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Cultura

15 recomendaciones culturales para encarar el 2021 con (cierta) esperanza

  • Miramos al futuro, el espacio de lo posible, y al pasado, aquello de lo que aprender, para buscar libros, películas, series y discos que ofrezcan ánimo para el año nuevo
  • De Ursula K Le Guin a Nina Simone, de la Revolución Francesa hasta las huelgas mineras: ¿por qué no tomar fuerzas de quienes ya la demostraron?  

Publicada el 01/01/2021 a las 06:00
Fotograma de la película Arrival, de Denis Villeneuve.

Fotograma de la película Arrival, de Denis Villeneuve.

En 2020 ha habido pocas certezas. Muy pocas. Pero una idea ha permanecido firmemente plantada desde marzo: este año pasaría a la historia. Estará en la misma lista que aquel 1520 en el que la viruela de los colonos arrasó América, de aquel 1816 al que bautizaron como “el año sin verano”. No sabemos si 2021 se sumará a la estela de su predecesor o si formará parte de la nómina de años luminosos. Mientras esperamos el veredicto, proponemos unos cuantos libros, discos, películas y series para afrontar el 2021 con ánimo. Con todo el ánimo que podamos reunir.

Un viaje al futuro

Insistimos en que 2021 será mejor que 2020, pero ¿quién es capaz de imaginar un futuro mejor? Las promesas de primavera, los “de esta saldremos mejores” parecen quedar lejos. Y, en el mejor de los casos, pensamos que la vacuna nos devolverá a lo de siempre. No es algo nuevo, sino un paso más en nuestra relación conflictiva con el futuro. Lo advierte la periodista y editora Layla Martínez en su ensayo Utopía no es una isla: “A diferencia de lo que sucedía en la modernidad, ya no creemos que el futuro esté ligado al progreso y vaya a ser necesariamente mejor. Se ha convertido en algo que nos produce miedo y ansiedad, así que creamos productos culturales que tratan de alertar sobre los riesgos de ir a peor, sobre los peligros que nos esperan a la vuelta de la esquina”. Y, advierte, eso tiene consecuencias: “Imaginar futuros peores nos ha quitado la capacidad de pensar en un porvenir mejor”.

Por eso no es mala idea entrenar la imaginación mirando al futuro, una tarea en el origen de todo un género literario: la ciencia ficción. Ursula K. Le Guin, escritora estadounidense fallecida en 2018, es una de las excepciones en la aversión contemporánea por mirar al futuro con cierto optimismo. La editorial Minotauro (grupo Planeta) acaba de reeditar una de sus novelas más conocidas, Los desposeídos, que no estaba disponible desde 2018. En ella, Le Guin dibuja la tierra de Anarres, luna del planeta Urras en la que funciona un sistema de gobierno libertario. Sus habitantes se consideran verdaderamente libres e iguales, ajenos al codicioso sistema capitalista de Urras. Pero la utopía no está exenta de conflicto: el protagonista, Shevek, se pregunta si las fronteras que les protegen no son también una cárcel, y se pregunta si es posible la libertad cuando solo la disfruta una parte de la humanidad.

Kim Stanley Robinson es otro de los autores que los entendidos mencionan cuando se habla de imaginar un futuro mejor. La misma editorial Minotauro está reeditando su Trilogía de Marte, formada por los libros Marte rojo, Marte verde y Marte azul, donde el escritor imagina una conquista y terraformación del planeta no como una batalla contra temibles marcianos, sino como la posibilidad de una nueva sociedad, más igualitaria políticamente y más rica, mientras la Tierra se consume en plena crisis climática. El propio autor ha criticado alguna de las ideas base de estos libros publicados entre 1992 y 1996, particularmente la idea de que la utopía es algo literalmente marciano, un horizonte que solo se puede perseguir en un lejano planeta: “Lo terrible es pensar que no pasa nada si acabamos con la Tierra porque siempre tenemos Marte”, decía el autor en una entrevista para El Periódico. De hecho, algunas de sus obras más recientes siguen mirando al futuro, pero en el planeta que habitamos, como la trilogía Ciencia en la capital, Nueva York 2140 o su último libro, The Ministry of Future (El Ministerio del Futuro), aún no traducido al español, un organismo creado para proteger los intereses de los ciudadanos del mañana como si tuvieran los mismos derechos que los del presente.

En la colección de relatos Exhalación (Sexto Piso), sin embargo, Ted Chiang no parece tan interesado en las posibilidades de construir un futuro mejor como en usar la idea de futuro para cuestionar aquello que se da por sentado en el presente. La soledad, la paternidad, nuestra concepción del tiempo, la memoria la relación con las mascotas son algunos de los intereses de Chiang, autor también del relato La historia de tu vida, que serviría de base para la película Arrival, de Denis Villeneuve. Y como no todo va a ser utópico, en marzo de 2021 la editorial Capitán Swing publicará La parábola del sembrador, de Octavia E. Butler, el relato de una California asolada por el calor y la escasez de agua. En una comunidad cerrada, habitada por personas que solo piensan en protegerse del caos, la adolescente Lauren Olamina empieza a desarrollar una hipersensibilidad que le hace sentir una empatía extrema por las vicisitudes de otros seres humanos. En medio del horror, en un mundo que solo piensa en sobrevivir un día más, nace la esperanza.

Aprender del pasado

La certeza de vivir un momento histórico provoca también algún efecto secundario. Por ejemplo, la alienación del pasado, la creencia de que, ante una situación excepcional no hay nada que pueda aprenderse de lo ya vivido, más allá de paralelismos sanitarios como el que se ha establecido durante meses con la llamada gripe española. Sin embargo, la historia lleva consigo una enseñanza sencilla: en los momentos de mayor oscuridad algunos lucharon para encontrar la luz. Porque la crisis del covid-19 no es solo una cuestión sanitaria: en 2020, muchos se han preguntado por las condiciones de esos trabajos que ahora hemos visto como esenciales, muchos se han cuestionado el papel del Estado mientras entraban en un ERTE y muchos se han preguntado cómo iban a llegar a fin de mes después de que su empresa les despidiera por dar positivo.

Algunos de los libros de Éric Vuillard tienen, en ese sentido, una gran fuerza. En 14 de julio, el autor francés narraba la toma de la Bastilla desafiando las crónicas oficiales, escritas a menudo por notables que no participaron en la rebelión y que incluso trataron de sofocarla, y abrazando el relato popular. Aquí los proatgonistas son los trabajadores, la masa de hombres y mujeres que de la desesperación y la miseria, con una acción de consecuencias imprevisibles, hicieron nacer un mundo nuevo.

Con otro sentido de la épica, el cine se ha interesado enormemente por algunas de las sublevaciones que hoy vemos como sucesos históricos, anquilosados, pero que fueron puestos en marcha por personas de carne y hueso quizás más interesadas en la mejora de su día a día que en la entrada en el panteón de la historia. En 1862, cuando Victor Hugo publica Los miserables, todavía estaban vivos los (escasos) superviviente del levantamiento republicano de 1832 que enciende la ciudad de París. El musical del mismo nombre, con música de Claude-Michel Schönberg y libreto original en francés de Alain Boblil, creará un himno para el rugido del pueblo que trasciende el año 1832 y se podría decir que incluso la novela y el propio musical. “À la volonté du peuple/ Do you hear the people sing?”, uno de los temas más conocidos de la obra, reproducía en 1980 un espíritu revolucionario que parecía olvidado. La versión francesa de la canción dice: “Queremos encender la luz / pese a la máscara de la noche, / para iluminar la tierra / y cambiar nuestra vida”.

Alianzas imprevistas

Pero no hay que irse tan lejos. Hay luchas impensables para el siglo XIX que comenzaron a ganarse en el XX. Pride, película británica escrita por Stephen Beresford y dirigida por Matthew Warchus es una feel good movie particular. Estrenada en 2014, cuenta la alianza inesperada entre un grupo de activistas LGTB y un grupo de sindicalistas mineros, colectivos que para muchos, incluso dentro de la izquierda, siguen siendo no solo excluyentes entre sí sino antagónicos. En 1984, en medio de las protestas contra las políticas de Margaret Thatcher, la huelga minera fue declarada ilegal y, tras algunos encontronazos en la justicia, el Gobierno secuestró las cuentas del sindicato National Union of Mineworkers. En ese contexto nació la asociación Lesbian and Gays Support de Miners (Las Lesbianas y los Gais Apoyan a los Mineros), que se propone recaudar fondos para la caja de resistencia. La película retrata el viaje del LGSM, mayoritariamente integrado por urbanitas, a los pueblos mineros a los que apoyaban pero que desconocían. En 1985, la National Union of Mineworkers marchó a la cabeza de la manifestación del Orgullo LGTB. Pero la alianza fue vital también en los años siguientes: resultó clave para que el Partido Laborista asumiera la lucha por los derechos LGTB, y también en la batalla contra la sección 28, iniciativa conservadora que buscaba eliminar la “propaganda homosexual” en los colegios públicos. Una historia de encuentro, unión y victoria (siempre parcial) de la que acordarse en los días oscuros.

La creación de una comunidad y la importancia de la familia elegida son el elemento central de Pose, serie de Ryan Murphy estrenada en 2018 que ha estrenado hasta ahora dos temporadas (disponibles en Netflix en España). La producción sigue a un grupo de hombres y mujeres LGTB, en su enorme mayoría afroamericanos y latinos, parte de la cultura ballroom neoyorquina. Expulsados de sus casas por sus familias homófobas y tránsfobas, los jovencísimos personajes se organizan en lo que llaman casas, que toman el nombre de sus madres, frecuentemente mujeres trans. Las casas compiten en actuaciones mitad desfile, mitad performance y mitad baile en las que se premia su inventiva y pericia en distintas categorías, desde la danza al diseño de moda. Todo esto recrea el movimiento muy real de los ballroom, que se extiende hasta el día de hoy, pero no es el único suceso verídico que recoge la serie: estamos a finales de los ochenta y el grupo de protagonistas está asediado por el VIH, que se extiende entre los más vulnerables sin que la administración parezca dispuesta a llevar a poner en marcha políticas de salud públicas efectivas. No está de más recordar que la del coronavirus no es la única pandemia de las últimas décadas, y que a la anterior no se respondió con la misma efectividad ni sus víctimas fueron tratadas con la misma empatía.

La película Pan y rosas, de Ken Loach, resuena particularmente en este 2020 de pesadilla. Maya y Rosa son dos hermanas migrantes que trabajan como limpiadoras en Los Ángeles, en unas condiciones pésimas que apenas les permiten sostener a la familia. Cuando el representante del sindicato se acerca a ellas, desconfían: por qué lo que diga ese tipo blanco tan raro iba a serles de utilidad. Pero los hechos son los hechos: los salarios se han reducido casi a la mitad en 15 años, no tienen seguro de salud, los jefes presionan a sus empleados chantajeándoles con denunciarles ante Inmigración. La pregunta que mueve el filme y también la organización de cualquier huelga dura no tiene una respuesta fácil: ¿merece la pena arriesgar lo poco que se tiene por la promesa remota de una vida más digna? En 2001, el crítico Roger Ebert se preguntaba si los espectadores que acudían al cine a ver Pan y rosas sabían cuánto se pagaba a las limpiadoras —nadie se quejará aquí del femenino inclusivo— del edificio en el que trabajan. Quizás una de las preguntas clave de 2020 vaya por ahí: ¿sabemos cuánto cobran los trabajadores que han mantenido abiertos los supermercados, los barrenderos, los auxiliares de enfermería, los profesores de infantil a los que ya nadie aplaude?

Himnos brillantes

“Lo que me mantuvo cuerda fue saber que las cosas iban a cambiar, y que era cuestión de mantener el tipo hasta que lo hicieran”. Esta es una de las citas más famosas de Nina Simone, que cuando hablaba de que las cosas cambiaran no se refería a un todavía misterioso virus, sino a algo que ha demostrado ser en muchos casos más insidioso, más longevo y más mortal. El racismo. La desigualdad, el miedo, la pobreza, la injusticia. Y la rabia esperanzada de Simone, una genia de la música, resulta arrebatadoramente contagiosa. Basta con escucharla en el disco Nina Simone in Concert, grabado en directo en 1964, el primer trabajo de la artista publicado bajo la discográfica Phillips, que por ser holandesa le ofrecía la libertad de abordar asuntos que para una casa estadounidense hubieran resultado tabú. En este trabajo, aborda la lucha por los derechos civiles oscilando entre la franqueza y la alusión, con himnos como “Old Jim Crow”, contra las leyes racistas del sur, o “Pirate Jenny”, tema de Kurt Weill y Bertolt Brecht que Simone resignifica para encarnar la rabia y la sed de retribución que empujaba al movimiento por los derechos de las personas negras. El último tema de este disco es “Mississippi Goddam”, un grito contra las llamadas a la calma que trataban de apagar las protestas, huelgas y boicots por la igualdad real. “¿Por qué no lo veis? ¿Por qué no lo veis?”, le espetaba a la audiencia predominantemente blanca del Carneggie Hall. “¡No lo sé! ¡No lo sé! No tenéis que vivir a mi lado / dadme solo mi igualdad”.

Cambiamos de emisora. Joy as an act os resistance (La alegría como acto de resistencia), álbum de la banda británica Idles publicado en 2018, parecería para algunos al menos contradictorio con su título. Pero los temas del grupo liderado por Joe Talbot son tan incisivos como secretamente optimistas: si los británicos arremeten contra el Brexit, la islamofobia, la masculinidad violenta e indolente, las mentiras que pueblan las esquinas del mundo capitalista... es porque creen que podrían no estar ahí. En “Cry to me”, Idles no tiene miedo de señalar la desesperación y la oscuridad que puede haber en la soledad, un sentimiento que muchos han experimentado en los últimos meses; pero también ofrece un hombro sobre el que llorar. La esperanza no tiene por qué ser aterciopelada y calma, también puede sonar a baterías y el chirrido de las guitarras.

Cuando Leonard Cohen murió en 2016, dejó You want it darker, su último trabajo, un disco impregnado del imaginario religioso que tan bien había manejado en trabajos anteriores y del misticismo del lenguaje y la música en el que creía. Pero dejó algo más: las grabaciones que luego compondrían Thanks for the dance (Gracias por el baile), disco póstumo lanzado en 2019. Las nueve canciones que lo integran eran, según su hijo Adam, no descartes, sino esbozos de lo que, con algo más de tiempo, se habrían convertido en nuevos temas. Entre ellos está el que da título al disco, que sintetiza en un breve baile las aventuras y desventuras de una larga relación. “It was hell, it was swell”, susurra. “Fue un infierno, fue magnífico”. Porque incluso este 2020 habrá sido luminoso para alguien. El mundo es grande.

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2 Comentarios
  • K2K2 K2K2 02/01/21 16:21

    Muy buen artículo, pero necesita una precisión. Es cierto que 'In Concert' fue el primer disco de N. Simone para Philips, pero no se si esto explica que aparezcan determinadas canciones, por ser Philips holandesa (algo que no es del todo cierto, radicada y fundada en Holanda, es una multinacional). Ese concierto(en realidad fueron tres los que aparecen en el disco) se celebró en el Carnegie Hall de Nueva York, y la gente lo aclamó. No caigamos en el infantilismo de pensar que en Europa somos la cuna de las libertades y los EEUU son lo peor. La lucha por los derechos civiles surgió en EEUU, no en Holanda, Alemania o Austria, que acababan de salir del nazismo.

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  • deabajo deabajo 01/01/21 16:54

    Con mucho, lo más divertido, Mota y Cachitos.

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