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Cultura

Luna Miguel: "Construimos relatos de heroicidad en torno a los escritores, pero de ellas no sabemos ni dónde están enterradas"

  • En El coloquio de las perras, la poeta y editora recupera a autoras en español del siglo XX cuya memoria ha sido adulterada o perdida
  • El ensayo reúne a nombres que ya forman parte del canon, como Pizarnik o Mistral, con desconocidas para el gran público, como Pita Amor o Eunice Odio

Publicada el 22/10/2019 a las 06:00 Actualizada el 24/10/2019 a las 18:22
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La escritora y editora Luna Miguel.

La escritora y editora Luna Miguel.

Lalo Venenoso (Lumen)
Son Elena Garro, Gabriela Mistral, Alejandra Pizarnik, Aurora Bernárdez, nombres escritos, mal que bien, en la historia de la literatura. Pero también Pita Amor, Alcira Soust Scaffo, Agustina González, Marvel Moreno, Eunice Odio, María Emilia Cornejo, Victoria Santa Cruz. Conocidas o ignoradas, mitos, clichés o fantasmas, todas están convocadas a El coloquio de las perras, de Luna Miguel (Alcalá de Henares, Madrid, 1990). La poeta, novelista y editora —se encarga junto a Antonio J. Rodríguez del catálogo de Caballo de Troya hasta 2020— reúne en un ensayo divulgativo a un plantel de poetas en español, nacidas a principios del siglo XX, cuya memoria ha sido adulterada o borrada.

El volumen alterna artículos breves —pensados para que el lector acuda a la biblioteca o librería más cercana siguiendo el rastro de la autora hasta entonces desconocida— con cartas dirigidas a las creadoras y concisas semblanzas de las mismas. Es, en ese sentido, la reconstrucción de una genealogía perdida. Desde el título: El coloquio de las perras era, originalmente, un libro publicado por Rosario Ferré en 1991, un guiño a Cervantes en el que la escritora puertorriqueña ajustaba cuentas con la misoginia de las letras. Tres décadas después, la charla vuelve a convocarse. La denuncia es vergonzosamente parecida. 

Pregunta. ¿Por qué hacer una selección de autoras en español?

Respuesta. En un primer momento, había metido autoras de las que tenía ganas de hablar, como Maria Mercè Marçal o Clarice Lispector, pero pensé que también perdía el hilo. Igualmente, quería que fueran autoras ya muertas, para hacer ese ejercicio de recuperar la memoria, porque escritoras de la misma generación, como Poniatowska o Ida Vitale, están en un mejor momento. Quería centrarme en autoras que no iban a poder recibir ese reconocimiento. Y ceñirme al español era una manera de unir a través del idioma, pero también era necesario, porque, quitando las antologías que se han ido publicando, no conozco ningún texto que haya hecho eso.

P. A veces parece que la reivindicación feminista tiende a fijarse en autoras de la cultura anglófona. 

  R. Siempre cito la fecha de 2014, que es el año en que Joanna Walsh crea el movimiento El año de leer a mujeres, que luego derivó en el #ReadWomen. Pero entonces los artículos que se escribían al respecto venían de Estados Unidos y Reino Unido. Ahí empiezan a pasar cosas: de ahí sale la recuperación de Lucia Berlin o Lydia Davis. Muchas autoras que habían estado en una segunda fila, sin que nadie las hubiera reivindicado, comenzaban a ser reclamadas por las lectoras, más que por las editoriales.

Aquí sucedió algo parecido cuando Visor [se refiere a Jesús García Sánchez, editor de ese sello] dijo eso de que no había poetas españolas a la altura de los poetas españoles. Aquí es cuando nace Cien de cien, de Elena Medel, y aquí es cuando la gente se indigna en redes y comienza a subir libros de poetas en español y españolas que merecía la pena leer y que este hombre o desconoce o quiere ocultar por alguna razón. Eso tuvo que ver también con que, cuando Blanca [Cambronero, su editora] me propuso tratar de llenar ese vacío de mujeres a las que no leemos o de las que no hablamos o a las que ni siquiera editábamos, me pareciera una idea chula. Y poder abrirlo a América Latina, con ese doble estigma: el de mujeres y latinoamericanas, algunas de ellas descendientes de indígenas, algunas de ellas de países que no sabemos ni situar en el mapa…

P. ¿Cómo fue componiendo esta genealogía? ¿Quedaron nombres fuera?

R. Claro que quedaron muchos fuera. Para la lista original recuerdo que pensé un montón de nombres. Los que siempre han estado son Pizarnik, Elena Garro y Rosario Ferré, obviamente. Pero al principio iba un poco más a tientas: quise volcar en una lista cuántas escritoras conocía que nacieran a principios del siglo XX, y salió una lista muy larga pero muy descompensada, porque había muchas autoras españolas. Por eso me di cuenta de que me interesaba investigar sobre América Latina, y lo hice a partir de las escritoras que ya conocía: si tenía a Elena Garro, me ponía a mirar quiénes fueron las mujeres del boom. Que el primer artículo que me aparecía, por cierto, era quiénes fueron las esposas de los hombres del boom. Muy sintomático.

P. Unas iban llevando hacia otras, entonces.

R. Efectivamente. Y luego pregunté a gente, hice entrevistas… Para mí fue fundamental, por ejemplo, Eli, de La ladrona de libros, una librera argentina. Como las amigas mexicanas, que también me recomendaron, y luego se empezaron a reeditar cosas, como Enero, de Sara Gallardo [en la editorial Malas Tierras], una escritora que podría haber formado parte perfectamente de este libro, o María Luisa Bombal, que es chilena y dicen que La amortajada es uno de los primeros libros que se podría haber asociado al boom y debería haber formado parte de eso, otra amiga me recomendó a Alcira [Sout Scaffo], que se ha convertido en uno de mis capítulos favoritos del libro… Fue ir tirando de pequeños hilos. Yo quería que el libro fuera eso, una conversación en la que estás hablando con una amiga, que en este caso podría ser yo, que te recomienda libros. Soy consciente también de que es una selección que tiene mucho que ver con mis gustos personales.

P. Cuenta, por ejemplo, cuán difícil es acceder al texto completo de El coloquio de las perras de Rosario Ferré. Sabiendo que la cosa difiere bastante si hablamos de Pizarnik que de Ferré, ¿cuál es el estado de edición de estas autoras, cuán disponibles están para los lectores?

R. La mayoría de estas autoras apenas están publicadas, o si lo están es en editoriales muy pequeñas, que no han recibido la atención que merecían. Para mí, Rosarío Ferré llegando con Papeles de Pandora a España en 2018 [en la editorial La navaja suiza], uno de los textos feministas más bestias de la literatura latinoamericana, es un acontecimiento literario de los que se destacan con fajas.  Y sin embargo pasó un poco desapercibido. Y sigue faltando mucho: hace poco fueron los 80 años del nacimiento de Marvel Moreno, autora que está publicada por Alfaguara en todos los países de América Latina y aquí no. Si quien tiene el poder de visibilizar a estas autoras no lo utiliza, siempre va a faltar algo. Espero que a fuerza de que los periodistas pongan a Marvel Moreno en los artículos, salten las alertas y alguien en Penguin Random House se decida a publicarlo también aquí. Luego la obra de Alcira se puede leer gratis entera en Internet y, si no me equivoco, Pita Amor está en Torremozas, que es una editorial que no distribuye a saco pero que se encuentra. Eunice Odio también está en Torremozas y en Ediciones Sin Fin. Empieza a haber cosas, pero sabemos lo que es que un libro salga y no se le haga caso.

P. Confiesa, hablando justamente de Torremozas, la única editorial del país dedicada exclusivamente a mujeres poetas, que en algún momento pensaba que la literatura escrita por mujeres era cosa de "señoras aburridas". ¿Cómo cree que ha vencido la idea de que la escritura de esas poetas no nos concierne o resulta menos interesante?

R. Haciendo un ejercicio de reconocer que te has equivocado. Yo reconocí que me estaba equivocando cuando, en 2015, antes del centenario de Gloria Fuertes, miré la lista de próximas publicaciones y vi que en Blackie Books y en Reservoir publicaban antologías. Pensé: "Qué coñazo, ya están con los libros cuquis para adultos". Me enfadé y no sé por qué. Meses después leí la columna de Marías ["me resulta imposible suscribir que Gloria Fuertes fuese una grandísima poeta", decía] y pensé: "¡Mierda, he hecho un Marías!". Tenía un pequeño Marías en mi cabeza. Pero claro, es que he crecido leyendo El País, he crecido leyendo sus columnas, y teniendo de referencia  a todos estos autores que son ahora reacios a cualquier cambio. Cuando de repente veo esta columna y veo lo equivocado que está él, veo lo equivocada que estaba yo. Y eso no quiere decir que me apasione la obra completa de Gloria Fuertes, pero a menudo no diferenciamos el gusto personal y el valor de esa autora o ese libro. Gloria Fuertes, por las tertulias feministas que hacía, por cómo aparecía en público, por las declaraciones que hacía, por todo, es una de las figuras más importantes de la literatura española de los últimos años. Y además con todo ese machaque, del que me siento culpable porque me veo reflejada, aunque no llegara a verbalizarlo en público. Ahí empezó a cambiar mi pensamiento sobre todo esto. También leyendo lo que está haciendo Elena Medel con La Bella Varsovia y las jóvenes autoras, que es increíble. O, simplemente, prestar atención a catálogos a los que antes no miraba: en los últimos años, prefiero no comprar libros de Visor y comprar los de Torremozas. Nos dejamos llevar por unas dinámicas en las que ocultamos cosas que nos importan, y revisarse de vez en cuando no está mal.

P. Hablando de Gabriela Mistral, señala cómo se enseñan solo partes de su poesía y cómo se construye una cierta imagen de ella. ¿Cómo se ha producido esto en las escritoras que recoge el libro?

R. Creo que se repite en muchas la locura, la figura del marido o la pareja literaria, la infantilización o la adolescentización, que es lo que se hace con la obra de Pizarnik… Cuando estuve en Buenos Aires, me traje un montón de libros de Pizarnik en unas ediciones muy bonitas, y cuando subí la foto mucha gente me decía: "Ay, cuánto me gustó en mi adolescencia". Es curioso, porque es una escritora muy compleja, con una relación muy particular con el lenguaje. Lo que pasa es que todos pensamos en "la jaula se ha vuelto pájaro" cuando nos sentimos tristes, pero es mucho más que todo eso. Es, además, una de las traductoras del surrealismo francés, que permite leer su obra en otra clave y te da otras referencias. Pero nos pensamos que todas las autoras malditas son esa Emily Dickinson mirando por la ventana —que también Emily Dickinson era mucho más que una chica encerrada— y pensamos que nada les influyó ni influyeron a nadie. Que Pizarnik no es a lo mejor, no ya la última poeta maldita de Latinoamérica, como la han llamado, sino la última poeta surrealista. En lugar de eso, preferimos ponerle etiquetas como la niña, porque claro, murió muy joven, o la que escribía cosas rebeldes y se suicidó rebeldemente. Paternalismo.

Y cuando escribí las notas biográficas, al final, intenté dar detalles que no hubiera dicho, y entonces me di cuenta de las muertes de muchas, de la mayoría, que es muy significativa: muchas murieron solas, de algunas se encontraron sus cadáveres días después y de muchas ni siquiera se sabe dónde están enterradas. Cuando estuve en París este verano, de viaje, intenté buscar las casas donde las autoras que pasaron por allí habían vivido, y no hay nada. Aunque tampoco había ninguna placa en la casa donde Simone de Beauvoir escribió El segundo sexo, cuando luego hay placas de aquí vivió el conde de no sé qué. Sus memorias han quedado mucho más desvanecidas. Podemos ir a dejar flores en la tumba de Cortázar, de César Vallejo, de Borges, hemos construido relatos de heroicidad en torno a estos escritores, pero de ellas no sabemos ni dónde están sus cuerpos enterrados.

P. Señala, hablando de varias de estas escritoras, cómo se las ha considerado antes personajes —musas, parte de ciertos círculos—que escritoras. ¿Cómo se revierte eso a la hora de acercarnos a su escritura?

R. En la academia hay muchísima gente investigando la obra de estas autoras. Aquí aparece una entrevista, hablando de Eunice Odio, con Tania Pleitez. Ella en otros mensajes me decía eso, que ha habido un doble peso sobre las mujeres académicas: ha habido muchas investigando y escribiendo sobre estas mujeres olvidadas, pero como la academia es una institución machista, eso hacía que sus estudios no valieran nada. Lo que hace falta es una unión entre periodistas, académicas, editoras y lectoras. Eso está funcionando, porque se ve que está produciéndose el cambio. Y vamos a conseguirlo.

P. Pensando en escritoras que conocemos, como Pizarnik o Gloria Fuertes, ¿cómo volver a leerlas sin el peso de los mitos construidos en cierta manera por la cultura patriarcal?

R.
Esto es un ejercicio que ahora podemos hacer más libremente. Si somos lectores, tenemos capacidad de reflexionar sobre lo que leemos. Es un buen momento para releer muchas cosas. Releer no solo a Pizarnik para darnos cuenta de que la habíamos asociado a un cliché muy concreto, sino releer a ciertos escritores hombres y darnos cuenta de todo lo que había ahí dentro. Por eso me gusta El coloquio de las perras original, donde Rosario Ferré, incluso admirando profundamente a todos sus compañeros del boom, señala la misoginia que hay no ya en sus vidas, sino en sus personajes femeninos, cómo son prescindibles y cómo no valen nada. Ella se pregunta cómo va a ser eso la representación de la literatura latinoamericana, si las mujeres latinoamericanas aparecen así representadas. Es bueno releer y hacerlo con una nueva mirada. Sobre todo en los sectores de la crítica, la edición y el periodismo, porque es importante no escribir con los prejuicios que traíamos de casa.

P. Evita dedicarle espacio a “la cuestión del marido”. Pero  ¿cuánto cree que tiene que ver esa figura, en algunos casos del marido, en otros casos de compañeros de generación o de editores, en el hecho de que no se las conozca más?

R. En el caso de Garro, creo que es clarísimo, porque hay cartas de Octavio Paz donde pide directamente que no se le haga caso, que está loca, y luego está la entrevista que hace Patricia Rosas a Helena Paz, la hija, en la que ella cuenta: "No, es que mi padre no la dejaba escribir". Había un acto de mala fe. El caso de Aurora Bernárdez [primera esposa de Julio Cortázar], para mí es muy distinto, porque ella misma dijo que siempre quiso estar en la sombra. Lo que me parecía bonito es que, dese la sombra, ella tuvo la libertad para escribir cosas maravillosas, y desde la sombra pudo aconsejar a amigos y compañeros, y desde la sombra tradujo grandes obras. Es una persona que, desde la sombra, ha estado presente en los grandes momentos de la literatura del siglo XX. Por eso hay que saludarla y reconocerla en esa sombra.
 
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