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El Partido Republicano sucumbe al culto a la personalidad

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Alexis Buisson (Mediapart)

En noviembre de 2012, el Partido Republicano está en plena retirada. Mitt Romney, candidato republicano frente a Obama, acaba de ser derrotado por el presidente saliente. Los cuadros republicanos piden hacer un informe para comprobar por qué no han sido capaces de conseguir la mayoría del voto popular en las últimas cinco o seis elecciones.

El informe sale en marzo de 2013, un documento de unas cien páginas que contiene más de 2.600 entrevistas con miembros del partido y los resultados de grupos de debate. Su conclusión es que, si quiere renovarse con éxito, el partido de Lincoln y de Reagan debe ampliarse más allá de su base histórica masculina, blanca y rica, acogiendo a las mujeres, las minorías raciales, los jóvenes y la comunidad LGTBI.

“El Partido Republicano debe dejar de hablarse a sí mismo”, destacan los autores del informe. “Hemos conseguido ser expertos en el arte de reforzar a las personas que piensan como nosotros y que tienen nuestras convicciones, pero hemos perdido la capacidad de ser persuasivos y acogedores con los que no comparten nuestras opiniones”.

Luego llegó Donald Trump y se olvidaron esas promesas de reformar el partido. En 2016, el candidato Trump apostó por la ira de una pequeña parte del electorado, blanca y masculina, para alzarse con el poder. Cuatro años después, él ha convencido a su partido de que los demócratas, descritos atropelladamente como “anarquistas” y “comunistas”, eran una amenaza existencial para el país, que Vladimir Putin podía ser un amigo y que el librecambismo era peligroso.

Este multimillonario sigue siendo bastante impopular en la opinión pública norteamericana, pero alcanza récords de apoyo entre los simpatizantes republicanos. Con algunas excepciones como el senador por Utah Mitt Romney, los republicanos del Senado y del Congreso se ha rendido completamente frente a este líder tan popular. Incluso en los momentos más incómodos (injerencia rusa, proceso de destitución, confirmación del juez conservador Brett Kavanaugh, tuits racistas y xenófobos...), ahí siguen, atemorizados por la idea de ser fulminados por un tuit presidencial que acabaría con sus posibilidades de reelección.

Por su parte, las figuras más moderadas han tomado distancia frente a un partido que acusan de haberse inclinado hacia el extremismo y el nacionalismo. En 2019, el diputado por Michigan Justin Amash se fue dando un portazo del Grand Old Party (GOP), reprochándole, en una tribuna publicada en el The Washington Post, de estar “en estado de muerte cerebral”. Algunos, como el ex gobernador de Ohio John Kasich, que intervino en la convención del Partido Demócrata a mediados de agosto, han llegado hasta a apoyar abiertamente a Joe Biden, que Trump y sus lugartenientes describen como un peligroso radical.

El gran nivel de apoyo de los republicanos a Donald Trump no le parece extraño a Steve Schmidt, uno de los cofundadores del Lincoln Project, un comité de acción política compuesto por republicanos moderados cuyo objetivo es hacer perder a Trump el 3 de noviembre. “El Partido Republicano se ha visto reducido desde la elección de Donald Trump. Cada vez menos americanos se identifican como republicanos. Los que quedan son más intensos, comprometidos y extremistas”, explica.

Este viejo trotamundos de la política, formado en la era de Ronald Reagan, fue el estratega de varias campañas republicanas, entre ellas la de John McCain en 2008 frente a Barack Obama. Tras la decisión de la Administración Trump de separar de sus padres a los niños inmigrantes sin papeles que llegan a la frontera mexicana, decidió dejar el partido. En 2019 fundó el Lincoln Project con otras personalidades republicanas que ya no se reconocen en el GOP. Entre ellas, el abogado George Conway III, que no es otro que el marido de la ex consejera de Trump, Kellyanne Conway.

El grupo, que se ha hecho famoso por sus vídeos virales contra el presidente, es más que un refugio para los exiliados del partido: quiere ser una de las claves de la derrota de Donald Trump y sus aliados.

En el primer semestre de 2020 ha recaudado cerca de 20 millones de dólares, en parte para hacer caer a los senadores que han apoyado al presidente durante su primer mandato, sobre todo en el proceso de destitución. Un tercio del Senado será renovado el 3 de noviembre, al mismo tiempo que las elecciones. Entre sus objetivos está la frágil senadora por Maine, Susan Collins, presentada por el Lincoln Project como una “criada” del presidente por haber votado la confirmación en el Tribunal Supremo de Brett Kavanaugh, un juez conservador sospechoso de agresión sexual cuando era estudiante.

En tres años, Trump ha arruinado el país. Nos encontramos hoy en un nivel de debilidad que era imposible imaginar el último día de la presidencia de Obama”, explica Steve Schmidt, a quien Donald Trumpo intentó captar durante las primarias de 2016 como director de su campaña. “Estoy sorprendido de haber visto aparecer un culto a la personalidad en los Estados Unidos. Es único en la historia de este país. Los Estados Unidos fueron fundados sobre la primacía del individuo. Me sorprendió ver la abdicación moral de los representantes electos del partido”.

Aunque Donald Trump sea derrotado en noviembre, el Partido Republicano no se va a volver moderado automáticamente. Con o sin Trump, los factores que han motivado la derechización del partido aún permanecerán, comenzando por los medios de opinión del tipo Fox News y su hermana trumpista One America News (OAN), descrita como un órgano de propaganda al servicio de la Casa Blanca.

Al crear silos de opinión, este ecosistema mediático juega un papel importante en la polarización política actual. “La crisis de los medios tradicionales ha abierto la puerta a modelos de medios partidistas. Todas son oportunidades de inversión para cualquiera que quiera influir en la opinión pública. No sé cómo podría frenarse esta tendencia”, explica Phil Napoli, profesor de políticas públicas en la Duke University y especialista en medios de comunicación.

Steve Schmidt, por su parte, predice que el partido “se volverá aún más loco” en el caso de que pierda Trump. “Va a haber una horda de candidatos trumpistas en 2024 y posiblemente uno de sus hijos. En una democracia, uno de los campos debe poder aceptar la derrota. Trump no lo hará jamás. Por suerte, el 30% de los electores que le votan pase lo que pase son bastante menos que el 70% restante. Pero esto significa que en este país hay un número importante de personas que pasan de la democracia y que no tienen ningún problema a vivir en el culto a la personalidad”.

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Traducción: Miguel López.

Texto original en francés:

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