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El principio del fin de las democracias

El presidente filipino, Rodrigo Duterte, en una imagen de archivo.

Apenas unas semanas después de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, el venerable diario de la capital estadounidense, The Washington Post, propiedad desde 2013 del multimillonario Jeff Bezos, decidió adoptar un lema: Democracy dies in darkness (la democracia muere en la oscuridad). Dicho eslogan nace como antídoto contra el trumpismo, ese nido de mentiras, ideologías turbias, de incompetencia disfrazada y de enriquecimiento personal. Pero esta fórmula de prensa, por muy loable que sea, desgraciadamente está incompleta, porque, en los tiempos que corren, la democracia también sucumbe a plena luz del día.

El último ejemplo lo tenemos en la elección como presidente de Brasil de Jair Bolsonaro, un político menor, nostálgico de la dictadura, impulsado hasta la Presidencia del quinto país más poblado del planeta por una conjunción de circunstancias: oposición popular encarcelada, corrupción generalizada de la clase política, crisis económica y violencia endémica. El hombre promete un gabinete lleno de generales, el arresto o apaleamiento de sindicalistas y ecologistas, vía libre a la Policía –cuyas actuaciones ya se encuentran entre las más brutales de la región– y una política económica sacada directamente de los manuales de la escuela neoliberal de Chicago.

Bolsonaro no ha ocultado sus intenciones. No participó en la carrera democrática ocultando sus ideas e intenciones. Era tan directo como Trump antes que él; o Vladimir Putin; o Viktor Orbán; o Matteo Salvini; o Rodrigo Duterte; o Recep Tayyip Erdogan; o los hermanos Kaczynski; o Nigel Farage o la familia Le Pen, por nombrar sólo algunos. Más allá de las denominaciones, a menudo lapidarias e incompletas, con las que se les califica y en las que no vamos a detenernos (populistas, nacionalistas, demócratas antiliberales...), todos estos líderes políticos pertenecen a un vasto movimiento conservador –y a menudo de extrema derecha–, que ataca a los cimientos de la democracia, la solidaridad y las libertades que creíamos firmemente anclados desde la caída casi concomitante del Muro de Berlín, del apartheid y de las dictaduras de América del Sur y de Asia.

Aunque el ensayo de Francis Fukuyama, The End of History and The Last Man (El fin de la Historia y el último hombre), publicado en 1992, fue objeto de numerosas mofas en su momento y después (aunque poco leído), se describe en él una situación muy real: el hecho de que las naciones democráticas, respetuosas de las libertades individuales, guiadas por políticas ciertamente capitalistas, pero que dieron paso a un sólido Estado de bienestar, resultaron ser las más ricas, las más pacíficas y los ejemplos a imitar por otros, ya fuera el modelo norteamericano o japonés o el presentado por la Comunidad (y más tarde por la Unión Europea).

Tanto en Rusia como en sus satélites, al liberarse del yugo soviético; en Chile, Argentina o Brasil, al deshacerse de sus generales verdugos; en Turquía, al confinar a los militares a sus cuarteles; con la caída de las dictaduras filipina o indonesia... las décadas de los 80 y de los 90 se vieron impulsadas por las aspiraciones democráticas de personas de todos los colores y orígenes.

Pero detrás de lo que se puede calificar, sin vacilaciones, de progreso, a menos que se sea amante de los periódicos censurados, de las elecciones amañadas y de las uñas arrancadas, estaba empezando a colarse el germen de lo que está madurando en este momento: el desafío no al orden democrático liberal y socioeconómico como tal, sino de las consecuencias de sus derivas.

Bolsonaro, Trump, Duterte, Putin, Erdogan, los neofascistas europeos, etc. representan las peligrosas repercusiones del aumento de las desigualdades, del sentimiento de degradación, de la tolerancia a la corrupción y de las falsas promesas de las élites políticas que han sido orquestadas por los Gobiernos de estas llamadas democracias modelo y de las que les han seguido los pasos.

Si estos nuevos líderes amenazan ahora la democracia a plena luz del día, es porque tienen la voluntad de llevar hasta el final los límites que sus predecesores ya han manipulado más allá de lo soportable para una gran parte de la población, sus respectivos países, y que los han llevado a ese punto.

El principal fenómeno, en los albores del siglo XXI, es el aumento de la desigualdad y la sensación, para una gran parte de la población, de que sus vidas son mucho menos confortables que las de sus padres. La aspiración de contar con chalé-coche-dos niños-buena educación-un salario único, propia de los años 50 en Estados Unidos o de los “treinta gloriosos” franceses es cada vez más difícil de alcanzar. Hoy en día, en cualquier país, pocas parejas pueden cubrir las necesidades básicas del hogar (vivienda, alimentos, transporte, ropa, educación) sin contar con dos fuentes de ingresos.

Los empleos son cada vez más precarios y mal pagados, los trabajadores sindicados se han visto sustituidos por robots, trabajadores temporales o “emprendedores”. Ser pobre, pese a tener un empleo, era un concepto en vías de desaparición desde finales del siglo XIX en las democracias occidentales. Ahora ha vuelto. En los países que se habían tejido “redes de seguridad” para acabar con el mayor número posible de personas con una vida al estilo de Zola, Dickens o Steinbeck, estos sistemas de protección social y médica están ahora siendo atacados, diezmados y deslegitimados.

Estas transformaciones no surgen de la nada. Son el resultado de la toma de decisiones políticas y, sobre todo, de carácter fiscal de inspiración neoliberal, cuyo arquetipo más extremo es la “teoría del efecto goteo”, tan apreciada por Margaret Thatcher, Ronald Reagan y sus herederos, nunca validada por ningún economista serio. Muchos estudios muestran ahora que el gran período de reducción de la desigualdad, que se conoció a mediados del siglo XX, fue acompañado de impuestos altos a las rentas más altas y a las empresas, junto con un poderoso sistema, antimonopolio u similar, regulador.

¿Cómo puede sorprenderse Emmanuel Macron al ver caer su popularidad tan rápidamente cuando sus primeras medidas como presidente francés, es decir, las más simbólicas, fueron la supresión del impuesto a las grandes fortunas y la desregulación del mercado laboral, en lugar de, por ejemplo, la imposición fiscal a los grandes de las nuevas tecnologías (GAFAM), cuya evasión fiscal supone una burla hacia los gobiernos soberanos? ¿Cómo van a tener fe los rusos en la transición democrática, que para ellos ha supuesto la monopolización sin precedentes de la riqueza por parte de un puñado de estafadores respaldados por los bancos occidentales? Todo lo que han cosechado es una esperanza de vida a media asta.

Aumento de la desigualdad

En Gran Bretaña, los daños que han ocasionado las políticas de austeridad de todos los gobiernos sucesivos desde Thatcher, incluido el laborismo, y reforzadas por los conservadores desde 2012, está empezando a mostrar sus efectos: bibliotecas públicas cerradas por cientos, aumento del precio de las matrícula en las universidades, niños que llegan a la escuela con el estómago vacío.

En este panorama, Brasil debería presentar un rostro diferente, ya que las políticas sociales de Lula Inácio da Silva de 2003 a 2010 han permitido que millones de hogares salgan de la pobreza, encuentren vivienda y coman adecuadamente. Pero al mismo tiempo, las clases medias brasileñas han sufrido los mismos males que las europeas: empleos peor pagados, precio de la vivienda al alza, economía en crisis. Sobre todo, en una sociedad desigual, a veces al borde del feudalismo, como la brasileña, donde la mejora de las condiciones de vida de los más pobres ha privado que quienes estaban un peldaño por arriba en la escala social saquen partido de esta situación: adiós a los jardineros, a los cocineros, a los guardas o a las niñeras a domicilio a buen precio.

El aumento de la desigualdad no es en ningún caso resultado de un empobrecimiento de los pobres, sino de una explosión de la riqueza de unos pocos que se han beneficiado de las políticas aplicadas por los Gobiernos democráticos: imposición injusta de los ingresos de capital en comparación con los ingresos del trabajo, tolerancia a la evasión fiscal, cuestionamiento de la progresividad de los impuestos.

Si comparamos la degradación de las clases medias y la precariedad de la mayoría con la situación desproporcionadamente cómoda de una pequeña élite más conectada, más astuta o más afortunada que la media, este fenómeno es de una violencia simbólica increíble. Cuando las empresas que casi no pagan impuestos por el uso de carreteras o por el cableado eléctrico instalado con cargo al presupuesto nacional tienen una facturación superior al PIB de algunos estados; cuando los líderes empresariales ganan en un año más que la mayoría de sus empleados a lo largo de vida laboral, ¿cómo evitar el resentimiento nacido de ese sentimiento de injusticia?

Jair Bolsonaro o Rodrigo Duterte hicieron campaña basándose en la violencia física, muy real, que azota a sus respectivos países; Vladimir Putin sigue prometiendo “o yo o el caos” a sus conciudadanos, pero estos líderes también se benefician de la violencia simbólica que representa contar con una casta ultrarrica no necesariamente más inteligente o más talentosa, pero que se ha aprovechado de un sistema construido a su favor, sobrevolando a sus contemporáneos que luchan por salir a flote.

Este aumento de las desigualdades se vive con más crueldad en un momento en que todo el mundo está más informado que nunca en la historia de la humanidad. La revolución digital y la expansión de la alfabetización han reducido el desconocimiento de lo que ocurre cerca o lejos de casa. Esto también ha ido acompañado de dos fenómenos que debilitan a las democracias. El primero es el dominio, por parte de la ciudadanía, de los códigos de los medios de comunicación; se cuestiona la sinceridad de los gobernantes, que solían basarse en su palabra cuando se ponían ante un micrófono. Las tretas de los spin doctors cada vez más identificables.spin doctors

La otra cara de esta moneda es que los candidatos o los cargos electos que no se defienden en la televisión son apartados, en beneficio de charlatanes y de personalidades carismáticas. A Fernando Haddad, el candidato del Partido de los Trabajadores de Brasil, excelente alcalde de São Paulo, se le considera aburrido frente a un Bolsonaro, un hombre sin experiencia pero a quien no se le quiebra la voz. A Hillary Clinton, encorsetada por sus asesores de comunicación, se la considera menos convincente que a la estrella de la telerrealidad Trump.

El segundo impacto de esta convulsión mediática es obviamente el surgimiento de las redes sociales, de sus silos de pensamiento y de las fake news. En un momento en que un individuo puede leerlo casi todo o echar un vistazo, se ve obligado a tomar decisiones y se acerca a lo que ya conoce o a lo que le parece más atractivo. Esta es la paradoja de una época en la que todos los que desean estar informados pueden hacerlo, pero que no lo hacen por miedo a ahogarse. Desde las falsedades enviadas por Bolsonaro a sus partidarios a través de WhatsApp, pasando por las maniobras de Cambridge Analytica para Trump, hasta las buenas y viejas recetas de autocensura en Rusia o Turquía, se ha vuelto fácil  que nunca desinformar a la gente que huye de la sobreinformación.

Las fake news se han vuelto más fáciles de fabricar y de difundir en la medida que las voces de los árbitros en las democracias –cargos electos, grandes empresarios y periodistas– han perdido valor a golpe de escándalos y falsas promesas. Ningún Estado se ha librado de los casos de corrupción política, ya sea mediante la financiación de partidos o con el enriquecimiento personal. Desde las operaciones de Mani Pulite a Lava Jato, la financiación opaca del Partido Socialista con François Mitterrand hasta la financiación de la campaña de Nicolas Sarkozy en 2012, los cargos electos en el Congreso de los Estados Unidos que aceptan regalos de los grupos de presión al presidente de la Comisión Europea y que van a Goldman Sachs a llenar el cazo, ¿cómo no se va a pensar que el servicio público es un peldaño en el ascenso al club del 1%? Sobre todo porque casi todos los que pillados con las manos en la masa se declaran inocentes a pesar de que se acumulan las pruebas en su contra. Mentir corrompe incluso las confesiones.

Las promesas que sólo comprometen a quienes las creen son la otra cara de esta desvirtuación del dinero público. ¿Cuántos líderes admiten que no han cumplido sus compromisos electorales? ¿Cuántas personas aparecen en las pantallas de televisión para proclamar que esta ley se utilizará para pintar de blanco con pintura roja? Los ejemplos de esta actitud orwelliana de proclamar que “la paz es guerra” son demasiado numerosos y frecuentes para mencionarlos, pero su poder acumulativo es tal que tan pronto como un político abre la boca, se acepta espontáneamente que va a salir una culebra.

Los líderes demócratas han allanado el camino

Los grandes propietarios, muchos considerados, en la era de las multinacionales y de la globalización, más poderosos que muchos jefes de Estado, no salen mejor parados en el juego de la franqueza y de la transparencia democrática. El fraude, la corrupción, el soborno... a veces parecen negocios ordinarios hasta que se conoce un hecho que atraviesa la burbuja de la impunidad, de Enron a Petrobras, de Gazprom a Lehman Brothers. ¿Y qué hay de los programas de despidos rebautizados como “planes de protección del empleo”, o de las jubilaciones doradas que perciben los directores generales que han hundido la empresa? Los despedidos, los que luchan por mantener sus empleos o por llegar a fin de mes, infinitamente más numerosos que aquellos que miden sus salarios por miles de euros, son los primeros en ver a través de esta codicia y este nuevo lenguaje empresarial.

En cuanto al periodismo, al que a veces se califica como de cuarto poder, también es responsable de este deterioro de la confianza, ya sea porque se inclina ante los poderosos o porque está en manos de los propios dirigentes (el modelo Murdoch-Berlusconi-Dassault está muy extendido en todas partes). O porque se ha disparado a sí mismo en el pie al dar la impresión de que los matrimonios principescos, los presentadores-celebridades o las armas de destrucción masiva de Sadam Husein eran información.

Nadie ha dicho nunca que la democracia sea un sistema virtuoso por naturaleza. Según Winston Churchill, es “el peor, a excepción de todos los demás”. Pero al perseguir políticas alejadas de los intereses del mayor número de personas, al favorecer a una pequeña élite a la que pertenecen, al manipular, mentir y enriquecerse por el bien común, los líderes democráticos han sentado las bases a los antidemocráticos, los monstruos que son los presidentes brasileño, estadounidense, turco, ruso...

La paradoja es que estos recién llegados no son el antídoto de aquellos que les abrieron el camino. La mayoría de las veces son mucho peores. La corrupción en torno a Putin, Trump o Erdogan es espantosa. La violencia verbal o policial de Duterte, Orbán o de los tres anteriores es inconmensurablemente más brutal que la de los peores demócratas. A pesar de los populismos de que gustan, ninguno de ellos ha llevado a cabo políticas económicas que realmente hayan beneficiado a la gente. Sus mentiras y la distorsión de la información son su pan de cada día. Están trabajando, de facto, para debilitar y erradicar la democracia y las libertades utilizando las mismas herramientas que sus predecesores, pero llevados al extremo.

¿Cómo explicar, en estas condiciones, por qué estos potenciales dictadores resultan elegidos, y a veces reelegidos, con amplio margen mientras siguen socavando las libertades y enriqueciendo a un pequeño puñado de personas a expensas de otras? Su gran hazaña como ilusionistas ha sido envolver todos los defectos democráticos mencionados anteriormente, de los que son continuadores maximalistas, en el hábito de la política de identidad, también conocida como guerra cultural. Son los “ellos contra nosotros”. Las fricciones ordinarias de la vida democrática se llevan al límite de la mano de una retórica incendiaria que sugiere que nos vemos enfrentados a un conflicto existencial.

Se dice que los herederos seculares de Atatürk o los gulenistas amenazan el islam turco tradicional. Que los homosexuales, los ciudadanos, los inmigrantes hispanos y los ecologistas quisieran imponer su estilo de vida a los creyentes de las zonas rurales y suburbanas del Medio Oeste de Estados Unidos. Que los pobres de las favelas son bárbaros al asalto de la fortaleza de la clase media blanca brasileña. Que los judíos, siempre los judíos, están detrás de diferentes planes para disolver las naciones cristianas europeas. Y, por supuesto, que los inmigrantes representan el mal absoluto ya que roban puestos de trabajo, trafican con el crimen, importan sus religiones y costumbres: son los chivos expiatorios preferidos, aunque no exclusivos, de esta ola antidemocrática de extrema derecha.

Esta retórica de la amenaza existencial a “nuestros valores” y “nuestra riqueza” ha sido la auténtica marca registrada del derecho autoritario y liberticida desde al menos el siglo XIX. No fueron los demócratas quienes lo inspiraron. Lamentablemente, ahora están dispuestos a aferrarse a ella para luchar contra las derivas de los que son responsables, en la mayor confusión intelectual y política.

Cuando un presidente socialista francés (François Hollande) propone una ley sobre la pérdida de la nacionalidad y su primer ministro (Manuel Valls) se convierte en la punta de lanza de la islamofobia desenfrenada, ¿qué los separa del Frente/Agrupación Nacional? Cuando la Casa Blanca decide acabar con las reglas jurídicas para controlar, secuestrar, encarcelar o matar a los sospechosos de ser “terroristas” en nombre de la protección del “pueblo americano”, ¿cuál es la diferencia con las prácticas de las repúblicas bananeras?

Cuando un líder político líder como Boris Johnson lanza una moneda al aire o se enfrenta a su posición en el referéndum de Brexit y luego se demuestran las mentiras relativas a la inocuidad de abandonar Europa en nombre de una visión anticuada del Imperio Británico, ¿cómo podemos distinguirlo de los extremistas del UKIP? Cuando casi todos los gobiernos europeos (que representan a 512 millones de ciudadanos) se niegan a aceptar un barco cargado con unas decenas de emigrantes salvados de la muerte, o cuando el presidente de los Estados Unidos (325 millones de habitantes) amenaza con abrir fuego contra una caravana de 2.000 sudamericanos que marchan hacia el norte, ¿dónde están los principios de humanidad reivindicados por los demócratas?

Los Bolsonaro, Orbán, Trump, Erdogan, Putin o Salvini son síntomas de la ira popular que los llevó al poder. Para luchar contra esta enfermedad antidemocrática, primero debemos dejar de perseguirla imaginando que la erradicaremos copiando sus propios discursos, porque, como dijo Jean-Marie Le Pen en una ocasión en la única cita que vale la pena reproducir: “La gente siempre preferirá el original a la copia”.

Entonces, al mismo tiempo, debemos dejar de tolerar los excesos democráticos que constituyen la corrupción, la impunidad, la evasión fiscal y las mentiras públicas (y su versión light: las vaguedades) de los representantes elegidos o designados. En resumidas cuentas, es necesario revertir las políticas económicas que son fuentes de desigualdad, que son la matriz de “ellos contra nosotros” y el rechazo de la democracia.

O podemos esperar a que los antidemócratas se estrellen y fracasen, como ocurrirá inevitablemente, ya que sus políticas no resuelven ninguno de los males que llevaron a su elección. Pero, ¿qué quedará de las libertades, la solidaridad y las instituciones democráticas una vez que hayan completado su labor de socavamiento? Es mejor no comprobarlo. __________

Traducción: Mariola Moreno

Leer el texto en francés:

Reporteros Sin Fronteras denuncia el "odio al periodismo" alentado por dirigentes políticos como Trump o Duterte

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