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'Gloria Anzaldúa: poscolonialidad y feminismo'

Martha Palacio
Publicada el 01/03/2020 a las 06:00

infoLibre publica un extracto de Gloria Anzaldúa: poscolonialidad y feminismo, de Martha Palacio, un ensayo sobre la obra de la escritora chicana que la editorial Gedisa lleva a librerías el 1 de marzo. Palacio, investigadora en Filosofía Moral y Política, recorre la biografía y el pensamiento de Anzaldúa, pensadora feminista que reflexionó sobre la naturaleza de la frontera entre México y Estados Unidos, y sobre el carácter igualmente fronterizo de su condición de lesbiana y de chicana mestiza. Anzaldúa es uno de los nombres esenciales de los estudios que unen género, clase y raza, y ha sido recuperada en España como Borderlands / La frontera (Capitán Swing).

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La frontera: el espacio de la herida

 

La frontera entre Estados Unidos y México

es una herida abierta donde el primer mundo se raspa contra el primero y sangra.

Y antes de formarse una costra

vuelve la hemorragia, la sangre vida de dos mundos que se fusionan para formar un tercer país,

una cultura fronteriza

(Anzaldúa, 2015: 61)

La frontera es una morada, una morada conflictiva y no sólo una defensa entre Nos/otras. La frontera es una membrana porosa a través de la que se cuelan mercancías, personas, significados. Pertrechada por las fuerzas de seguridad de los Estados recrean el sentido de la soberanía estatal, su necesaria defensa ante quienes no pertenecen a ese espacio territorial. La porosidad y la defensa conforman un territorio vigilado que se confronta con la creación de asentamientos y poblados que la intersectan. La frontera en su sentido defensivo y transitorio es un paisaje habitable, la morada de quienes la defienden y la morada de quienes ya vivían allí cuando no se había establecido ningún Estado.

Gloria Anzaldúa en su libro Borderlands/La Frontera. La conciencia de la nueva mestiza (1987), nos sitúa en esta morada conflictiva. En el espacio entre el Primer Mundo y el Tercer Mundo. El proceso de producción de dos formas de habitar el espacio que se excluyen mutuamente en su anhelo de forjar una identidad. La frontera comienza aquí como efecto de un territorio en disputa que ha devenido un conflicto social permanente: separar poblaciones, desconocer la pertenencia social de sus habitantes, instalar la desigualdad por motivos de raza, encarnar el conflicto en la piel y asentarlo en la división social del trabajo. La frontera reproduce las formas de desigualdad entre esos dos mundos. Nuestra autora las historia, revela su contingencia en un acto de oposición a lo dado, en un movimiento de rebeldía dispuesto a comprender de qué modo la situación geopolítica marca los límites y condiciones para articular una voz.

Se trata de señalar el modo en que esa contingencia da cuenta de la complejidad de la organización social y reproduce formas específicas de opresión para mantener el orden. El cruce entre la contingencia y la conformación social de la opresión son el modo de representarnos la escala desde la que se produce la frontera y la escala desde la que sus moradores la recrean.

En este sentido, la frontera no constituye la historia de un pueblo, sino la de las condiciones para su emergencia. Antes de que éste emerja, la representa- ción del mapa establece la soberanía estatal de dos narrativas contrapuestas que tiene el efecto de omitir de la escala nacional a los habitantes de sus márgenes compartidos. Si hacemos el esfuerzo de pensar en ellos, la escala del Estado-nación resulta comprometida. Nuestra visión es la de personas que deambulan en el espacio, que se trasladan sin asentarse, una suerte de figuras sin raíces.

Ésta es la primera imagen que hay que desterrar. El mapa puede volver a dibujarse; ampliar la escala supondría asumir que cuando la narración histórica convierte un territorio en un espacio homogéneo éste ha sido el resultado de las diferencias que lo han tensado y configurado, pertenencias múltiples que se elevan por sobre el conflicto de lealtades y, por ello, demandan el reconocimiento de su particularidad.

Para trazar un mapa que haga justicia a la realidad territorial de la frontera, primero hemos de reducir la escala con el fin de asimilar que el territorio en conflicto, por el simple hecho de ser compartido, alberga más historias que las de los relatos nacionales oficiales. Estos relatos se nutren de lo que cada uno niega del otro y entre la negación mutua se otea el espacio en que se configura el rumor de la narrativa que ha sido elidida y que se establece a contrapelo de las otras: la narrativa de la población expulsada. De ahí que la expulsión situada en la frontera marque el terreno de otro modo de habitar, de una morada que configura, crea y reproduce mo- dos de acción y comprensión. Cuerpos que se despliegan a su través haciendo historia.

Desde aquí, ¿cómo penetrar en esta herida del terreno que corta el continente americano entre lo latino y lo anglo? ¿Cómo aproximarse a una historia que está por ser oída? ¿Cómo contarla y qué herramientas se precisan para ello?

Tenemos algo, un rumor que corre entre nosotros pero que no se escucha. Hagamos que se oiga, hagamos de este relato un modo de conocernos y que nos conozcan. Habrá que empezar por comprender que lo que sabemos de nosotros es que ocupamos una posición en el espacio, que nuestro pasado está revuelto y se nos ha impuesto una historia sobre lo que podemos llegar a ser. Si la historia aún no nos pertenece, entonces ¿cuál es la nuestra?, ¿cuál es esa historia que puede situarnos en un espacio diferente que, aun siendo la negación del Estado, la negación del sujeto moderno, deje de reproducir la lógica de la expulsión que define a la cara oculta del bienestar?

Se partirá del margen, de la exclusión y la negación que define a la frontera. Estamos aquí, situados en el borde. Lo que sabemos es lo que acontece en este margen. Lo que pensamos, lo pensamos desde el margen. La marginalidad de nuestra posición es la misma que configura nuestro privilegio de contar cómo ha sido creada (hooks, 2004: 33-50). Desde aquí hablamos: nuestras palabras se producen en este lado. Nuestro discurso es también el de la producción de la frontera y se sitúa en ella. No tenemos un punto de vista universal, tenemos un habla configurada por la sociedad que nos excluye. Ésta es nuestra situación existencial, nuestra posición social y política, aquí se despliega nuestra responsabilidad con esta historia.

Hablamos desde lo que somos y por lo que somos, el lugar desde el que se profiere el discurso no es una abstracción y menos aún un juego de traslación del sentido como si se tratara de una metáfora sin valor de verdad. El habla articula la relación con el espacio que habito, mi lengua es también la historia de este espacio.

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