Moldavia, uno de los países más pobres de Europa, acoge una marea imparable de refugiados

Unas jóvenes y un bebé permanecen en el sótano del hospital infantil de Ohmadyt, utilizado como refugio para protegerse de los ataques aéreos.

Laurent Geslin (Mediapart)

Palanca (Moldavia) —

Al final de la última carretera en el extremo sureste de Moldavia, una vez pasado el pueblo de Palanca, que corre amenaza ruina, aparece por fin el puesto fronterizo del mismo nombre. Un centenar de personas acudieron el 26 de febrero a recibir a los refugiados ucranianos que remontan el gran puerto de Odesa. Había estudiantes que querían ayudar, monjes ortodoxos, predicadores evangélicos, madres de familia que traían pañales o mantas.

Acompañados por los aduaneros moldavos, ancianos, mujeres y niños arrastran sus pesados bultos, antes de desplomarse a un lado, aliviados y agotados. El puesto fronterizo de Palanca se ubica en una tierra negra que anuncia la gran llanura ucraniana, a unos diez kilómetros al sur de la entidad separatista de Transnistria, una franja de tierra de 400 kilómetros situada al este del Dniéster, en la que permanecen varios miles de soldados rusos desde la desintegración de la URSS.

Nadie sabe si el humo negro que se eleva desde la costa es el resultado de un bombardeo. Los rumores son numerosos y el Gobierno moldavo se ha visto obligado en los últimos días a negar que las autoridades de Tiraspol hayan disparado misiles. "Estoy esperando a mi padre", dice Nick, un ingeniero informático con aspecto de hipster, protegido del viento por una chaqueta de color amarillo. "Tiene 58 años pero es discapacitado, así que espero que los soldados le dejen pasar". Desde la noche del 24 de febrero, el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky ha decretado la movilización general y los hombres de entre 18 y 60 años no pueden salir del país. "Me fui en cuanto empezaron los primeros bombardeos, en la mañana del 24 de febrero. Dejé de pensar, sólo quería sobrevivir", continúa Nick.

Según las estadísticas de las autoridades moldavas, hasta el lunes por la mañana habían llegado al país unas 80.000 personas y 40.000 ya habían continuado su camino hacia Rumanía. "Nuestras fronteras están abiertas para los ciudadanos ucranianos que deseen permanecer en Moldavia o transitar por ella", declaraba la presidenta moldava Maia Sandu en las primeras horas de la invasión rusa, mientras se votaba el estado de emergencia por un periodo de 60 días, que permite a las autoridades expulsar del país a cualquier "persona indeseable".

Para acoger a los primeros grupos de refugiados, las autoridades de Chișinău mostraron una rapidez ejemplar. En pocas horas, se instaló un campamento cerca de Palanca, que los trabajadores estaban terminando el sábado de conectar a la red eléctrica, y otro en el norte del país, en Ocnița. También se ha creado un centro de acogida con 500 camas en el centro de exposiciones de la capital (Moldexpo), que sustituye al hospital de campaña que albergó a los pacientes de Covid-19 durante la pandemia.

Constantemente llegan coches cargados de alimentos, ropa de abrigo y juguetes para los niños, bajo la mirada de Nicoleta, de 19 años, que coordina a unos 30 estudiantes encargados de clasificar las donaciones. "Nos da un poco de pánico, no tenemos espacio suficiente para almacenar todo", admite. "Pero esta movilización espontánea es reconfortante".

Los voluntarios se turnan día y noche para ofrecer bebidas calientes y pasteles a lo largo de las carreteras que conducen a la capital moldava. En el paso fronterizo de Palanca, y en el cercano paso fronterizo de Vama Tudora, largas mesas cargadas de comida permiten a los refugiados comer después de esperar mucho tiempo para salir de Ucrania. El sábado, una cola de vehículos se extendía a lo largo de 20 kilómetros en el lado ucraniano y se tardaba una media de 24 horas en coche para cruzar la frontera, frente a las seis horas a pie.

"Caminé 20 kilómetros con mis dos hijos", cuenta Yaroslava, que encontró refugio en el centro de exposiciones de Chișinău. "En la mañana del 24 oímos terribles explosiones, los rusos intentaban destruir un almacén de municiones junto a la ciudad de Vinnytsia. Tardamos dos días en cruzar el país y acabamos cogiendo un taxi. Pero nos dejó en el lugar equivocado y terminamos el viaje a pie. Estoy muy agradecida al pueblo moldavo por la ayuda que nos presta. Nunca pensé que fuera posible tanta generosidad".

Yaroslava está acompañada por su marido alemán, Simon, y la familia esperaba el sábado para coger un autobús a Bucarest y luego un avión a Stuttgart. No todos tienen tanta suerte y los hoteles de Chișinău han sido ocupados, mientras que muchos moldavos ofrecen espontáneamente habitaciones o pisos para acoger a los refugiados.

Los números de teléfono para encontrar alojamiento se publican en un tablón en el centro de exposiciones y las direcciones se intercambian en las redes sociales. El Gobierno moldavo también ha creado un grupo de Facebook para coordinar a los voluntarios, y se espera que en los próximos días se abran cuatro centros de recogida de ayuda humanitaria en el país.

Una economía muy dependiente de Ucrania

¿Cuánto puede durar esta ola de solidaridad? Moldavia activó el jueves por la noche el Mecanismo de Protección Civil de la Unión Europea, un procedimiento que le permite solicitar la solidaridad a escala europea.

Sin embargo, este pequeño país de 2,6 millones de habitantes, desangrado por la emigración de su población activa a Europa Occidental, es uno de los más pobres del continente, con un PIB per cápita de 4.550 dólares, un tercio del de Rumanía, y la economía del país, muy dependiente del comercio con su vecino del Este, probablemente se resienta rápidamente por el conflicto.

Según las estimaciones de la ONU, si los combates continúan, más de cinco millones de personas podrían llegar a los países vecinos de Ucrania en los próximos días: la mayor crisis migratoria en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

El sol se ha puesto en el paso fronterizo de Palanca, tras la estatua de un Cristo en una cruz y los campos que se extienden hasta donde alcanza la vista, pero el flujo de vehículos no parece detenerse nunca. Maram, Nour y Ahmet, tres estudiantes tunecinos de la facultad de medicina de Odesa, que acaban de cruzar la frontera, toman un té para calentarse.

"Los ucranianos están acostumbrados a los bombardeos, pero cuando vimos el pánico en sus ojos, supimos que algo realmente grave estaba ocurriendo", dice Nour. "Hemos pasado horas en sótanos, llevamos tres días sin dormir y no sabemos dónde vamos a pasar la noche, pero lo principal es que ahora estamos a salvo", respira, antes de ser recogida por voluntarios para llegar a Chișinău.

Dima, por su parte, abandonó Odesa ya el 24 de febrero, cuando un misil explotó cerca de su edificio de apartamentos, y viene todos los días a recoger a sus amigos para ayudarles a huir. "Soy cristiano y me opongo a todo tipo de violencia, por lo que asumo que no participo en los combates, pero hago todo lo posible por ayudar a todos los que puedo", afirma. "Con el avance del frente, me temo que la situación degenerará muy rápidamente, porque hay gente en Odessa que espera impacientemente la llegada de los rusos". La mayoría de los refugiados ucranianos quieren continuar su viaje a Occidente lo antes posible.

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