Francia Insumisa, un movimiento profeta

Se trata de un pasaje que suena extraño a día de hoy y que se encuentra al final de una obra que Bernard Ravenel le dedicó a la historia del Partido Socialista Unificado (PSU). Ese pequeño partido, fundado en 1960 por disidentes socialistas y comunistas contrarios a la guerra de Argelia, se forjó en las luchas políticas y sociales una identidad original, autogestionada y ecologista. Al no lograr acabar con el dominio del PS y del PCF en la izquierda, y aún menos conseguir reunificar el movimiento obrero francés, el PSU se fue apagando poco a poco en los 80.

Ravenel, reconstruyendo el ambiente crepuscular de entonces, refiere que su organización había llegado a una triple constatación sobre la posibilidad de refundar una fuerza de transformación social: “Esta refundación no se llevará a cabo a partir de la unidad de los revolucionarios; debe implicar a la izquierda tradicional, histórica, vincular lo antiguo y lo nuevo; ya no debe buscarse en una vuelta a la socialdemocracia o a la pureza leninista: la división tradicional entre comunistas y socialistas ha dejado de tener razón de ser en 1985”.

Sobre el estatus logrado por Francia Insumisa (FI) tras las elecciones presidenciales y legislativas, se dice que han hecho falta tres décadas para que una fuerza significativa emerja a partir de este diagnóstico, y habida cuenta de las numerosas incógnitas que encierra. De la candidatura de Pierre Juquin en 1988 al ahogamiento del Frente de Izquierdas en la década de 2010, pasando por el fracaso de los colectivos antiliberales, y después del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA), antes se han producidos numerosas tentativas fallidas. Todas ellas ilustran hasta qué punto la potencialidad de un espacio político sólo se actualiza cuando empresarios políticos se revelan capaces de ponerse manos a la obra, ayudados por un mínimo de circunstancias favorables.

Hace ya mucho tiempo que las transformaciones de los Estados y de las sociedades occidentales, tras los Treinta Gloriosos, alimentan conflictos “estructurales” equivalentes a los que habían surgido otras veces alrededores de la religiones en la esfera pública o del reconocimiento del mundo obrero. Aparecen dos nuevas divisiones, una relativa a la inmigración, el multiculturalismo y la identidad nacional; la otra, a propósito de la globalización, cuestionada por su carácter antidemocrático, desigualitario y productivista.

Mientras la primera división rápidamente tuvo su traducción política, como demuestra el avance de las fuerzas de la derecha radical en los años 80, el segundo apenas comienza a ser ahora mediatizado por fuerzas que tienen cierto peso. Y es en esta perspectiva donde se sitúa el movimiento Francia Insumisa. No se puede entender su voluntad férrea de coherencia, ni las condiciones impuestas a la coalición con otras sensibilidades, sin tomar en serio su ambición de encarnar una nueva ola, ligada por la historia a las antecedentes, pero claramente independiente de los aparatos que surgieron de este pasado.

Cierto es que consideraciones materiales, vinculadas a la financiación pública de los partidos, han influido en la intransigencia mostrada en las legislativas. También se puede plantear la hipótesis de que el estilo sin concesiones de Mélenchon le debe mucho a sus años de formación política, durante los cuales asimiló el valor de la disciplina interna y de la centralización de las decisiones estratégicas. Pero lo esencial, para entender el cambio en curso en el seno de las izquierdas francesas, quizás no esté ahí. No hay que olvidar que Mélenchon y las personas de su entorno, cuando evolucionaban en el seno del PS, constituían una de las últimas facciones ideologizadas de un partido que se había visto vaciado de su sustancia intelectual.

De la crítica de la deriva neoliberal de la socialdemocracia, han pasado a ser los socios racionales del PCF, cuyo conservadurismo doctrinal y estrategia de alianzas variable les causó irritación. Al mismo tiempo, se han apartado de su referente inicial para mirar a Die Linke, partido surgido de una fusión entre disidentes socialdemócratas de la era Schröder y del Partido Comunista de la ex Alemania del Este. Alentados por la insurrección democrática de las “multitudes urbanas” en varios países, atentos al “populismo de izquierdas” experimentado por los camaradas de Podemos, se han convencido de la obsolescencia de las formas anteriores del movimiento obrero. Los dirigentes insumisos comparten una visión del mundo y quieren mejorar su capacidad de difundir, lo más independientemente posible de un “viejo mundo” violentamente rechazado, pese al riesgo de una excesiva rigidez frente a la irreductible diversidad de las fuerzas de la emancipación.

Movimiento “profeta” más que “aspirante”

Investigadores en el ámbito de las ciencias políticas han propuesto diferentes tipologías de los partidos nuevos que han logrado hacerse un hueco. Así, Thomas R. Rochon y Paul Lucardie distinguen fundamentalmente entre partidos “aspirantes” o “purificadores”, partidos “movilizadores” o “profetas”. Los primeros se contentan con ser los mensajeros de sustitución de una ideología existente, que consideran traicionada por el partido que se supone que la porta. Los segundos articulan, por contra, nuevos desafíos, en una nueva oferta ideológica que deben imponer. Los partidos socialdemócratas nacidos a finales del siglo XIX pertenecen a la segunda categoría, mientras que las disidencias que han generado en los años 50 o 70 entran en la primera.

A modo de escrutinio equivalente, los dos tipos de partido no tienen los mismos condicionantes. Un partido aspirante avanzará con mayor facilidad ya que su tarea consiste “sólo” en desviar en beneficio propio identidades políticas ya construidas. Sin embargo, su mantenimiento está a la merced de un desplazamiento estratégico del partido cuestionado. Un partido profeta, por el contrario, depende del debilitamiento adecuado de las lealtades políticas existentes. Sin embargo, puede contar con la exclusividad de la identificación política que habrá construido.

Por supuesto, la novedad de un partido que actualice una división inédita siempre es relativa. Subraya Lucardie que puede tener interés por despertar tradiciones nacionales subterráneas y huérfanas de representación. En el caso de la izquierda radical contemporánea, se trata de rearticular las reivindicaciones tradicionales de la división de clase, en una plataforma de (re)democratización de los regímenes que toma en cuenta los límites del “sistema tierra”, sin desdeñar tampoco los daños que han sufrido mujeres, minorías sexuales y minorías étnicas. En este sentido, no es algo menor que el Partido de Izquierda, del que Francia Insumisa es la culminación estratégica y programática, haya estado a la vanguardia desde el punto de vista de la promoción del ecosocialismo o de la desobediencia a los tratados europeos (dos temas en los que ni el PS ni el PCF han brillado por su audacia).

Además de la capacidad de innovación ideológica, se pueden inferir otras peculiaridades, a la hora de distinguir un partido profeta y tienen que ver con su base electoral. Rochon subraya que este tipo de partido tiende a atraer a los ciudadanos jóvenes que se apartan de las formaciones tradicionales, más que de los partidos aspirantes. También tiende a movilizar a los electores que muestran simpatías partidistas menos marcadas, más volátiles, prueba de su disponibilidad a la hora de abrazar una nueva identidad política. Esto es lo que ha pasado, por ejemplo, en la sociología electoral de Podemos.

Ahora bien, según Ipsos, Mélenchon ha estado sobrerrepresentado en determinados grupos de electores que no se declaran próximos a ningún partido. Así, en este grupo pudo conseguir un apoyo del 23%, el mejor resultado de todos los candidatos. Junto con Macron y Le Pen, logró el mayor número de votos entre los electores que no se consideran “ni a la derecha ni a la izquierda”. Las legislativas, menos movilizadoras, permitieron que los candidatos de Francia Insumisa contaran con los votantes más politizados. Pese a todo, el 10% de los electores que dicen no sentir ninguna afinidad política o que se autodefinen como “ni de derechas ni de izquierdas” votaron por el movimiento. Aunque esta cifra puede ser menor, comparada con el conjunto de las fuerzas políticas, sigue distinguiendo al movimiento FI de otras formaciones a la izquierda del PS.

También resulta interesante analizar la franja de edad de estos votantes. Al contrario de lo que sucede en el PS y en el PCF, Mélenchon y sus candidatos están claramente sobrerrepresentados entre los votantes que tienen entre 18 y 34 años y, en menor medida, entre los activos en general. Mélenchon ha captado un electorado popular urbano, así como a las clases medias dotadas de mayor capital cultural que económico. Estas dos clases sociales, en ascensión demográfica, también son las que tienen sus intereses en el corazón de la nueva división aludida anteriormente, que enfrenta a los que aceptan la globalización del capital y sus exigencias y a los que aspiran a una globalización igualitaria y democrática.

Largo proceso de la izquierda demócrata y ecosocialista

El éxito obtenido por FI es modesto y frágil. Sin embargo no hay que subestimarlo y, a priori, convierte al movimiento en imprescindible. Roger hizo balance en RegardsRegardsde la primera vuelta de las legislativas en estos términos : “En sí mismo, [...] el movimiento Francia Insumisa obtiene mejores resultados que los dos partidos que fueron pivotes de la izquierda francesa, el PC y el PS”. El historiador destacaba también la implantación electoral equilibrada según los departamentos. El origen de los diputados de FI refuerza su observación. Sus circunscripciones de origen son tanto ciudades-centros o zonas populares metropolitanas, como tierras amenazadas por la desindustrialización o zonas más rurales. El potencial de expansión de esta nueva fuerza parece bien real, siempre que se muestre capaz de ir a buscar a “los que faltan”.

Ya lo hemos mencionado. Numerosas tentativas fracasaron antes. La candidatura del comunista disidente Juquin, en 1988, recibió el apoyo de 500 comités de base entusiastas, organizada en una plataforma roja-verde que atrajo al PSU, a la LCR y a “renovadores” marginados del PCF. El resultado final alcanzado fue del 2,1%. En una entrevista reciente concedida a France Culture, Juquin aseguraba que en torno a esta orientación, simplemente, no se habían dado “las condiciones de un gran movimiento popular”.

Volviendo a la desaparición oficial del PSU un año después, en 1989, Ravenel se refiere a ella como “la derrota mundial del movimiento obrero: una derrota social, política y, quizás, sobre todo cultural. El triunfo del imaginario capitalista ha sido tal que, en las clases sociales más víctimas del sistema, ya se no preguntaba sobre la necesidad y la posibilidad de una alternativa a la economía del lucro [...] Después de la derrota de la izquierda en el Gobierno, toda la izquierda, el PSU incluido, ya no tenía legitimidad para aspirar al cambio del orden existente, porque ya no tenía la capacidad teórica ni la fuerza social para conseguirlo”.

A mediados de los 90 se produjo un punto de inflexión. La insurrección zapatista de Chiapas (México), de 1994, coincidía con la entrada en vigor del Acuerdo de librecomercio norteamericano (ALENA), a la que siguió el auge de un movimiento altermundialista. Este se desarrolló también en Francia, donde el movimiento social de diciembre de 1995 puso a la defensiva a los defensores de las reformas neoliberales. Sin embargo, la victoria de la izquierda plural en las legislativas de 1997 congeló las reflexiones lanzadas en el seno del PCF sobre la organización de un “eje de radicalidad”, en el seno del cual habrían cooperado fuerzas partidarias, cuerpos intermedios e intelectuales críticos.

Después del shock de 2002, se dieron varias iniciativas adicionales destinadas a conseguir una unión en estos términos. Un ejemplo fue el movimiento Ramulaud (en alusión a un restaurante de París), llamamiento lanzado en 2003 para coordinar a los antiliberales de izquierda y en cuya base se encontraban nombres como Jean-Luc Mélenchon, Martine Billard o Éric Coquerel, que entonces pertenecían a organizaciones diferentes. La campaña del referéndum de 2005, esencial para comprender la desfidelización del grupo Mélenchon para con el PS, pareció concretar este espacio político. Pero en vísperas de las elecciones presidenciales de 2007, los comités antiliberales organizados no consiguieron una candidatura común, a raíz de las crispaciones identitarias recíprocas entre la LCR y el PCF.

A partir de 2009, el nacimiento del Frente de Izquierda ocultó el declive continuo del PCF y llevó a la extrema izquierda a la marginalidad electoral, especialmente el NPA, que se reveló incapaz de superar su cultura inicial y que pronto iba a convertirse en huérfano de su mediático líder (Olivier Besancenot). Después de una campaña presidencial de éxito en 2012, el estancamiento del Frente de Izquierda y su incapacidad para superar al PS en las elecciones intermedias convencieron a los amigos de Mélenchon de que era necesaria otra estrategia. En un contexto que es el de un retroceso masivo del conjunto de la izquierda, esta estrategia se revelaba, por fin, exitosa.

Combinación de dimensiones

¿Qué pasó? Durante estos veinte últimos años, se combinaron dos tipos de factores con el fin de frenar cualquier nueva forma de transformación. Por una parte, el neoliberalismo aumentó las desigualdades y desestructuró los colectivos laborales, pero los Gobiernos “ganaron tiempo” socavando poco a poco el Estado del bienestar. Las lealtades y las identidades políticas existentes se desagregaron al mismo ritmo, mientras que, por otro lado, los aparatos que sacaban tajada de ello ejercían toda su influencia conservadora.

El PS, incluso en los malos momentos, conservó un núcleo duro de electores fieles que eran la fuerza imprescindible para cualquier alternancia a izquierda. En cuanto al PC, según explica Roger Martelli a Mediapart –socio editorial de infoLibre–, “se retractó pero con suficiente fuerza material para dejar su huella en el espacio a la izquierda del PS. Al haber dejado de ser una fuerza de impulsión, seguía siendo una fuerza de obstaculación”. Según el historiador, Mélenchon tuvo la inteligencia de comprender bastante pronto que este duopolio PS-PCF no estaba menos “obsoleto”. Al poner al PCF contra las cuerdas con la imposición de su candidatura presidencial, Mélenchon enseguida se aprovechó del hundimiento del PS.

Si la aceleró ofreciendo una salida a los fieles hastiados, este hundimiento le debe mucho a los socialistas y a su respuesta ortodoxa a la gran crisis de 2008. Al desestabilizar a grupos sociales, cada vez más numerosos, antes convencidos de que tenían acceso a una vida decente, la crisis también precipitó el repliegue sobre sí misma de élites políticas impidiendo cualquier política alternativa. Una vez al descubierto la lógica de expulsión social, medioambiental y cívica del capitalismo contemporáneo, una vez destruida la dominación de los aparatos de la “vieja izquierda”, había vía libre para que una fuerza nueva pudiese expresar la división latente originada por la mundialización neoliberal.

Para ello, la apuesta estratégica de Mélenchon y sus próximos ha consistido en trazar un límite claro, no solo con el PS en caída libre, sino con todas las fuerzas asociadas por intereses legítimos que preservar. Sin embargo, FI no puede contentarse con el espacio electoral que a día de hoy le pertenece. Debe ampliar su audiencia, mientras consolida una cultura y una consciencia política propias. Para Martelli, la dificultad estriba en “combinar dimensión identitaria y dimensión de reunión”, con el riesgo de ceder a la tentación del encierro, como “el joven PC” de los años 20. Encontramos aquí la necesidad de aliar “al antiguo y al nuevo”, conforme a la fórmula de Ravenel mencionada anteriormente.

Este desafío se une a otros, más generales, que afectan al conjunto de la “izquierda global”, de la que que Immanuel Wallerstein anuncia su gestación, El sociólogo de inspiración marxista, en una reflexión de largo alcance sobre los “movimientos antisistémicos” aparecidos desde 1948, observa que los viejos debates estratégicos no han cambiado: ¿rechazar el poder del Estado o adueñarse de él?, ¿dar prioridad a las luchas sociales o nacionales?, ¿organizarse de forma vertical u horizontal? Para Wallerstein, la palabra clave común debe ser democratización, por la “necesidad inmediata” de aliviar los sufrimientos de los dominados, pero también porque cada reivindicación satisfecha “complica un poco la acumulación incesante de capital”.

Ya sea a través de políticas convencionales o mediante movimientos sociales, se trata en su opinión de poner a prueba las promesas de los regímenes representativos, aunque solo sea por desvelar el carácter dudoso de éstos. Discutiendo esta estrategia en la misma obra, el filósofo Étienne Balibar la juzga más pertinente por cuanto permitiría superar la oposición entre reforma y revolución. Lo esencial consistiría en “hacer diferencias en la relación de fuerzas y en el grado de inteligencia que los ciudadanos tienen del momento histórico en el que afirman sus propios intereses descomponiendo la unidad política de su adversario”. Balibar confiesa sin embargo cierto escepticismo de fondo sobre el carácter realmente “global” de la izquierda antisistémica, subrayando que si el capitalismo unifica el mundo por su racionalidad, genera simultáneamente y continuamente jerarquía, polarización y pugna entre regiones y en el interior de cada una de ellas. Tomando los ejemplos de los efectos diferenciados de las migraciones y del cambio climático, insiste en el hecho de que los intereses de los subalternos del mundo entero no debe estar considerados como comunes.

En la conclusión de su síntesis histórica sobre las izquierdas radicales en Europa, el profesor de Ciencia Política Pascal Delwit destaca dificultades también importantes. Entre ellas, “el debilitamiento del sindicalismo contemporáneo”, que hacen compleja la construcción de una contrasociedad en un espacio social donde las relaciones mercantiles y competitivas han sido naturalizadas. En relación con esta evolución, Delwit subraya también la dilapidación chocante del patrimonio cultural de la izquierda, permitiendo la “transmisión” memorial de sus combates, conquistas y derrotas. Aunque no es ni sorprendente ni nuevo que las condiciones sean difíciles para portar un proyecto de transformación social, este desmantelamiento del pasado, y de las lecciones que pueden sacarse, se revela más inédita. Al mismo tiempo, lo único que puede hacer es alentar a los partidarios de Francia Insumisa a no querer resucitar a cualquier precio identidades antiguas, pero mostrarse creativos en la construcción de un asunto político nuevo comprometido con la emancipación.

El modo en que Francia Insumisa conciba su organización interna, lo mismo que sus relaciones con las antiguas fuerzas de izquierdas y la sociedad movilizada, dará una pista sobre la manera en que estos desafíos se van a abordar. La responsabilidad que ahora pesa sobre Francia Insumisa está a la altura de su lugar en la recomposición de las izquierdas francesas: fundamental. ________________

Traducción: Mariola Moreno

El movimiento Francia Insumisa de Mélenchon busca la hegemonía en la izquierda

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Fabien Escalona es doctor en Ciencias Políticas y especialista en socialdemocracias.

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Se trata de un pasaje que suena extraño a día de hoy y que se encuentra al final de una obra que Bernard Ravenel le dedicó a la historia del Partido Socialista Unificado (PSU). Ese pequeño partido, fundado en 1960 por disidentes socialistas y comunistas contrarios a la guerra de Argelia, se forjó en las luchas políticas y sociales una identidad original, autogestionada y ecologista. Al no lograr acabar con el dominio del PS y del PCF en la izquierda, y aún menos conseguir reunificar el movimiento obrero francés, el PSU se fue apagando poco a poco en los 80.

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