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Libros que nos salvan la vida: homenaje a Juan Eduardo Zúñiga

Publicada el 25/02/2020 a las 12:06 Actualizada el 25/02/2020 a las 12:14
El escritor Juan Eduardo Zúñiga, Premio Nacional de las Letras fallecido el 24 de febrero en Madrid, en una imagen de archivo de 2010.

El escritor Juan Eduardo Zúñiga, Premio Nacional de las Letras fallecido el lunes, en una imagen de archivo de 2010.

EFE

Este texto sirvió para homenajear en Madrid, el 4 de junio de 2009, al escritor Juan Eduardo Zúñiga, Premio Nacional de las Letras y autor de títulos como La trilogía de la guerra civil. Ahora, infoLibre lo recupera para recordar al novelista, fallecido el lunes en Madrid a los 101 años. 

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Para Juan Eduardo Zúñiga

Empiezo con una exclamación. Desde el convencimiento de que lo que digo admite escasa controversia. O la que ustedes quieran. Al cabo, me dará igual, la controversia o todo lo contrario. Aquí va. Encontré los relatos de Juan Eduardo Zúñiga hace muchos años, por azar, como suele suceder todo gran descubrimiento. Una librería antigua. Estantes atiborrados de encuadernaciones dispares. Había de todo. Hasta en piel de cocodrilo cuando todavía no existían las pieles imitación de cocodrilo para enmarcar códigos vaticanistas o sombras que envolvían el viento más pretencioso de lo inútil. Allí, pues, un libro diminuto. Tapas frágiles. El nombre en tinta negra del autor. En rojo un tanto desvaído, el título: Largo noviembre de Madrid.

Lo descuarticé a la primera lectura. Las siguientes sucedieron ya sobre un manojo inconexo de hojas que eran como naipes barajados por un tahúr en periodo de prácticas. Desde aquel día, desde los días sucesivos transcurridos sobre el tapete de las repetidas partidas que con aquellas cartas jugaba en solitario, dejaba caer, entre el humo de los garitos poblados por habitantes de lo oscuro, una exclamación: ¿por qué y desde qué solventes razones nos atrevemos a escribir sobre eso que se ha venido a llamar —con todo lujo de oportunismos y torpezas— "memoria histórica"? De esa quema no se salva nadie. Ni yo ni nadie. Por no hablar de algún estudioso que con toda desfachatez se atrevió a asegurar en un diario importante que esa cosa extraña de escribir los tiros de la guerra civil y las búsquedas de las razones que justificaron el horror empezaba literariamente en el año 2001, con la aparición de una novela que habría de convertirse en un best seller, eso sí, sin las tapas curtidas en piel de cocodrilo.

Sólo un tipo que busca y se busca a sí mismo en los subrayados del recuerdo se salva de la quema: Juan Marsé. Algunos otros nombres le hacen compañía, no muchos, sólo algunos. Pero regreso al librito aquel de una más que constatada fragilidad. Era el número 947 de la colección Libro Amigo de la Editorial Bruguera. La fecha de publicación: octubre de 1982. Han pasado 27 años desde entonces y muchos otros libros. Y ese manojo de hojas arrancadas de sus goznes sigue donde siempre, mezcladas unas hojas con otras, amontonados los subrayados, los espacios en blanco de sus márgenes ocupados por exclamaciones y frases mías que justifican sin paliativos aquella admiración exuberante. He recurrido a ellas para preparar estos papeles de Madrid. A aquellas viejas huellas dactilares del pasado. Sabiendo, eso sí y como dijo aquel irónico, trágico también, del descreimiento, que fue Julio Ramón Ribeyro: "De nada somos dueños, ni siquiera de nuestro pasado".

Digo pues que ordené en lo que pude el montón de naipes que hablaba de aquel noviembre y en Madrid. Año 1936. Ya lo hice años atrás, cuando preparaba un texto para un congreso londinense sobre el exilio. Y empezaba aquel texto con el primer párrafo de Noviembre, la madre, 1936, el primer relato del libro que Juan Eduardo Zúñiga publicó aquel octubre de 1982. "Pasarán unos años y olvidaremos todo; se borrarán los embudos de las explosiones, se pavimentarán las calles levantadas, se alzarán casas que fueron destruidas. Cuanto vivimos, parecerá un sueño y nos extrañará los pocos recuerdos que guardamos; acaso las fatigas del hambre, el sordo tambor de los bombardeos, los parapetos de adoquines cerrando las calles solitarias…". Acababa así, el párrafo primero, en unos puntos suspensivos que habrían de convertirse en marca de la casa en ése y en tantos otros relatos del autor.

Ahora llega este Madrid de 2009. En junio. Hablar de Juan Eduardo Zúñiga. Desbrozar los recuerdos que vienen de lecturas anteriores. Buscar en la memoria la lealtad a aquel convencimiento antiguo: nadie como él para contarnos el horror. No el del estruendo de las bombas sino el del silencio anclado en los pasillos abandonados de la casa familiar. No el de las calles bulliciosas entre la humareda que escapaba de los refugios con las esquirlas del miedo, sino el itinerario calle a calle seguido con la madre de la mano como si la madre y la ciudad asediada en los primeros días de la guerra fueran la metáfora de una misma cosa, de una cierta y simétrica seguridad, de una idéntica esperanza. La madre y el hijo, ambos sin nombre, a la búsqueda no tanto de un refugio sino —como decía Walter Benjamin de sus pasajes en París— de un extravío. Esa narración en tercera persona, impersonal, clavada en las tripas bien adentro de los personajes, trasmutada en primera del plural —al revés precisamente que en aquella otra que protagonizaban muchos años atrás y en otro enfrentamiento entre dioses oceánicos un capitán con pata de palo y un bicho blanco de dimensiones incalculables— cuando llega al último párrafo y asegura: "Así éramos entonces. Han pasado muchos años y a veces me pregunto si es cierto que todo se olvida".

Ahora, en Madrid, con aquel mazo descuartizado de Largo noviembre de Madrid en la memoria. Tantos años después, no sé si más tarde, después sí de aquel primer encuentro con el Zúñiga de entonces, de aquella página primera dedicada a Felicia, como todos los cuentos que seguían en las páginas siguientes hasta llegar a la 221, la última del libro. Ahora, en Madrid. Hablar de Juan Eduardo Zúñiga. Decir de nuevo que nadie como él ha escrito nada parecido sobre el horror de la guerra aquella de 1936 que pareció acabar en 1939 pero que en realidad todavía continúa. Creo que las guerras no se acaban nunca. Pero estoy convencido de que aquella que empezó con el golpe de Estado fascista en julio de 1936 está durando más que ninguna otra del planeta. Y para escribir esto que digo, lo que leo ahora sobre el escritor que admiro como a pocos, me fui al extremo opuesto de la misma guerra. Entonces, en aquel libro de 1982, empezaba. En éste, en el del otro extremo, la guerra se acaba mientras Casado se entrega a los facciosos y con él la nobleza de una resistencia tan algunas veces torpe como siempre sobrehumana. Y una sorpresa hermosa. El mismo comienzo del relato, más breve, pero el mismo comienzo que en aquel viejo Noviembre, la madre, 1936. El mismo principio para iniciar el itinerario por los caminos miedosos del terror: "Pasarán años y olvidaremos todo, y lo que hemos vivido nos parecerá un sueño, y será un tiempo del que no convendrá acordarse". El mismo párrafo. Menos frases. La misma contundencia. Veintiún años después: febrero de 2003. En la portada de la editorial Alfaguara, la imagen de dos milicianos retratados por Robert Capa. El nombre del autor y el título del libro en letras blancas sobre banda negra. Juan Eduardo Zúñiga. Capital de la gloria. Han pasado muchos años. Todos esos que digo. Más de veinte. Y estamos ante el mismo relato. Esta vez con nombres. El principal: Miguel. Lo principal: la búsqueda del extravío —otra vez Walter Benjamin—. La andadura precipitada por una ciudad de supervivientes: "Murió quien pudo, / quien no pudo morir continuó andando", escribe Ángel González. Pero no sólo por las calles de un Madrid revolucionario ya derrotado sino por los laberintos de una oscuridad que habrá de encontrar la luz en una nueva identidad. Ya no será Miguel sino Eloy, una identidad nueva para los nuevos tiempos. Como aquel perro al que su dueño llamaba en mi pueblo Durruti y hubo que ponerle Valiente al acabar la guerra. Ser otro en la victoria de los otros. Indagar en los resortes del recuerdo para abocarnos al charco inmundo del olvido. Y en el fondo de aquel itinerario, otra indagación, una fotografía. ¿Qué ha sido de una fotógrafa llamada Gerda Taro? Porque ahí el título del relato dentro del libro que habla de una ciudad y de la gloria: Ruinas, el trayecto: Guerda Taro. Dos relatos iguales. Dos comienzos idénticos. La misma búsqueda que se inicia en ningún sitio y acabará sin remedio en ninguna parte. La ciudad pisoteada por las botas fascistas. La casa de la herencia familiar derrumbada como se derrumbó bajo las ruedas de un tanque el cuerpo rubio y alemán de Gerda Taro, como un amor imposible de los tantos amores que sucumbieron en aquella infamia inacabable que fue, que todavía es, la guerra que iniciaron los fascistas en julio de 1936 sin saber que lo que empezaba entonces no era un simple y criminal golpe de Estado sino una guerra y una dictadura que no admiten parangón en la historia del horror contemporáneo, al menos desde esa crueldad que concede sin discusión alguna su duración inacabable.

Ahora, en Madrid. Hablar de Juan Eduardo Zúñiga. Una exclamación. Nadie como él ha contado la obscena peripecia de un tiempo devastado. Los demás, casi todos los demás, simplemente nos limitamos a escribir lo que en ese mazo de naipes despegados de sus goznes hemos leído antes en sus libros irrepetibles. Hablo por mí. En los de Juan Eduardo Zúñiga y Juan Marsé aprendí lo poco que seguramente sé. Porque lo mucho, que se sepa y que lo sepan esos insensatos atrevidos que hablan de la escritura de la memoria como si fuera cosa de hace siete u ocho años, lo mucho, digo, queda para escritores como esos dos tipos que les acabo de nombrar. Tal vez para unos cuantos más. Pero no muchos más. Gracias, Juan Eduardo Zúñiga, por el tiempo común, por los encuentros felices con la escritura de la dignidad, por esos libros que vengan de donde vengan y empiecen como empiecen siempre acabarán salvándonos la vida.

Madrid 4 de junio de 2009

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