviembre, de buena mañana. La víspera, Fiona Hill, alta funcionaria de la Administración Trump, cerraba el ciclo de audiencias públicas con un testimonio abrumador, uno más, confirmando lo que ya se sabe desde hace semanas. Y que la propia Casa Blanca ha admitido: el verano pasado, Donald Trump y sus amigos hicieron todo lo que pudieron por arrastrar al nuevo presidente ucraniano.

Querían una investigación sobre un rival político en vísperas de las elecciones presidenciales. Dejaron en suspenso 400 millones de dólares en ayuda militar ya asignados por el Congreso para lograr sus objetivos y le prometieron una visita a la Casa Blanca al presidente Zelenski, si accedía.

El intento, poco sutil, fracasó. Su revelación llevó a la apertura del nada frecuente procedimiento de destitución por parte de los demócratas, que cuentan con mayoría en la Cámara de Representantes. En unas semanas, después de Richard Nixon y Bill Clinton, Donald Trump será el tercer presidente sometido a un proceso de impeachment por la Cámara de Representantes. A priori, el Senado, de mayoría republicana, celebrará un juicio de destitución en enero. A menos que se produzca un improbable harakiri colectivo, limpiará la imagen de Donald Trump, que cantará victoria.

Así que este viernes, 22 de noviembre, Donald Trump descolgó el teléfono. Durante 53 minutos, habló en “Fox and friends”, el programa matutino de Fox News, su canal favorito. Los tres presentadores sacaron sus mejores sonrisas y le dieron vaselina, como en las ocasiones especiales.

Hace falta haber visto la conversación, al menos haberla leído, para entender de qué estamos hablando.

“Mi conversación [una llamada telefónica al presidente ucraniano, el 25 de julio, que hizo saltar las alarmas de los servicios de inteligencia y que llevó a un denunciante a escribir un informe] fue perfecta, así lo dijo el presidente ucraniano. Era adecuada, perfecta, amable. Adam Schiff [el congresista demócrata que supervisa el procedimiento] es un cachorro enfermo, es increíble [...]. Hay muchas personas muy, muy, muy malas. Mucha gente dice “El Estado profundo”, no me gusta decir eso, pero están enfermos”. Trump quiere hablar de su “campaña”, “espiada”, dice, “al más alto nivel de gobierno”, por el propio Barack Obama. Las pruebas saldrán a la luz, asegura, vamos a ver lo que vamos a ver.

Los presentadores vuelven a preguntarle por el tema del día. “¿Hubo un quid pro quo, extorsión?”. “No, nada de nada. Adam Schiff es un cachorro enfermo [....] se inventó mi llamada telefónica, y cuando la publiqué todos estaban avergonzados, y Nancy Pelosi la loca [líder demócrata en la Cámara de Representantes], no hizo nada, o está paralizada, no puede hacer nada". Un poco más tarde, llamó a Pelosi “chinche de cama”. Esta vez, tampoco los presentadores dicen nada.

Otro intentona de interrupción de los tres fieles de Fox: “Su embajador en Europa [Gordon Sondland, amigo y donante de Trump al que nombró personalmente] dijo que se produjo un “quid pro quo”. Trump: “Chorradas [...] A ese tipo, por cierto, apenas lo conozco, he hablado con él unas cuantas veces, y el otro con su historia del teléfono [David Holmes, asesor político de la Embajada de Estados Unidos en Kiev, quien declaró bajo juramento haber sido testigo de una conversación comprometedora entre Trump y Sondland], le garantizo que nunca se produjo, realmente tengo buen oído y he estado observando a la gente mientras hablaba por teléfono durante 40 años: cuando estás a 60 centímetros de distancia no puedes oír lo que la persona está diciendo, a menos que esté puesto el altavoz, prueba [...] Dijo [Sondland] que yo no pedí un quid pro quo y de hecho, mire a sus abogados, son los abogados de Hillary Clinton”.

“Señor Trump, la acusación es que usted recurrió a la ayuda financiada por los contribuyentes para atacar a un oponente político, Joe Biden”, insistió un presentador, que también quería hablar de Rudy Giuliani, el abogado de Trump que ocultó una diplomacia paralela para presionar a los ucranianos, una implicación confirmada por muchos testigos directos.

Trump: “Rudy ha luchado incansablemente contra el crimen, el mejor alcalde de Nueva York, una figura legendaria”. Está en contra de Marie Yovanovitch, la embajadora americana en Ucrania a quien despidió en primavera. “La embajadora, la mujer, es alguien de la confianza de Obama, le dije, 'por qué estás siendo tan amable con ella' y me respondieron: 'Señor, es una mujer, hay que ser amable' [...] Ucrania me odiaba, querían que Hillary Clinton ganara. Ni siquiera colgó mi retrato en la embajada, tardó dos años en hacerlo..., no es una santa”.

Le toca el turno al denunciante, un agente de la CIA cuyo nombre supuesto corre por todos los medios de comunicación pro-Trump. "Yo sé exactamente quién es, todo el mundo lo sabe, tú también lo sabes. Si el denunciante estuviera en el otro lado, hace dos meses habrían revelado su nombre, los demócratas y su máquina mediática, los medios de comunicación falsos y corruptos. Quiero que testifique el denunciante, que realizó una denuncia falsa”.

La mayoría de los testigos del Congreso trabajaron para él, algunos de ellos republicanos muy conservadores: Trump dice que son “terribles”, en manos de los “Bush”, los “Clinton” y los “Obama”.

Esta entrevista está llena de afirmaciones falsas y teorías conspirativas: el supuesto hackeo de la campaña de 2016 por parte de los ucranianos; Adam Schiff lo inventó todo y él mismo sería el denunciante (absurdo); la historia misma del retrato en la embajada ucraniana (la Administración tardó nueve meses en enviar un retrato oficial).

"Seguimos órdenes del presidente"

Para un cerebro con un ligero apego a los hechos, toda esta secuencia muestra a un presidente errático y acorralado, sin argumentos, incapaz de defenderse. Lo mismo que esta increíble secuenciade unos días antes, donde Trump fue visto leer como una letanía unas cuantas líneas del testimonio de Sondland garabateado con un gran marcador negro en un bloc de notas frente a la Casa Blanca. Una escena irreal, cubierta por el ruido ensordecedor del helicóptero presidencial.

Cualquier cerebro racional pensará todavía más así (con todo derecho) tras las audiencias públicas en el Congreso, celebradas del 13 al 21 de noviembre, un gran espectáculo televisado, que en realidad hizo añicos la defensa inconsistente de Trump y entorno.

Si bien dijo que Trump le había pedido que no diera la impresión a los ucranianos de que su petición era chantaje, el embajador ante la Unión Europea, Gordon Sondland, un donante que le pagó un millón de dólares para la ceremonia de toma de posesión, reconoció bajo juramento... que venía a ser eso. "Todo el mundo estaba al tanto", señaló, indicando que la presión sobre Ucrania fue un esfuerzo concertado y constante, que venía desde arriba.

Y, por si fuera poco claro: "Seguimos las órdenes del presidente".

A cargo de Ucrania en el Consejo de Seguridad Nacional, un organismo bajo la autoridad del Presidente, el teniente coronel Alexander Vindman, que se mostró tembloroso al principio de su declaración, describió la llamada de Trump del 25 de julio a Zelenski de “inusual e inapropiada”.

Fiona Hill, la exasesora europea y rusa de la misma junta, describió cómo su organización, incluido su exjefe John Bolton (un peligroso halcón despedido por Trump, pero hostil a la presión política sobre Ucrania), frenó de raíz cualquier intento de chantaje. También calificó la teoría de la interferencia ucraniana en las elecciones de 2016 de "narrativa ficticia", alimentada por Moscú y asumida por los republicanos.

Marie Yovanovich, la embajadora despedida, aseguró que se sentía "amenazada" por el presidente, que la atacó en Twitter mientras deponía. "Es muy intimidante", reaccionó lamentandolo.

Al final de las audiencias, el famoso Adam Schiff, el demócrata que Trump convirtió en su bestia negra, afirmó la solemnidad del momento, sentando las bases para la próxima acusación. "Cuando los fundadores crearon un mecanismo de impugnación en la Constitución, les preocupaba lo que podría ocurrir si una persona poco ética se convertía en presidente, si utilizaba su mandato para obtener beneficios personales... El presidente cree que está por encima de la ley, que no tiene obligación de rendir cuentas. No hay nada más peligroso que un presidente que cree que está por encima de la ley".

Los hechos revelados son muy problemáticos y ahora los prueban testimonios jurados. La alarma del denunciante, basada en numerosos testimonios, quedó corroborada. Los testimonios, historias de personas muy cercanas a Trump, fueron explosivos. En este sentido, el drama televisivo fue un éxito.

Sin embargo, al mismo tiempo, se produjo otra tragedia. A lo largo de las audiencias, en los pasillos del Congreso, en sus medios de comunicación, los republicanos orquestaron concienzudamente otra historia. Han denunciado sistemáticamente las maquinaciones políticas, han acusado a los demócratas de sostener el bolígrafo del denunciante, han descrito a Trump como una víctima del Estado profundo, han acusado a la prensa de ocultar las vicisitudes del hijo de Joe Biden en Ucrania, y han saciado la falsa teoría de una Ucrania hostil que actúa contra la campaña de Trump en 2016.

Calificaron de "historias" estas audiencias reveladoras presentadas bajo juramento y dijeron que los demócratas estaban buscando fotos desnudas del presidente. Como de costumbre, desplegaron una realidad paralela, se afirmó todo y lo contrario, haciendo preguntas abstractas que supuestamente apoyan las teorías descabelladas que defienden en otros sitios.

Su objetivo era obvio: convencer a sus incondicionales de que Trump tiene razón y empujar a todos los demás a apagar la televisión ante este lamentable espectáculo.

Al final de estas dos semanas, hay dos lecciones que sacar. La primera es que ya no estamos en los tiempos del WatergateWatergate. ¿Qué pasa con los contrapoderes cuando los actores directamente afectados ya no juegan? Los escándalos ya no tienen consecuencias políticas directas: es posible, y parece eficaz, taparlos bajo una gruesa capa de estiércol. Esta es una lección que no sólo se aplica en los Estados Unidos. Esta estrategia ya la está aplicando Modi, Bolsonaro, Netanyahu. Puede que algún día esté en nuestro propio país. No hay garantía de estar protegidos.

La segunda es que los republicanos norteamericanos están más en guerra que nunca. Muchos desprecian a este presidente. Pero sin él, no son nada. Les da lo que quieren: jueces conservadores, cada vez más desregulación, normas ambientales burladas, y una venganza cultural diaria contra los inmigrantes o "socialistas" que quieren tomar sus armas. Llegarán hasta el final.

Dentro de un año, los votantes estadounidenses tienen la oportunidad de pedirle cuentas a Donald Trump. Si resulta reelegido, el drama de la impugnación que estamos presenciando en este momento puede que tenga que ser revisado.

Al negarse a iniciar antes un procedimiento de destitución contra Trump por todo su "trabajo" (la crueldad de sus políticas migratorias, su corrupción, la forma en que él y su familia se benefician de su presidencia, etc.), ni siquiera cuando el fiscal rspecial Robert Mueller lo sugirió, los responsables del Partido Demócrata tardaron en pedirle cuentas. Este tardío procedimiento de impugnación se limita a un escándalo entre muchos otros.

Una vez que el presidente sea confirmado en el cargo por el Senado, los republicanos podrán decirle "todo esto por esto". Trump volverá a atacar a los "demócratas que no hacen nada": los demócratas "que no hacen nada" y que ni siquiera han conseguido despedirle. _____________

Traducción: Mariola Moreno

Leer el texto en francés:

Un congresista demócrata contrario al 'impeachment' contra Trump planea cambiarse al Partido Republicano

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