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'Cataluña-España: ¿qué nos ha pasado?'

Josep Ramoneda (ed.)
Publicada el 06/10/2019 a las 06:00 Actualizada el 05/10/2019 a las 12:38
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infoLibre publica un extracto de Cataluña-España: ¿qué nos ha pasado?, ensayo colectivo publicado por Galaxia Gutenberg y editado por Josep Ramoneda en el que 17 autores analizan la cuestión catalana desde distintas perspectivas. En el título, disponible el próximo 16 de octubre en librerías, participan firmas como Jordi Amat (que se encarga de reflexionar sobre la "mutación del catalanismo" y el papel de los intelectuales), Marina Subirats (analiza cómo gobernar una sociedad enfrentada) o Santiago Alba Rico (que trata las construcciones históricas del conflicto). El plantel se completa con Adrà Alcoverro, Luisa-Elena Delgado, Lucía Méndez Prada, Javier Moreno Luzón, Jordi Muñoz, Josep M. Muñoz, Xosé Manoel Núñez Seixas, Borja de Riquer, Enric Puig Punyet, Javier Pérez Royo, Josep Maria Ruiz Simon, Francesc Serés, Josep Maria Vallès y Ramón Villares. infoLibre recoge aquí el prólogo firmado por Ramoneda. 

________
Prólogo
Las trampas de un debate


 
  1. «Potencia nacional sin llegar nunca a su cumplimiento como acto»: este parece ser el destino de Cataluña. Y la explicación del carácter trágico de su conciencia nacional. Un destino sisífico: inaccesible aunque en algunos momentos se haya podido crear la ficción de que estaba cercano.


«Toda la vida de las sociedades en las que reinan las condiciones modernas de producción se anuncia como una inmensa acumulación  de  espectáculos.  Todo  lo  que  era  directamente  vivido se ha alejado en una representación», así iniciaba Guy Debord, en 1967, La sociedad espectáculo. Del proceso de espectacularización (que es a la vez de individualización y de aislamiento del ciudadano reducido a sujeto económico) no se salva ningún ámbito de creación de significado, ni el mercado ni la política ni los medios de comunicación. Por eso los conflictos políticos en los regímenes democráticos tienden a convertirse en rituales de persuasión en que no cabe otro punto de vista que el de las partes. Así se ha ido configurando un pensamiento ilusorio que promueve el alejamiento de los ciudadanos de su propia realidad, a partir de construcciones mentales aparentemente sin fisuras, que sólo funcionan en la dialéctica de confrontación amigo-enemigo. Y en este terreno sólo hay una vía realmente transformadora que está en aquellos discursos que, rompiendo el simplismo del estás conmigo o estás contra mí, intentan introducir elementos de realidad que subviertan el espectáculo retroalimentado por las partes en conflicto. Y sólo si desde el pensamiento crítico se abren brechas en los supuestos del espectáculo se puede evitar que el espectáculo nos imponga una realidad que es una recreación de lo falso.
 
El conflicto soberanista catalán y su desarrollo son un ejemplo de ello. Un espectáculo tejido sobre mimbres y conceptos del pasado para neutralizar los vestigios de una realidad capaz de destruir los relatos. La súbita moda de los conceptos de posverdad y populismo es una prueba a favor de este argumento. Descubrir a estas alturas de la humanidad que los ciudadanos se comportan por criterios emocionales y no sólo racionales en términos de interés económico contante y sonante, sólo tiene como objetivo legitimar un tipo de discurso que convierte al hombre en tanto que sujeto económico en horizonte insuperable de nuestro tiempo. Facilitando así la exclusión del ámbito de lo políticamente acepta ble a aquellos partidos acusados de populismo porque aspiran a una idea más compleja del sujeto o porque se niegan a aceptar acríticamente el espacio de lo posible definido desde la hegemonía neoliberal que la crisis de 2008 dejó en evidencia. En este contexto afrontar la cuestión catalana requiere tres previos: 1) desmitificarla y enmarcarla en las actuales transformaciones del mundo; 2) resistirse a las trampas del debate público, y 3) introducir el principio de realidad contra el pensamiento ilusorio. A esta tarea hemos intentado contribuir desde la revista La Maleta de Portbou, invitando a personalidades de disciplinas y sensibilidades diversas a aportar su reflexión sobre una cuestión que exige más ideas y menos consignas, más pensamiento y menos doctrina. Y estos materiales, publicados en distintos números de la revista, los reunimos ahora en este número, con la confianza de contribuir a extender la idea de que un debate de fondo no es sólo deseable sino que es posible.

2. Ni raro ni endógeno. Ensimismados en nuestras cuitas familiares, cargados de prejuicios hispánicos, tendemos a ver el conflicto soberanista como un fenómeno singular, extraño, retrógrado para algunos, propio de inacabables desencuentros de una nación española que nunca se cerró por completo. Pero sin negar ninguna de las circunstancias específicas del caso catalán, es higiénico y ayuda a desdramatizarlo si lo situamos en un marco más general: la crisis de gobernanza de la democracia liberal europea fruto de las mutaciones generadas por el paso del capitalismo industrial y local al capitalismo financiero y global.

El sueldo medio de los nuevos contratos en España es un 12 % inferior al de antes de la crisis. Los salarios están a la baja, el trabajo está precarizado y seguirá así. El crecimiento no garantiza una mejora generalizada del bienestar. Y las políticas llamadas reformistas no hacen más que recortar garantías y protección a los trabajadores. Macron acaba de cargarse el pacto social que había dado cohesión a Francia desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El amplio espacio intermedio que articulaba las sociedades europeas se ha fracturado. Después de haber vivido en la indiferencia política durante los años en que parecía que todo era posible, ahora muchos ciudadanos viven con la sensación de que el Estado ni les escucha ni les protege, que los intereses de los que mandan no son los suyos, al tiempo que las jóvenes generaciones perciben un eclipse del futuro. Es una crisis de gobernanza por el agotamiento de la utopía llamada neoliberal, lanzada a finales de los setenta, que ha devuelto Europa al terreno de las desigualdades abismales y que se ha llevado por delante a la socialdemocracia que se dejó fascinar por la buena nueva que venía del Atlántico.

El caso catalán, con toda su historia a cuestas, que evidentemente lo carga de peculiaridades, es uno más de los episodios que expresan esta crisis. En su estallido comparte causas con Syriza, con el 15-M, con los Grillini, con la Francia insumisa, con el crecimiento de la extrema derecha (ahora también en Alemania), con el Brexit, incluso con el fenómeno Macron. A estos y otros movimientos tan dispares se les ha puesto la etiqueta de populismo para descalificarlos, evitando así analizar las causas y afrontar los problemas. Sólo Macron se ha librado del calificativo porque rápidamente ha cumplido con el rito iniciático que exige el sistema: una reforma laboral para desactivar el mundo del trabajo.

En una dinámica acción-reacción, el Gobierno español se escuda en los instrumentos represivos que le ofrece su posición; el soberanismo ha caído en la trampa de la ruptura unilateral. Quizá abrir el foco, darle perspectiva europea, entender que lo que ocurre aquí no es nada extraño sino que forma parte de una crisis más amplia, pueda hacer entender que más allá de la confrontación o el atasco eterno, no hay más salida que la que se pueda construir sobre el reconocimiento mutuo y el compromiso de un referéndum en algún momento del camino. Al fin y al cabo, la crisis de gobernanza europea nos concierne a todos, juntos o separados.

3. Pensamiento ilusorio. El aparato ideológico del bloque contrario a la independencia ha desplegado un discurso de clara voluntad preformativa, proclamando la derrota total del independentismo: fin del proceso, ridículo estratosférico, derrota definitiva, fracaso de una sublevación de pacotilla, entierro de los manipuladores victimistas, fin del derecho a decidir y del sueño de Estado propio. Esta prisa en enterrar al muerto cuando todavía respira expresa la obsesión reiterada de no reconocer la dimensión y enraizamiento del fenómeno, la incapacidad de reconocer el problema más allá de los lugares comunes sobre el nacionalismo y los intereses insolidarios de las burguesías locales y el malestar que provoca la dificultad de domarlo. Es la misma trampa del pensamiento ilusorio que se critica a los soberanistas: obsesionados en proclamar una República imposible, incapaces de asumir que con las fuerzas disponibles habían tocado techo y de reconocer que el hard-power está en manos del Estado. Es el pensamiento ilusorio el motor de un espectáculo en el que el reconocimiento de la realidad está prohibido. Y para él sólo sirven los clichés de siempre. Porque los cambios sociales podrían arruinar el discurso.
 
Al unionismo no le interesa saber que el papel de los movimientos sociales es una de las novedades importantes del proceso, o que el movimiento independentista es muy propio del proceso de globalización. Lo decía Michael Sandel: «La unidad primaria de la solidaridad era el Estado-nación. Pero en una época que por un lado es global pero en la que al mismo tiempo existe el deseo de identidades más particulares necesitamos desarrollar una solidaridad que tenga en cuenta lo global, lo nacional y lo particular y una comunidad política que proteja e integre nuestras identidades». O que el independentismo se ha laicizado y ha ganado transversalidad, siendo absurda su reducción al nacionalismo. O que la crisis del independentismo es una expresión de la crisis de la democracia española y expresa el fracaso de la izquierda socialdemócrata que, incapaz de proponer nuevos horizontes, se convierte en la más empecinada defensora del status quo.
 
4. Normalizar. «El político racional es el que evita el estado de excepción», escribía Odo Marquard. «El nacionalismo es veneno», decía el inefable Juncker en una entrevista al diario El País. No me es difícil estar de acuerdo con él: siempre he pensado que son peligrosas las ideologías que se fundan en una realidad trascendental, por encima de la conciencia individual de los humanos, sea Dios, la patria o la ley superior de la naturaleza o de la historia. Es evidente que convertir la nación en un ente que rebasa la voluntad de los ciudadanos que la componen y hacer de ella un criterio de demarcación –‍los nuestros y los otros–‍ es un juego peligroso que requiere tener despierto el sentido crítico para no verse atrapado en la creencia que antepone las naciones a las personas. Pero si aceptamos la sentencia que dice que el nacionalismo es un veneno, es decir, que lleva en sí mismo un germen peligroso y debemos estar alerta, debe valer para todos los nacionalismos. Y esta es la gran trampa del discurso que se dedica a anatematizar el nacionalismo catalán: ven la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio. ¿Por qué lo que vale para criticar al nacionalismo catalán no vale cuando se habla del nacionalismo español o del nacionalismo francés, por ejemplo? Emmanuel Macron llega al poder y, para legitimar su insólita performance y convertir la victoria en hegemonía, se descuelga con una relectura a medida de la historia de Francia. Y nadie pone el grito en el cielo. Cuando José María Aznar dio a la derecha española el proyecto político que no tenía y que le permitió recuperar el poder tras una larga travesía por el desierto para purgar sus complicidades con el franquismo, lo hizo con un discurso nacionalista sin rodeos (revestido de doctrinarismo neoliberal) y logró restaurar la hegemonía conservadora en España.

El mismo Juncker, que va repitiendo jaculatorias contra el peligro nacionalista cuando se le pregunta por Cataluña, no ha hecho nada para conseguir que los dos nacionalismos más desbocados que hay en Europa, los que gobiernan Polonia y Hungría, respeten los principios y valores fundacionales de la Unión. ¿Por qué? La respuesta la da el mismo Juncker en la entrevista: «Europa es un club de naciones y no acepto que las regiones vayan contra las naciones». Dicho de otro modo, el nacionalismo catalán es pérfido porque no tiene Estado. Si lo tuviera, nadie lo cuestionaría.

A partir de aquí todas las trampas del debate están servidas. Se acusa al nacionalismo catalán de haber construido una hegemonía cultural a través de la escuela y los medios de comunicación. ¿Y qué ha hecho el nacionalismo francés desde la Revolución? ¿Y el español, aunque con menos éxito, porque no ha conseguido el objetivo de homogeneizar culturalmente el territorio? Cuando Ciudadanos coloca en el frontispicio de su programa reespañolizar Cataluña nadie se escandaliza, cuando Wert lanzó una política educativa renacionalizadora, tampoco. La cuestión no es el nacionalismo sino tener Estado o no tenerlo. Y no olvidemos que las grandes atrocidades en Europa las han cometido, obviamente, los nacionalismos con Estado, no los que no lo tienen. 

Todos sabemos que el ser humano se caracteriza por construir ficciones y creérselas, según la formulación de Yuval Noah Harari. Que estas ficciones le han servido para cooperar y progresar es cierto, pero también para la confrontación y la guerra. Por ello, si queremos sociedades libres es importante que nada escape a la criba de la crítica. El nacionalismo tampoco. Decía Jordi Pujol: «No somos un país cualquiera». Todo un eslogan del supremacismo nacionalista. Pero ¿acaso el nacionalismo español o el francés no creen también que sus países no son un país cualquiera?

Combatir al nacionalismo catalán desde la omisión del nacionalismo español es un ejercicio de cinismo. Y una garantía de incomprensión de lo que ocurre en Cataluña, entre otras cosas porque el independentismo abarca bastante más que el nacionalismo. Escandalizarse porque el soberanismo busca la hegemonía ideológica es ridículo. ¿Alguien me sabe explicar un cambio político de envergadura que no haya ido precedido de una transformación cultural e ideológica? ¿Por qué Aznar es el político más importante que ha tenido la derecha española? Porque supo construir una hegemonía nacional conservadora como plataforma para acceder al poder, y gobernó desde ella.

El objetivo con que Rajoy justificó su respuesta al soberanismo catalán –‍trasladando responsabilidades políticas a la vida judicial y desprecintando el artículo 155 que estaba por estrenar–‍ era recuperar  la normalidad: normalizar las instituciones catalanas. Normalización es una expresión delicada, porque fue en su nombre que la Unión Soviética justificó la invasión de Hungría en 1956 y de Praga en 1968: adaptación a la norma del sistema de poder político, cultural e ideológico vigente. Normal: lo que es y ocurre como siempre. ¿Qué es normal? ¿El reajuste de las instituciones catalanes a la normativa del Estado o la normal anormalidad que es la tensión como estado natural en el engarce de Cataluña en España?
 
La normalidad que pregonaba Rajoy hay que situarla en un proyecto de más largo alcance: la restauración conservadora. Unos y otros miran a Europa, como lugar que triangule el conflicto a su favor. Pero es una crisis de la democracia española y es aquí que se tiene que resolver. Sería triste que el resultado final de los diversos procesos de cambio que se abrieron en 2011 no fuera la regeneración del régimen sino una gran restauración conservadora: el autoritarismo posdemocrático que amenaza a Europa.

5. Mandamientos. En un contexto, en que el pensamiento ilusorio va por barrios, sería bueno que todos tuvieran en cuenta algunas lecciones de este proceso de intensidad gradual que entró en su fase de aceleración en 2012 y alcanzó el momento de choque el 27 de octubre de 2017. Algunos mandamientos de la política se han olvidado peligrosamente: no confundas tus deseos con la realidad. No niegues los hechos incómodos porque tarde o temprano te darás de bruces con ellos. No trastoques la serenidad en desdén, no querer ver un problema es una manera de agravarlo. No creas en la inacción en política: sólo es efectiva en regímenes autoritarios. No te engañes: los problemas no se resuelven solos y, a veces, ni siquiera acompañados. No pierdas nunca la iniciativa, con que te la quiten una vez pueden arruinarte para siempre. Sé capaz de evaluar las relaciones de fuerza, nada es más determinante en política. No pretendas dar un paso que no esté al alcance de tus capacidades porque te estrellarás. No olvides que los peores conflictos son los indivisibles, busca siempre vías de escape a la polarización. Recuerda que el verdadero político es el que tiene sentido de la oportunidad: sabe cuándo se le abre una vía ganadora y sabe cuándo tiene que frenar. No menosprecies la batalla ideológica, sobre ella se construyen las hegemonías políticas. Sólo el conocimiento de la otra parte puede llevar al reconocimiento mutuo que es la vía para resolver los conflictos en democracia. Y no des nunca un conflicto de calado histórico como resuelto: siempre rebrota.
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17 Comentarios
  • Grobledam Grobledam 06/10/19 13:43

    Otra vuelta de tuerca de un ciudadano catalano-español y sus seleccionados catalano-correligionarios, con tintes de sesuda catalano-reflexión, que cae por millonésima vez en el error de no ver los árboles en el catalano-bosque.
    Estoy con el Sr JorgePlaza en el convencimiento de que el maldenominado problema catalán no tiene solución o por darle un giro dialéctico es irresoluble porque es inviable, imposible en el momento histórico que vivimos, en la praxis politica-institucional, juridico-internacional y real-real del hoy por hoy.
    No estoy de acuerdo con el Sr JorgePlaza en su idea de centrar el problema en las cifras de correligionarios de uno y otro campo de batalla, porque la batalla es una ficción, como todas las que ahora nos presentan la máquina propagandista secesionista para que nos veamos obligados a definirnos sobre lo "catalano-lo que sea". (Para la dialectica procesista la realidad, cualquiera que sea, debe tener un enfoque catalano-lo que sea; aunque sea una predicción meteorológica) y el "árbol", la evidencia palmaria que no ven es que la realidad trasciende al catalanismo y sólo el empuje de una maquinaria de Estado otorgada por el inmenso error del Estado de la Autonomías español en el período transicional postfranquista alimenta la ficción nacionalista. Porque la realidad es que el territorio catalán sí tiene estado o maquinaria estatal y ello no necesita demostración, sólo hay que mirar a la realidad de los últimos años. Un estado o mini estado que alimenta a una casta que a su vez lo nutre y se aprovecha de la peculiaridad hispana (donde hasta la izquierda es nacional-separatista, snif) y que lucha por su supervivencia tratando de encontrar y definir un pueblo, una nación que lo sustente y justifique con los restos y parches de una historia que no les concedió ese estatus. En donde para definirse deben continuamente adjetivar la historia real con la ficción del "catalano-lo que sea" (la Corona catalano-aragonesa es un ejemplo elocuente en sí mismo). Una historia que podía haber sido de otra forma, son los avatares históricos, grandes o pequeños "momentos estelares" (Zweig) que hicieron de Portugal lo que es hoy y de Cataluña lo que hoy es.

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    • jorgeplaza jorgeplaza 06/10/19 13:58

      Si el porcentaje de la población de Cataluña con origen fuera de Cataluña fuera del 30% o del 70%, los resultados electorales serían muy distintos a los que son y también sería muy distinta la situación política real: en el primer caso es muy probable que Cataluña se hubiera declarado independiente "con todos los pronunciamientos favorables", que diría un tribunal, y en el segundo los separatistas se habrían guardado la lengua y las provocaciones en salva sea la parte hasta nueva orden. No entiendo que le quite usted importancia a ese factor decisivo: de hecho, si los separatistas tuvieran más paciencia y la emigración desde el resto de España siguiera siendo esencialmente nula, como parece que va a ser, a medio plazo la balanza se inclinaría del lado secesionista porque hasta los García más recalcitrantes terminarían por olvidar su origen. Ese razonamiento lo hacen a veces los separatistas menos cerriles y yo creo que es esencialmente correcto.

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      • Grobledam Grobledam 06/10/19 14:20

        No se la quito, estimado contertulio. Simplemente me planteo la justificación y la necesidad de apelar al recuento de los de uno y otro bando. Recuento que está en el fundamento de todas las demandas separatistas y que esconde la falacia de plantear la solución a un problema ficticio (o de unos pocos); un problema que si cupiera sería muy complejo de definir: la formación de un Estado en el momento actual; en la Europa actual e incluso en el mundo actual y que desde luego no pasa por definir única y exclusivamente dos bandos. Resultando evidente que además y al menos uno de los bandos (en realidad quizás la mayoría de todos los posibles e inviables bandos) no se plantean ni necesitan plantarse dicha problemática y que les costaría muy mucho decantarse por una solución bidireccional únicamente y porcentual para más inri.
        Un cordial saludo.

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        • Grobledam Grobledam 06/10/19 21:02

          Si en la praxis juridico-politica internacional actual y en su normativa se reconociera y por tanto se viabilizara el derecho de autodeterminación para los pueblos y las regiones que así lo desearan dentro de los Estados reconocidos por la ONU y demás Organismos supranacionales, no quedaría un solo Estado a salvo y la conflictividad, la convivencia, la paz social y los daños colaterales se verian seriamente afectados en todo el Planeta.
          Y esa es la losa que pende sobre el Procés y todos los movimientos separatistas, lo quieran ver o no. Sean más o menos democráticos, más o menos sonrientes y más o menos escrupulosos con las leyes y los pactos sociales vigentes en sus estados de origen. Son y serian una bomba de relojería que ya ha demostrado el daño que puede hacer y que muchos suponíamos y desearíamos que fueran agua pasada.
          E insisto, contarlos no sirve de nada, agrava el problema; por mucho que la falacia corra de boca en boca y de tuit en retuit.

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  • José Luis53 José Luis53 06/10/19 10:08

    A los que somos adictos a "La maleta de Port Bou" - una de las revistas más sólidas del panorama intelectual español dirigida por Ramoneda- este libro nos suena bastante: la mencionada revista sacó un número - concretamente el 34, correspondiemte a abril-marzo de este año- con idéntico título y con casi los mismos autores. Yo la devoré literalmente y no puedo menos que recomendar vivamente su lectura. Los autores son solventes conocedores de la Historia reciente catalana y pensadores rigurosos, carentes de cualquier veleidad dogmática,por lo que su aproximación a la cuetión catalana por medio de la reflexión y los datos resulta imprescindible. Obviamente, hay reflexiones esclarecedoras y otras discutibles, como no puede ser de otra manera, pero cumple sobradamente su función: alejarse de las pasiones y pensar el confilcto con la razón, única manera posible de encontrar vías de tramitación a un problema que no admite simplificaciones ,pero en el que sus protagonistas remiten permanentemente a simplificaciones. En resumen, un libro imprescindible para quien quiera pensar - repito, pensar- la cuestión catalana.

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    • jorgeplaza jorgeplaza 06/10/19 12:12

      Está bien lo de pensar, pero estaría mejor que de tanta meditación surgieran soluciones CONCRETAS. No "más diálogo", por favor, que nos vamos a quedar afónicos. Sospecho que no las hay, porque las posturas son irreconciliables, al menos mientras el paso del tiempo no altere el peso demográfico de cada una de las dos etnias enfrentadas, y eso no parece que vaya a ser mañana. A mi suegra (de Ubrique, con ascendencia andaluza y valenciana a partes iguales) y a quienes compartían su situación de evacuados durante la Guerra Civil ya los odiaban los nativos en 1938 ("Castellàs de merda", según recordaba ella, que de castellana no tenía nada). Yo comprobé en persona en los años 60 cómo los nativos te podían hacer la vida imposible en cuanto detectaban tu acento madrileño aunque no fueras más que un niño: como una anécdota entre mil, tuvimos que cambiarnos de peluquería para evitar males mayores porque mi padre tuvo que recordarle al peluquero en términos perentorios que a los adultos, menos aún si van provistos de tijeras, no les conviene discutir apasionadamente con sus clientes no sea que la cosa pase a mayores. Los nativos catalanes siempre nos han odiado mayoritariamente a los "castellanos", solo que ahora los "castellanos" son mayoría en Cataluña. No veo qué solución tiene eso más que la imposición violenta de una mitad a la otra, que creo que no llegará a ocurrir porque en España, pese a la crisis, seguimos siendo mucho más ricos que eran los yugoslavos cuando se enzarzaron. Pero no hay margen para más autonomía sin que se convierta en independencia y tampoco parece posible dar marcha atrás en las competencias autonómicas. Los separatistas, como han hecho siempre, son maestros de la provocación pero incapaces (afortunadamente) de respaldarla con hechos cuando llega la hora de la verdad.

      Pensar, se puede pensar todo lo que uno quiera, pero mientras haya dos comunidades enfrentadas de un tamaño similar, no veo solución. Y tratar de imponerse por las malas, como hacen ahora los separatistas (para los que el "pueblo catalán" es la mitad de la población) es la mejor manera de conseguir que los que no lo son se encastillen en la postura opuesta.

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      • José Luis53 José Luis53 06/10/19 13:15

        Asombrosa su intervención por lo que le explico.
        Dos cosas. Una, que sin haber leído lo que propongo ya adopte una actitud cuando menos reticente tiene nombre: prejuicios.
        Dos, y sin acritud. Tengo amigos independentistas cultos, leídos y sin nada de tontos. Pues bien, cuando empezamos a hablar de independentismo, hay que ver como se ponen. Porque ellos esgrimen, pero a la inversa, exáctamente - pero exáctamente, y eso es lo asombroso- sus mismos razonamientos. Que si el desprecio que han sentido por su lengua materna, que si su cultura ha sido borrada, que si las humillaciones que han tenido que pasar, que si quieren imponer ...Y yo les añado siempre: las razones personales traumáticas -que no porngo en duda, ni las de usted- no son razones para organizar la sociedad ni para pretender una especie de vendetta de un franquismo que, cada uno desde su sitio, sufrimos todos.
        Es inútil. No hay fuerza que pueda cuando entran en juego las razones -por muy traumáticas que sean- personales. Porque al final, ellos les odiaron y usted les odia y ambos se siguen odiando: eso les hace iguales ¿ Cómo lo arreglamos?

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        • Grobledam Grobledam 06/10/19 14:00

          Le recomiendo, sin acritud, que vuelva a leer los comentarios del SrJorgePlaza, porque de verdad que cuesta encontrar ese "odio" al que Vd apela. Por contra se encuentran hechos, cifras, realidades históricas y sucesos que pudieran explicar el conflicto actual.
          Ya, ya se que la teoría del "enemigo necesario" es basica para el discurso separatista pero basta con ponerla en las mentes de los que la sigan firmemente y no en las de los demás.
          Aún así insiste en el ¿cómo lo arreglamos?. Pues no tiene arreglo, que le vamos a hacer.
          Lo de que uno o unos se inventen un problema para obligar a los demás a buscar una solución que satisfaga a el o los inventores tiene mala solución cuando la solución es inviable....y todo el mundo lo sabe.
          Es una cuestión de tiempo y "sobrellevanza" y tratar, al menos, que la sangre no llegue al río. Porque ya se sabe que la sangre que suele correr en la historia no es la de los "inventores-odiadores".

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          • José Luis53 José Luis53 06/10/19 15:23

            No tengo ningún inconveniente en cambiar la palabra "odio" por la que usted crea más conveniente y apropiada para los hechos que describe jorgeplaza.Propóngala, que la acepto. Eso sí, no incluya la palabra cifras ni la de hechos porque un solo caso no constituya ni de lejos una muestra aceptable, ni tampoco de ninguna cifra.
            En lo que sí estamos de acuerdo, y la intervención de jorgeplaza lo muestra, es en la simetría necesaria entre independentistas y ¿antidependentistas?¿anticatalanistas?¿españolistas?- le confieso que no sé cómo llamarlos aunque sí sé su función: oponerse a los independentistas- y que mutuamente se necesitan para ¿odiarse? - a la espera de una definición mejor de usted- y en consecuencia, para existir: que quedaría del conflicto si los quitamos a ambos, no lo sé. Pero sospecho que más bien poco.
            Coscubiela - a quien respeto profundamente- también lo dice: el problema no tiene solución, habrá que ponerse de acuerdo en el desacuerdo. Es un mantra, no tiene solución. Pues mire, no. Creo en el pensamiento como fuerza resolutoria de problemas, no como artífice de la resignación. Otra cosa es que no podamos llegar a ella. Por el momento.

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            • Grobledam Grobledam 06/10/19 21:13

              Creo sinceramente haberle respondido en el resto de mis comentarios en esta sección.
              Un saludo y si no fuera así le ruego que me lo haga saber, admitiendo que no son ortoxia pura y están sometidas a revisión critica; aunque parécenme de sentido común.

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            • jorgeplaza jorgeplaza 06/10/19 15:48

              Yo no invento. Que los separatistas son mayoritariamente catalanes de muchos apellidos catalanes, lengua materna y habitual catalana y renta media alta (y, complementariamente, los no separatistas) no lo digo yo: lo dice el CEO catalán. Que los apellidos de las candidaturas separatistas son casi exclusivamente catalanes lo puede comprobar el que sepa leer y quiera comprobarlo. Mi experiencia personal y la de mi familia no hace más que corroborar los datos. Si quiere, léase esta referencia de Kiko Llaneras en El País, basada en esos datos (públicamente accesibles, por cierto) del CEO:

              https://elpais.com/politica/2017/09/28/ratio/1506601198_808440.html

              Significativamente, el título del artículo es: "El apoyo a la independencia tiene raíces económicas y de origen social" y viene seguido por este otro titular "Es mayor entre catalanes con padres y abuelos catalanes y con rentas altas. Entre las personas con «muchas dificultades con sus ingresos» el apoyo solo es del 29%, pero alcanza el 50% entre los que «viven cómodamente»."

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        • jorgeplaza jorgeplaza 06/10/19 13:50

          De prejuicios nada. "Postjuicios", en todo caso. Yo he vivido en Cataluña: de mis enfrentamientos y los de mi familia con los separatistas de entonces (criptoseparatistas a la fuerza porque eran los 60 del siglo pasado, pero no por eso nos odiaban menos a los "castellanos") no me tiene usted ni nadie que explicar nada. Yo tenía parientes en Cataluña que, a la jubilación, acaban de poner pies en polvorosa para Madrid: y lo más curioso es que sus dos hijos casi treintañeros, que habían vivido toda su vida en Cataluña, se han venido con ellos. O sea, experiencia propia y experiencia bien cercana. Y son "postjuicios" porque ya la República fracasó con su Estatuto para Cataluña (Azaña, que había sido un gran valedor de la Autonomía acabó amargado de las reiteradas traiciones de los nacionalistas catalanes) y porque la CE del 78 volvió a intentarlo, llevando mucho más lejos la autonomía de lo que lo había hecho la República. Son muchos años de intentos políticos muy serios pero fracasados: nada de prejuicios, por tanto. Tengo 66 años y posiblemente por ser más viejo que usted sé por experiencia que no hay nada que hacer más que, como ya vio claramente Ortega frente a Azaña en las Cortes de la República en 1932, resignarse a que se trata de una enfermedad crónica con la que, aunque incómodo, se puede seguir tirando algún que otro siglo más. Léase el duelo dialéctico entre ambos, que está editado, y seguramente aprenderá más en él que en este libro aquí publicitado.

          No vuelva a inventar el paraguas. Ni siquiera en jóvenes es disculpable.

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          • José Luis53 José Luis53 06/10/19 15:30

            Gracias por imaginarme más joven que usted, pero no, tengo su misma edad: el 53 no es casual. la Historia se utliza según a quien le conviene: supongo que no va a negarme esa verdad. Que el problema de Cataluña venga de lejos no es más que la excusa para enquistarlo. ¿ De verdad cree que el hecho de no haberle encontrado solución significa que no la tenga? Es obvio que no la tiene en mano de estos políticos porque por ambas partes -ambas-viven del conflicto y no lo van a resolver. Quiero decir que en el momento que interese de verdad resolverlo, dura 5 minutos. ¿ O no lo ve usted claro?
            Yo sí.

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            • jorgeplaza jorgeplaza 06/10/19 16:16

              O sea que, según usted, desde 1931 a nadie le ha interesado resolver el problema. Ni el Estatuto de Autonomía de la República ni el posterior bajo la CE de 1977 han sido intentos serios de resolver el problema. Si hubiera interés real, cinco minutos: No jorobe, caballero.

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              • José Luis53 José Luis53 06/10/19 17:26

                Lo que sé es que a día de hoy no le interesa a nadie resolverlo.

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                • jorgeplaza jorgeplaza 06/10/19 19:54

                  Eso lo vuelve a decir usted. Lo suyo se llama adanismo, señor mío, y presupone que todos sus semejantes anteriores a usted eran tontos, tenían mala voluntad o las dos cosas. Lo que sí es cierto es que cuando ya se ha intentado casi todo es mucho más difícil resolver un problema: puede que sea imposible. El Estatuto de Autonomía vigente (vigente para todo el mundo menos para la Generalidad catalana) está cerca de los límites de la CE y la demostración es que el siguiente Estatuto, ese que no le interesó votar ni a la mitad del censo, resultó ser claramente anticonstitucional.

                  Contra lo que usted dice, ha habido intentos muy serios de resolver la cuestión catalana. El que más, sin duda, la CE, que le recuerdo que fue votada a favor en Cataluña por encima de la media de España en conjunto. De la CE sale el Estatuto, que permite cosas tan peculiares como la inmersión lingüística, que condena a la mitad de la población de Cataluña a ser escolarizada en una lengua que no es la suya materna. O permite policía propia totalmente independiente (con los problemas que vemos que eso conlleva). Dudo que Baviera tenga mayor autonomía que Cataluña y le recuerdo que Baviera fue un reino independiente hasta el siglo XIX. Entre la situación actual y la independencia hay muy poco trecho, demasiado poco según mi opinión, y por eso es prácticamente imposible ir más allá.

                  Si es usted más listo que los autores de la Constitución o los redactores del actual Estatuto o se le ocurre alguna cosa que no se le ha ocurrido a nadie, adelante: estamos ansiosos por oírle. Me parece que va a ser que no pero, en todo caso, haga el favor de menospreciar a quienes buscaron seria y rigurosamente solucionar un problema posiblemente imposible de resolver.

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  • jorgeplaza jorgeplaza 06/10/19 08:18

    Los catalanes de muchos apellidos catalanes siempre han sido mayoritariamente separatistas, al menos desde finales del XIX. Lo que ocurre es que solo muy recientemente se han atrevido a decirlo a las claras, amparados en la benevolencia del régimen democrático (la dictadura de Primo de Rivera o, mucho peor, la de Franco, no fueron momentos propicios para su causa) y muy probablemente por la coincidencia fortuita de dos circunstancias: la crisis económica, que ellos interpretan sin esfuerzo (por más que sea obviamente falso) en clave de "España nos roba" y el referendo de independencia de Escocia. Su problema es que es precisamente ahora cuando más difícil lo tienen porque, tras las masivas emigraciones desde el resto de España en los años 60, resulta que ni el catalán es la lengua materna mayoritaria ni la mayoría de la población (aunque la ley electoral diga lo contrario) es partidaria de la independencia, sencillamente porque ni su origen (o el de sus padres) ni su idioma son catalanes.

    Aunque se rodee de toda la charlatanería de los intelectuales, el problema catalán es bastante sencillo de entender. Es un problema étnico basado en dos hechos objetivos: el diferente idioma y la distinta riqueza y renta de los dos grupos enfrentados. Los separatistas tienen en su mayoría muchos apellidos catalanes (tres o cuatro abuelos), hablan catalán habitualmente y están en los percentiles superiores de renta. (El que quiera comprobar la drástica separación entre apellidos y política no tiene más que consultar las papeletas electorales de los partidos separatistas, en las que prácticamente solo hay apellidos catalanes, y compararlas con las de los que no lo son: en el PSC aún encontrará algún apellido catalán; en Cs, ninguno). Los no separatistas, en el lado opuesto, no tienen apellidos catalanes o pocos, su lengua materna y habitual, pese a la inmersión lingüística, es el español y su renta cae en la parte baja de la tabla. Pero son más. García es hoy el apellido más corriente en Cataluña, por más que le pese a Torra.

    A eso se reduce el problema: muy fácil de entender pero imposible de resolver. Enfermedad crónica que ya diagnosticó Ortega ante el equivocado Azaña.

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