El riesgo de ataque de la ultraderecha en Europa sigue siendo elevado

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Nicolas Lebourg (Mediapart)

La radicalidad de derechas se encuentra en un punto decisivo en Europa. A simple vista, parece ir a más. Pero tanto en lo que respecta al peso político como a la violencia, la situación tiene matices. Con una paradoja: encontrar las razones de esta progresión no supone minimizar la importancia del riesgo de seguridad que supone este movimiento, sino todo lo contrario. Ahora que durante el registro de una célula neonazi italiana se halló un misil catarí, varios informes recién publicados presentan la amenaza terrorista de la ultraderecha en plena estructuración.

Los terroristas de derechas en Europa

Del informe de Europol sobre el terrorismo en Europa en 2018 (disponible en este enlace) se desprende que ese año sólo se produjo un atentado de ultraderecha en la UE, frente a los cinco en 2017, también en Italia precisamente. Un militante de la Liga Norte, que iba en las listas el año pasado, estuvo dando vueltas durante dos horas en su ciudad para matar africanos, hiriendo a seis personas (fue condenado a 12 años de prisión). El informe del año pasado destacaba la dinámica de la radicalización violenta en la extrema derecha en Europa desde 2015.

Así, la tensión se percibe en las detenciones. Los servicios de seguridad han reforzado la vigilancia y detenido a 44 activistas en el marco de las investigaciones sobre la preparación de actos terroristas, frente a los 20 de 2017. Estos activistas eran ciudadanos de Alemania, Italia, Francia, Países Bajos y República Checa.

Los 32 ciudadanos franceses representan el mayor contingente, al igual que el año pasado. La estrategia de obstruir a los grupos antes de que pasen a la acción no ha llevado, por el momento, a cometer ningún error. Y aunque el yihadismo sigue siendo la principal preocupación, el control de potenciales terroristas de derechas forma parte de la “estrategia nacional de inteligencia” publicada estos días por el presidente de la República.

En cuanto a Gran Bretaña, según un informe de los propios servicios británicos de inteligencia, la situación es compleja, ya que el número de activistas pocas veces ha sido tan bajo (las autoridades estiman que suman 600 personas y 24 grupúsculos), pero son especialmente determinados. Otra lección es que está surgiendo una generación más joven: los tres ingleses detenidos en 2018, por su relación con dos casos de actividad terrorista de extrema derecha, son menores de edad.

Alemania también ha elaborado un informe nacional sobre los movimientos radicales, según la tipología recomendada por la reciente comisión parlamentaria francesa sobre la ultraderecha. La institución encargada ha sufrido recientes reveses, ya que el presidente de la Oficina para la Protección de la Constitución se vio obligado a abandonar el cargo después de haber rebajado la violencia racista y antisemita en el Este. Pero lo ascendieron... Un gesto que ilustra la dificultad del poder a la hora de establecer un rumbo.

También en este caso, el informe de 2018 acaba de hacerse público y, aunque no refleja una disminución de los efectivos, señala una estabilidad en el contingente de extremistas violentos de derechas, manteniéndose como en 2017 por debajo de las 13.000 personas, un nivel elevado y perenne.

Disminución electoral

Los movimientos neofascistas con una dimensión miliciana que se presentan a las elecciones se encuentran en una fase de declive. El Movimiento Nórdico de Resistencia, una red neonazi transnacional activa en Suecia, Noruega y Dinamarca (fue prohibida en Finlandia en 2017 tras la muerte de un hombre coincidiendo con la celebración de una de sus manifestaciones), participó en las elecciones suecas del pasado mes de septiembre. Este intento de respetabilización es tanto más importante por cuanto una encuesta había mostrado que una cuarta parte de los 178 suecos identificados como miembros del grupo habían participado en acciones violentas. Tres habían sido condenados en 2017 por ataques contra locales sindicalistas y de refugiados.

Los resultados de las elecciones fueron irrisorios, ya que el voto de la extrema derecha prefirió centrarse en un partido populista, ya que el producto político neonazi es redhibitorio. En Francia, sólo Alain Soral pudo demostrar vínculos con este grupo. Por su parte, en las elecciones europeas, el NDP, el partido neonazi alemán, perdió a su único eurodiputado.

El caso griego es especialmente significativo. La humillación del país permitió a Amanecer Dorado pasar de secta neonazi con el 0,46% de los votos, en 2009, a un 6,99% de los votos y 16 diputados en 2015. Esto no lo apaciguó: entre enero de 2012 y abril de 2013, el grupo estuvo implicado en 281 ataques racistas, hiriendo a 400 personas y matando a cuatro. Pero el partido se hundió en las últimas elecciones europeas y legislativas.

También en Hungría los radicales atraviesan por dificultades. El partido Jobbik había intentado desmarcarse de sus raíces fascistas y milicianas, distanciándose del antisemitismo y afirmando una posición más pro-UE. Aunque ha resistido bien en las elecciones parlamentarias de 2018 (19% de los votos), desde entonces ha fracasado en las elecciones europeas, con un 8,3%.

En Italia, el triunfo de la Liga (28 puntos más que en las elecciones anteriores) estuvo acompañado del progreso de los Hermanos de Italia (+3 puntos, el 6,44%), pero fue nefasto para los neofascistas: 0,9% para CasaPound y 0,37% para Forza Nuova.

En Francia, dos listas lucharon por los votos de quienes consideraban que la Agrupación Nacional (ex-FN) era demasiado cosmopolita. Por un lado, había que estar suficientemente motivado para imprimir su propia papeleta y, por otro, pensar que la formación de Marine Le Pen se vende al globalismo. El resultado es menor, pero interesante: la lista de la Disidencia Francesa (grupo neofascista) sobrescribe la de la Línea Clara, formación lanzada por Renaud Camus contra “el gran reemplazo”, por 4.569 votos frente a 1.578. Renaud Camus, por su parte, que anunció in extremis que iba a votar a favor de la lista de Le Pen, sorprendió por una fotografía que mostraba a uno de sus compañeros de lista rezando delante de una esvástica....

Si bien los servicios de inteligencia franceses consideran que el número de activistas de extrema derecha son alrededor de 2.000, en cualquier caso hay 6.147 votantes que han indicado que ya no creen en los valores de la democracia liberal para contener lo que creen que es una guerra racial.

¿Un proceso de radicalización?

Sin embargo, no debemos deducir de estas dos recientes disminuciones, tanto terroristas como electorales, que el humanismo ha progresado en Europa y que la radicalidad derechista se encuentra de capa caída. En primer lugar, porque el lado dominante de la extrema derecha se está fortaleciendo. El grupo parlamentario europeo al que pertenece la Agrupación Nacional ha duplicado su número de diputados al Parlamento Europeo.

Aunque la AN y la Liga por sí solas representan dos tercios del grupo, ahora tiene miembros de dos países nórdicos, aunque su progreso se limita a la República Checa en el este.

Sobre todo, la falta de salida política a una radicalidad cuyos temas, sin embargo, son ampliamente difundidos (como en el caso del “gran reemplazo”) y participan, de manera diluida, en los éxitos de los partidos legales de extrema derecha, puede llevar a algunos de sus militantes a considerar que la transición a la violencia se convierte en la única opción racional para obtener el cambio al que aspiran.

Es, además, un tema recurrente en las acciones violentas: frente al “sistema” que anestesia a las masas, el uso de la violencia no es improductivo ni amoral, porque permite “despertar” a las poblaciones frente a la gravedad de la situación.

Tras el éxito de Matteo Salvini, los fascistas de CasaPound (que en Francia influyeron en el recién disuelto Bastión Social) decidieron que abandonarían la vía electoral. El desmantelamiento de la célula en posesión del misil catarí lleva a pensar que algunas personas próxima a Forza Nuova pueden verse tentadas a utilizar armas.

Es cierto que el propio líder del movimiento siempre ha estado relacionado con la radicalidad más extrema. Entre 1969 y 1980, durante los años de plomo, el 67,5% de los 4.290 actos de violencia política que afectaron a Italia fueron cometidos por neofascistas.

Aunque en los últimos años se ha hablado mucho de desradicalización poblacional, también debería mostrarse interés por el entorno que mantiene y acelera la radicalidad. Lo que hace a los activistas peligrosos no es tanto su número como sus creencias y la forma en que socializan su radicalidad. Y en este punto, las luces están todas rojas.

  Nicolas Lebourg es un historiador especializado en políticas radicales. Es coautor de Les Droites extrêmes (Seuil, 2015), junto con Jean-Yves Camus, y Lettres aux Français qui croient que cinq ans d’extrême droite remettraient la France debout (Les Échappés, 2016). Colabora habitualmente con Mediapart.

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La radicalidad de derechas se encuentra en un punto decisivo en Europa. A simple vista, parece ir a más. Pero tanto en lo que respecta al peso político como a la violencia, la situación tiene matices. Con una paradoja: encontrar las razones de esta progresión no supone minimizar la importancia del riesgo de seguridad que supone este movimiento, sino todo lo contrario. Ahora que durante el registro de una célula neonazi italiana se halló un misil catarí, varios informes recién publicados presentan la amenaza terrorista de la ultraderecha en plena estructuración.

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