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Los libros

‘Manual para mujeres de la limpieza’, de Lucia Berlin

  • Hasta su reciente recuperación, Berlin había sido una "escritora para escritores", alejada siempre del gran público
  • Su vida fue el sustrato primordial de su obra, mucho antes de la moda de la autoficción que encumbra a James Rhodes o Karl Ove Knausgård

Publicada el 13/05/2016 a las 06:00 Actualizada el 12/05/2016 a las 21:58
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'Manual para mujeres de la limpieza', de Lucia Berlin

'Manual para mujeres de la limpieza', de Lucia Berlin

Manual para mujeres de la limpieza
Lucia Berlin

Alfaguara
Madrid

2016

Manual para mujeres de la limpieza
Se llaman Dolores, Eloise o incluso Lu (eso las que tienen un nombre, muchas de ellas están sin bautizar). Todas comparten rasgos: tienen hijos (dos, cuatro); arrastran matrimonios fracasados; encadenan trabajos como enfermera, limpiadora, profesora; combaten el alcoholismo, el dolor de espalda y los recuerdos de una infancia más que oscura; están obsesionadas con las lavanderías, los ritos católicos y el español. Tienen el mismo humor cáustico y la misma ternura. Son personajes de Lucia Berlin (1936-2004), pero todas son también Lucia Berlin. 


A estas alturas de la historia, tan probable es que el lector ignore completamente esa combinación tan sonora de nombre y apellido como que esté harto ya de oírla. Hace un par de años hubiera sido imposible lo segundo. Berlin, que publicó seis libros de cuentos —recogidos en tres volúmenes editados en Estados Unidos entre 1990 y 1999— sufrió el ostracismo sistemático del mundillo literario durante toda su vida, pero ahora ha sido milagrosamente resucitada y alabada por esa misma industria. En 2015, el sello Farrar, Straus & Giroux publicó una compilación de 43 de sus relatos bajo el título de Manual para mujeres de la limpieza (editado en España por Alfaguara). No tardó en tener éxito: The New York Times la incluyó en su lista de los mejores libros de ese año y hasta el momento ha sido editada en otros 18 países. 

Quienes saben —la escritora Lydia Davis o su amigo, admirador y editor Stephen Emerson, pero también críticos a lo largo y ancho de los medios anglófonos—  señalan el "nervio" de su escritura, su capacidad "natural" para la narración, la sorpresa que producen sus comparaciones y su lírica, la "vitalidad" y el "zarpazo" de su prosa. La comparan sin empacho con Raymond Carver y con Chéjov —con quien ella misma se comparaba y a quien menciona en el revelador relato "Punto de vista"—. Y, sin embargo, hasta ahora había sido una "escritora para escritores", alejada siempre del gran público. Para quien tome hoy entre sus manos Manual para mujeres de la limpieza, el placer de la lectura igualará a la indignación. ¿Cómo es posible que Berlin muriera sin tener el reconocimiento que merecía?

Quizás el pulso de su obra y la falta de éxito comercial de sus libros hasta ahora tengan el mismo motivo, como recogía la crítica Ruth Franklin en su reseña para The New York Times. Si su escritura es libre, afilada, sorprendente, es porque Berlin vivió siempre en los márgenes, lejos de las páginas de los suplementos culturales y de las casas de edición. Lejos, también, de la preocupación por la crítica. Lejos del juicio. Berlin estaba viviendo: casándose tres veces y divorciándose otras tres, criando cuatro hijos, saliendo y entrando de rehabilitación, haciendo coladas y compras, charlando con mujeres chilenas, mexicanas y neoyorquinas, trabajando hasta la extenuación en trabajos nada intelectuales. Berlin sabía lo que era la vida, la vida de la mayoría. 

Fue la vida el sustrato primordial de su obra, mucho antes de la moda de la autoficción que encumbra a James RhodesKarl Ove Knausgård. Habla uno de sus hijos: "Las historias y los recuerdos de nuestra familia se han ido modelando, adornando poco a poco, hasta el punto de que no siempre sé con certeza qué ocurrió en realidad. Lucia decía que eso no importaba: la historia es lo que cuenta". Como la vida que recoge y refleja, los relatos de Berlin no tienen una temática ni una trama clara; pero, también como la vida, su significado llega de una forma intuitiva, mediante revelaciones en forma de frases cortas y ambiguas, a través de una atmósfera. Ahora bien, recuerda Davis, algunas de sus historias eran completamente inventadas y "uno no podía pensar que la conocía solo por haber leído sus relatos". La realidad era para Berlin un material más de su escritura, un estado con el que negociar. 

En su cuento "Punto de vista" juega con la primera y tercera persona, con el personaje Henrietta y el de la narradora, que podría ser o no Lucia Berlin. Comienza: "Imaginemos 'Tristeza', el cuento de Chéjov, en primera persona. Un anciano explicándonos que su hijo acaba de morir. Nos sentiríamos turbados, incómodos, incluso aburridos (...). La voz imparcial de Chéjov, sin emabrgo, imbuye a ese hombre de dignidad". "Dignidad" no es una palabra menor en su escritura, por la que pasan alcohólicos, madres adolescentes, niñas abusadas, mujeres negras, mujeres trabajadoras, mujeres pobres. Como Henrietta: "Caramba, pensarán, si el narrador cree que hay algo en esta patética criatura sobre lo que merezca la pena escribir, será que lo hay". "En realidad no pasa nada", continúa poco después, "La historia, de hecho, ni siquiera está escrita todavía. Sin embargo, aspiro a que, a fuerza de minuciosidad en el detalle, esta mujer les resulte tan creíble que no puedan evitar compadecerla".

Como "la historia es lo que cuenta", el lector indignado por el retraso histórico con la escritora puede calmarse con un par de pensamientos tranquilizadores. Primero, un hecho: tiene el libro en sus manos. Segundo, las palabras de Emerson: "Incluso si tenía dudas o ansiedad sobre sus relatos, especialmente justo después de su composición o publicación, sí pienso que ella sabía lo buena que era. Al menos parte del tiempo". Tercero, las palabras de Davis: "Siempre he tenido fe en que los mejores escritores tarde o temprano suben, como la nata montada, y acaban por cosechar el reconocimiento que se les debe". Que haya pasado en esta ocasión, intuyendo la cantidad de autores de primer orden que se mueren de olvido en las estanterías, es casi un milagro. Y debe ser celebrado como tal. 

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