“No basta con decapitar el régimen iraní”, asegura el especialista en Oriente Medio Adel Bakawan
Hace un año, Adel Bakawan, especialista en Irak, publicó La descomposición de Oriente Medio (edit. Tallandier), un análisis espectral del caos regional en el que Israel emprendió la destrucción del pueblo gazatí, sin que sus socios históricos reaccionaran. Ahora, la República Islámica de Irán se encuentra en el epicentro de una nueva espiral bélica, que arrastra consigo a la mayoría de los Estados, en primer lugar a los del Golfo y al Líbano.
Bakawan, director del Instituto Europeo de Estudios de Oriente Medio y Norte de África (Eismena), repasa para Mediapart la especificidad del conflicto en curso, cuya magnitud e intensidad habrían sido impensables, según él, antes de los atentados terroristas del 7 de octubre. Además de los cambiantes equilibrios de poder entre las potencias de la región, el investigador identifica una dinámica de “desmiliciación” de Oriente Medio.
Mediapart: ¿Cómo denominar el conflicto actual, que es muy diferente de la anterior “guerra de los doce días” de junio de 2025 en Irán, mucho más circunscrita? ¿Qué lo hace inédito?
Adel Bakawan: Lo que hace que esta guerra sea específica en comparación con todo lo que hemos vivido en las últimas décadas, en particular las guerras del Golfo libradas por Estados Unidos, es que debe interpretarse como una consecuencia del 7 de octubre. Ese acontecimiento sigue siendo el momento fundacional de todo lo que está ocurriendo. Sin él, no estaríamos ante un nivel de conflicto tan elevado entre Israel y los países de Oriente Medio.
Basta con un pequeño recordatorio para entenderlo. Durante años, la región se ha visto marcada por un enfrentamiento diplomático, de seguridad y económico entre el mundo árabe suní y la República Islámica de Irán [gobernada por un clero chií – ndr]. Sin embargo, el 10 de marzo de 2023 se firmó en Pekín un acuerdo estratégico entre Arabia Saudí e Irán.
Este acuerdo, más allá de sus disposiciones públicas, coronaba un reparto de zonas de influencia entre ambos países. Por un lado, el modelo saudí, caracterizado por un autoritarismo basado en la seguridad, la estabilidad y el desarrollo económico para los países del Golfo, Egipto, Jordania, Cisjordania y los países del Magreb. Por otro, el modelo iraní, caracterizado por la “miliciación” de la sociedad y del Estado para Irán, Irak, Líbano, Siria, Yemen y la Franja de Gaza.
Estados Unidos, Europa e Israel no estaban descontentos con ese acuerdo, que prometía un mínimo de estabilidad. Pero unos meses más tarde, el ataque de Hamás hizo saltar por los aires todo lo que se estaba construyendo, desde ese acuerdo hasta la dinámica de los Acuerdos de Abraham entre Israel y algunos países árabes. El “Eje de la Resistencia” de Teherán quedó hecho trizas y, por primera vez, Israel entró en guerra directa y frontal con la República Islámica.
En un momento dado, el orden miliciano ponía en tela de juicio las entidades estatales. Ahora estamos asistiendo a un retorno al Estado-nación
El conflicto actual se inscribe, pues, en esa “descomposición” del orden regional que usted ha analizado en su último libro. Pero, ¿forma parte al mismo tiempo de una forma de recomposición y, en caso afirmativo, de cuál?
Efectivamente, hay varias dinámicas de recomposición. Se pueden mencionar al menos cuatro. En primer lugar, Israel es ahora el centro de gravedad de todos los acontecimientos en Oriente Medio. Sin él, nada es posible. Se aprecia claramente su capacidad de bloqueo en el Líbano, y se ve hasta qué punto el inicio de la estabilización en Siria depende de su buena voluntad.
En segundo lugar, se confirma otra centralidad: la de Arabia Saudí. Su modelo está ganando fuerza porque es el único disponible. Su líder, Mohammed bin Salman, ha vuelto a convertirse en un interlocutor creíble, tras haber sido rechazado durante un tiempo por las capitales a raíz del episodio de Khashoggi [el periodista brutalmente asesinado por el poder saudí en 2018 – ndr].
En tercer lugar, se observa el auge de Turquía. Fíjese en la influencia que ejerce sobre Siria, el norte de Irak y, ahora, sobre el Líbano o Gaza, todo ello con el visto bueno de Trump, que desea que desempeñe un papel más importante. El hecho de que la guerrilla kurda del PKK haya aceptado disolverse y reintegrarse en el Estado turco es un avance importante que favorece a Ankara.
En cuarto lugar, estamos asistiendo a una “desmiliciación” de Oriente Medio. Hubo un momento en el que el orden miliciano ponía en tela de juicio las entidades estatales. Ahora, el discurso sobre el desarme de las milicias es poderoso: está en marcha en Siria y en Yemen, y también se habla de ello respecto a Hezbolá y Hamás, así como con las milicias con base en Irak. El proceso es accidentado, pero se trata de un retorno al Estado-nación, que acompaña al fin de los macrorrelatos: el nacionalismo árabe y el yihadismo internacional están en claro declive.
¿Qué divergencia existe entre los objetivos bélicos de Israel y los de Estados Unidos, si es que estos últimos son identificables?
El objetivo de guerra del Gobierno de Netanyahu es la caída del régimen islámico. Mientras no caiga, los dirigentes de Israel considerarán que la amenaza sigue existiendo. Ese objetivo lo persiguen por todos los medios.
Los objetivos de guerra de Trump varían con el tiempo. En un momento pensó que un nuevo líder supremo podría favorecerle, como en Venezuela. Pero ahora ha comprendido que el ejército oficial no se desmarcará y que la oposición iraní no es creíble para asumir la jefatura del Estado. Le queda por tanto una opción: golpear duramente las infraestructuras del régimen, desde el aire y sin enviar tropas terrestres —algo que su base rechazaría—, para que el pueblo iraní desde dentro tome el poder.
De todas las milicias vinculadas al poder iraní, la de Irak es la única que permanece intacta
Trump se imagina que las nuevas élites le estarán agradecidas y negociarán con él. Pero la realidad iraní es, por supuesto, más compleja que todo eso. Todavía hay miles de iraníes dispuestos a salir a la calle para apoyar al régimen. Un régimen que solo cuenta con el respaldo de una minoría, pero que representa entre el 15 % y el 25 % del país según las estimaciones, lo que supone más de 10 millones de personas. Y no basta con decapitar este régimen, que se ha institucionalizado y descentralizado con éxito.
Se habla mucho de Hezbolá en el Líbano, que ha entrado en el conflicto al lado de Teherán. Pero, ¿qué hay de las milicias chiitas en otras partes de Oriente Medio, y en particular en Irak, donde un militar francés fue asesinado el jueves por la noche?
De todas las milicias vinculadas al poder iraní, la de Irak es la única que permanece intacta. No ha sufrido golpes importantes desde el 7 de octubre. Su caso es singular. En el Líbano hay un solo grupo miliciano, Hezbolá. En Yemen también, uno solo, los hutíes. En Gaza hay dos, Hamás y la Yihad Islámica. En Irak se habla de 80 grupos.
Pero esta particularidad no se detiene ahí. En el Líbano, el Estado desea desarmar a Hezbolá por todos los medios; se puede hablar de una milicia contra el Estado. En Irak, por el contrario, el poder desea proteger a esta milicia por todos los medios; se puede hablar de un Estado-milicia. En el Líbano no se destina a Hezbolá ni un solo dólar del presupuesto. En Irak se dedican 3.000 millones de dólares anuales a Hachd al-Chaabi, las Fuerzas de Movilización Popular que agrupan a las 80 milicias.
Se trata del círculo más amplio de milicias, que protegen ante todo la autoridad del primer ministro iraquí. Un segundo círculo más reducido, con una docena de grupos, está verdaderamente integrado en el “Eje de la Resistencia iraní”. Y desde el 7 de octubre, un tercer círculo aún más restringido, el Frente de la Resistencia Islámica, solo son cuatro grupos ultrarradicales. Ellos son quienes han entrado en una confrontación directa con Estados Unidos y sus aliados en Irak, es decir, los kurdos. El nuevo líder supremo les ha agradecido, por cierto, su compromiso.
¿Se puede imaginar la más mínima estabilidad en Oriente Medio sin la resolución de dos cuestiones nacionales pendientes desde hace un siglo: la cuestión palestina y la cuestión kurda?
Esos dos pueblos quieren entrar en la historia por la puerta del Estado, pues han comprendido que de otro modo no saldrán de su posición subordinada. Y la respuesta es no. Tenemos la prueba ante nuestros ojos. Todo lo que se había podido construir como esbozo de estabilidad, Hamás lo destruyó en veinticuatro horas.
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En otras palabras, en cualquier momento estas dos cuestiones pueden desestabilizar cualquier arquitectura de seguridad si no se les da respuesta política. No habrá estabilidad en la región si no se vuelve a la raíz de los problemas.
Traducción de Miguel López