A la cuarta ha sido la vencida. Tras quedarse a las puertas del poder en 2011, 2016 y 2021, Keiko Fujimori ha sido finalmente elegida presidenta de Perú. La población peruana ha tenido que esperar tres semanas tras la votación para conocer los resultados oficiales. Según estos, Fujimori se impone finalmente con un 50,13 % frente al 49,86 % del candidato de izquierdas Roberto Sánchez, lo que supone una diferencia de solo 50.000 votos de un total de casi 20 millones de votantes.
La larga espera para conocer los resultados se ha convertido en norma en el país andino. En la primera vuelta del 12 de abril, cuyos resultados no se proclamaron hasta más de cinco semanas después, el recuento ya había sumido a Perú en la incertidumbre.
Keiko Fujimori ha ganado por un estrecho margen como la candidata de la continuidad y el orden en un país fracturado por una profunda desconfianza, en el que se han sucedido ocho presidentes en una década y donde la inseguridad se ha convertido en la principal preocupación de la población.
Frente a ella, el candidato de izquierdas Roberto Sánchez se presentaba como heredero del maestro Pedro Castillo —elegido en 2021, destituido en 2022 y actualmente en prisión— y abogaba por una ruptura con el modelo económico liberal vigente desde la década de 1990. Falló por poco y ha dado a entender que no reconocerá los resultados.
Ascendencia autocrática y criminal
Keiko Fujimori, licenciada en Administración en Estados Unidos, creció entre los bastidores del poder, asumiendo el papel de “primera dama” a los 19 años tras el divorcio de sus padres. De hecho, tanto para sus partidarios como para sus detractores, Fujimori sigue siendo inseparable de la figura de su padre.
Alberto Fujimori (1938-2024), presidente entre 1990 y 2000, es considerado por algunos sectores de la población como un héroe que derrotó a las guerrillas, controló la hiperinflación de los años noventa y modernizó el país. Otros, en cambio, recuerdan sobre todo sus condenas a ocho y veinticinco años de prisión, respectivamente por corrupción y crímenes contra la humanidad. Este controvertido legado le garantizaba, al mismo tiempo, una base electoral sólida y un profundo rechazo por parte de una parte del electorado.
“Estoy tan triste y decepcionada”, nos dice por teléfono Carolina Salazar, una joven activista de izquierdas. “Si los peruanos quieren esto, es la democracia, tendré que aceptarlo, pero me dan miedo estos cinco años que vienen y que ella se mantenga en el poder cada vez más tiempo.”
Su madre, que se llama igual, reacciona de forma opuesta: “Estoy muy contenta, por fin nos vamos a librar de los matones que siembran el terror. Mi hija no lo entiende, pero para mí, Fujimori es sinónimo de prosperidad y paz.” José Ángel, taxista de Lima, opina lo mismo: “Gracias a él hay tantos coches en Perú, nos hemos desarrollado, y estoy seguro de que Keiko hará lo mismo.”
En el sur andino, la victoria de Fujimori se siente de una manera especialmente dolorosa. Raúl Samillán Sanga, presidente de la Asociación de Mártires y Víctimas del 9 de enero de Juliaca, en la región de Puno —que agrupa a las familias de los manifestantes asesinados durante las protestas de 2023—, espera, junto con otros, poder impugnar lo que él califica como “unas elecciones robadas”. Se muestra consternado: “Keiko era lo peor que nos podía pasar.”
Se ha convertido en la candidata de la continuidad económica, lo que tranquiliza al sector empresarial
Para el politólogo Franck Renato, la llegada de Fujimori al poder puede interpretarse como “la consolidación electoral de una organización política que ha mantenido una presencia competitiva durante más de tres décadas”. De hecho, Fujimori fue diputada entre 2006 y 2010, y su partido, Fuerza Popular, siempre ha mantenido una fuerte presencia parlamentaria desde su creación en 2011.
Ideológicamente, esta victoria también marca el regreso del fujimorismo a las riendas del país, con especial énfasis en la cuestión de la seguridad. “Durante la campaña electoral, mantuvo un discurso típico, basado en el orden y los servicios sociales”, observa el politólogo Eduardo Dargent. Ella “se ha convertido en la candidata de la continuidad económica que tranquiliza al sector empresarial, sobre todo en la capital”, añade.
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La nueva presidenta gobernará ante un Parlamento que ha vuelto a ser bicameral después de treinta años. Esto le permitirá evitar los enfrentamientos institucionales entre el Ejecutivo y el Parlamento, que han sido habituales durante la última década. Keiko Fujimori puede contar con 41 diputados y diputadas (de un total de 130) en la cámara baja y con 22 senadores y senadoras (de un total de 60) en la cámara alta. Al no disponer de mayoría absoluta, necesitará el apoyo de otras fuerzas políticas para gobernar.
Los retos son considerables: inseguridad, pobreza, conflictos sociales relacionados con la industria minera y los hidrocarburos, o incluso el anuncio de la llegada a la costa peruana de un episodio de El Niño especialmente intenso. La nueva presidenta tomará posesión de su cargo el 28 de julio, día de la fiesta nacional.
Traducción de Miguel López
A la cuarta ha sido la vencida. Tras quedarse a las puertas del poder en 2011, 2016 y 2021, Keiko Fujimori ha sido finalmente elegida presidenta de Perú. La población peruana ha tenido que esperar tres semanas tras la votación para conocer los resultados oficiales. Según estos, Fujimori se impone finalmente con un 50,13 % frente al 49,86 % del candidato de izquierdas Roberto Sánchez, lo que supone una diferencia de solo 50.000 votos de un total de casi 20 millones de votantes.