El calendario sigue corriendo y la guerra de Irán ya se aproxima a su cuarto mes completamente paralizada. El impacto sobre el sector agrícola era uno de los que más preocupaba por su dependencia de los fertilizantes del Golfo Pérsico, así como del gas natural necesario para fabricarlos.
Las primeras semanas pudieron capearse gracias al abono almacenado del invierno, pero ese periodo de gracia ya ha terminado y los agricultores han comenzado a comprar fertilizantes a precio de oro, un 80% más caros que hace un año. Los profesionales que no puedan permitirse la subida dejarán de abonar, por lo que se espera un desplome en la producción de cereales del 10,6% en España, según calcula la Comisión Europea.
Los cereales, como el trigo, el centeno, la cebada, la avena, el maíz y el arroz, son el tipo de cultivo más expuesto porque ocupan una enorme extensión y necesitan una aportación importante de fertilizantes para que su cosecha sea rentable. Los cereales que se sembraron en otoño tienen que abonarse ahora, en un momento de precios máximos, mientras que los agricultores que tenían pensado sembrar después de verano se plantean dejar en barbecho sus tierras.
"Hay muchas dudas sobre la rentabilidad de los cultivos en general y del cereal en particular", declara el secretario general de la Unión de Pequeños Agricultores (UPA). "Hay un riesgo de que los rendimientos de las cosechas este año sean menores por el alto desembolso que hay que hacer", añade el portavoz.
Cuando estalló la guerra se temían problemas de abastecimiento en los fertilizantes puesto que el Estrecho de Ormuz, que continúa cerrado, sirve para exportar desde Oriente Medio un tercio de los abonos sintéticos consumidos en el mundo. 80 días después no hay señales de escasez, pero los expertos consultados aseguran que todo el que puede, está evitando comprarlos.
"Es algo así como el juego de las sillas, nadie quiere ser el primero en pagar lo que cuestan porque confían en que la guerra se resuelva pronto. El problema llegará si el conflicto se alarga hasta el otoño", opina Pablo Resco, responsable de Estrategia Agroalimentaria en Plataforma Tierra.
España, líder en caída de producción
Todavía es pronto para conocer con precisión el alcance del agujero de la producción, pero a finales de abril se publicaron las primeras previsiones de impacto este año. La Comisión Europea calcula que en la campaña 2026-2027 la producción de cereal caerá en unos nueve millones de toneladas, un 3,2%. Las previsiones para Europa del Departamento de Agricultura de Estados Unidos apuestan por una caída mayor, del 4,5%.
España, aunque no es el mayor productor del bloque, será de lejos el país que más producción perderá, un 10,6%, según estima la Dirección General de Agricultura de la Comisión Europea. Nada menos que 2,5 millones de toneladas menos que el año pasado. Los principales cereales cultivados en España son la cebada (-2,6% de producción este año), el trigo blando (-17,6%) y el maíz (-8,7%). Si bien es cierto, el desplome está adulterado porque en 2025 la cosecha de cereal fue en España de casi récord, de manera que la caída de la temporada actual no debería llevar al país a tener un déficit notable.
Un mes de reservas
Según la información que manejaba el Ministerio de Agricultura a comienzos de abril, España tenía entonces reservas de fertilizantes para "un mes o un mes y medio a lo sumo", y una vez agotadas, los agricultores o los intermediarios tendrían que empezar a reponer el stock con importaciones mucho más caras o con la producción nacional de abonos sintéticos. Aunque sean fabricados en España, donde hay una importante industria de fertilizantes nitrogenados, la materia prima base es el gas natural, que también ha disparado su precio por la guerra.
Javier Fatás, responsable de fertilizantes en la organización agraria COAG, confirma que el fertilizante almacenado del invierno ya se ha agotado. "Hoy ya estamos abasteciéndonos a precio de mercado, pagando los nitrogenados a un 70% más que hace un año, e incluso un 40% más que hace un mes, cuando ya había comenzado el conflicto en Irán", asegura el representante. "Lo que estamos haciendo es comprar puntualmente para el abonado de junio: hortícolas, frutales o viña. A largo plazo no compramos porque esperamos que se solucione", reconoce también.
Un paquete decepcionante de Bruselas
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Otra de las esperanzas del sector era que llegase un paquete de ayuda desde Bruselas para abaratar sus costes. Al fin y al cabo, confiaban en que los políticos europeos iban a mover cielo y tierra para evitar un encarecimiento de los alimentos en el continente. Sin embargo, ese plan llegó este miércoles y decepcionó enormemente al sector primario.
La Comisión anunció, sin concretar cifras, un incremento de la reserva agrícola de crisis para que los Estados Miembros apoyen a sus agricultores, así como un plan de reforma de la Política Agraria Común en junio que abrirá la puerta a que los profesionales accedan a ayudas extra y tengan menos exigencias en el uso de abonos, pero esto no es lo que reclamaban. Ninguna de las propuestas tendrá un impacto inminente.
"Decepcionante y preocupante, hay una falta de ambición clara", opina José María Castillo, responsable de la oficina europea de Asaja, la principal organización agraria de España. "Las medidas a largo plazo son las que ya estaban previstas antes de la guerra, y no estamos de acuerdo con ampliar el fondo de crisis porque esta situación no es culpa del agricultor", añade.
El calendario sigue corriendo y la guerra de Irán ya se aproxima a su cuarto mes completamente paralizada. El impacto sobre el sector agrícola era uno de los que más preocupaba por su dependencia de los fertilizantes del Golfo Pérsico, así como del gas natural necesario para fabricarlos.