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Humor al cubo

Cómo Miguel Lago supo que nada le impediría ser cómico

  • El popular humorista gallego combina su trabajo en televisión con las actuaciones en directo con sus propios espectáculos
  • Se animó a meterse en la profesión después de ser asiduo seguidor de El Club de la Comedia

Publicada el 26/10/2020 a las 06:00

Miguel Lago en Humor al cubo

Miguel Lago nos cuenta qué le hizo ver que era capaz de hacer reír a la gente.

Miguel Lago ha alcanzado especial popularidad estos últimos meses gracias a su participación en el espacio Todo es mentira de Cuatro. Después del parón provocado por el coronavirus ha podido volver a los escenarios. Actualmente, se le puede ver los viernes y sábados, por la noche, en el Teatro Reina Victoria de Madrid al frente de su función Todo al negro.

PREGUNTA. ¿Cómo se te ocurrió pensar en dedicarte a la comedia?

RESPUESTA. Fue por El club de la comedia. Lo veía en el 99 y en el año 2000 debuté en el certamen nacional. Fue un flechazo sobre todo con la ilusión que el programa transmitía de que existían cómicos. Me vi ahí encima. El día que hagan mi biopic, y me interprete Mario Casas, se verá a un joven Mario Casas mirando la tele y diciendo: “Yo quiero tener esa sensación que están teniendo de que dicen cosas divertidas y el público aplaude”. Ese fue el comienzo. De hecho, a partir de ese año 2000, de ese certamen, empecé a hacer cositas.

P. ¿Y qué te hizo ver que eras capaz de hacer reír a la gente?

R. Precisamente, cuando me doy cuenta es cuando participo en ese certamen nacional de El Club de la comedia y grabo la prueba. Lo hago delante de mis cuatro o cinco amigos. En el salón de casa de mi amigo Gonzalo, grabo aquel VHS que envío. Cuando lo que había plasmado en el papel por primera vez lo digo en voz alta, por primera vez delante de espectadores, aunque fueran mis amigos, y se rieran, ahí me di cuenta de que eso podía funcionar. Era sobre todo la sensación que tenías al lanzar algo que a ti se te había ocurrido y ver que la respuesta era positiva. Eso es impresionante. Eso es espectacular.

P. Tienes más carrera que aquel Club de la Comedia de 2000. ¿Qué vino después?

R. Mi evolución es: Club de la Comedia año 2000; teatro universitario, 2001, 2002, 2003. En 2003 descubro que me aburre mucho hacer el teatro que estaba haciendo, que yo lo que quería no era lo que estaba haciendo, que era ser actor. Yo lo que quería era ser humorista, así que escribo una obra entera y me planto en el salón de actos de la Facultad de Filología y Traducción, que es donde yo me gradué y un miércoles a las 12 del mediodía pongo un cartel para que venga la gente. Y se llena, porque evidentemente era gratis y había o un señor desconocido contando chistes o ir a clase. Entonces, obviamente, vinieron todos los universitarios e hice mi primera obra, que la tengo grabada. Atesoro con mucho cariño el VHS.

P. ¿Cómo se te dio aquella época de universitario de día y cómico de noche? ¿Se podía compatibilizar?

R. Cuando empiezo a hacer los primeros bolos alterno mi vida como universitario con los bares nocturnos y la verdad, me aburría en clase y era donde más chistes y más bromas escribía. Un día en clase de Literatura española, me visitaron las musas y estaba escribiendo a chorros, muchísimo, porque en aquel momento escribía a chorros, todo me valía. Y en una de estas, el profesor, no recuerdo el nombre, creo que Antonio, un tío muy gordo dice: “¡Lago!”, con una voz profunda que tenía. Yo levanto la cabeza y me dice: “Veo que está usted inspirado”. No sabía qué contestar. “Por favor, permítame ver”, dice en voz alta y se levanta, viene y, claro, tienes 20 años, no 12, y no puedes decirle: “No, no te lo dejo”. Él es un señor y tú eres otro, se lo tienes que dejar. Así que se lo doy y se coloca enfrente de la clase: “Bueno, voy a compartir lo que el señor Lago está escribiendo”.

P. ¿Y de verdad lo leyó delante de todo el mundo?

R. Sí. Empieza a leer en alto un monólogo, textos primitivos sobre madres cuando llegas tarde a casa, los clásicos. Entonces, empieza a leerlo: “Mi madre...” Y la gente se medio sonríe, pero yo lo que miraba a mi alrededor era que había cierto shock en el público. Entonces el hombre se va dando cuenta de que lo que está leyendo es ridículo o quiere ser divertido. A la tercera broma se para. Se queda así muy serio y dice: “Está visto que no se va usted a ganar la vida con el humor”. Esa frase se me clavó ahí. Y le digo: “No, lo que ocurre es que usted lo está leyendo mal”. Y ahí terminó la historia, y evidentemente suspenso en la asignatura. Luego la recuperé, aprobé la carrera, me licencié y todo.

P. ¿Y tus primeras actuaciones fuera del aula fueron mejor?

R. Los comienzos son difíciles en cualquier profesión, pero en esta mía, sobre todo fue como digo yo cuando salí del cascarón actuando en locales pequeñitos en Vigo y algún punto de Galicia, de una manera muy humilde. Pero a raíz de debutar en Paramount Comedy me puse en contacto incluso con programadores del circuito nacional. Y entonces, a través de Toni Moog, buen compañero, me salen tres bolos, exactamente tres. Uno en Marbella un jueves, al día siguiente viernes en Mallorca y el sábado en Ciudadela, en Menorca. Yo era el tío más feliz del mundo porque de repente me iba a subir a un avión, iba ya como un buen profesional a hacer mi primer tour, ¿no? ¡Mis primeros bolos fuera de Galicia!

P. ¿Y te coronaste?

R. No empezó bien. De la del jueves en Marbella salí escoltado por la Policía Local. Había como ocho personas de público porque cuando nadie te conoce nadie viene a verte. De las ocho, tres eran unos hombres trajeados que estaban de after work y yo les molestaba. Cometí el error de novato de ser un poco desagradable desde el escenario. Les llamé la atención y se produjo ahí un intercambio no muy cortés. Mi frase a uno de ellos fue: “Ya está. Mira, que vas de abogado y no llegas ni a dependiente de El Corte Inglés”. Resultó que el señor era dependiente de El Corte Inglés con lo cual le ofendió en el alma hasta el punto de que me mataba. Se vino hasta el escenario, me tuve que bajar, me metí en el almacén. Aquello fue desastroso, hasta el punto de que el colega no se iba. Hubo que llamar a la Policía Local que me llevó escoltado, es decir, en el coche de la Policía Local, al hotel. Así fue mi primer debut fuera de Galicia.

P. Un comienzo poco prometedor, pero realmente inolvidable…

R. Pues al día siguiente nos vamos a Mallorca, al bar Mosquito. Un local del que ha habido cómicos que se han bajado llorando del escenario. Fue una pesadilla. Estaba a tope, pero nadie te escuchaba. Al dueño le daba igual. Era profundamente desagradable, te sentías realmente idiota actuando. Sentías que se estaban riendo de ti, que no te respetaban y nuevamente, a llorar al hotel.

P. ¿Y a la tercera fue la vencida? ¿o no?

R. Pues al día siguiente, en Ciudadela de Menorca, cuando vamos a empezar la actuación que falta media hora, eran las once de la noche, se va la luz en el puerto ¡Hasta las tres de la mañana! Y el dueño dijo que si no se actuaba no se cobraba. Evidentemente, la necesidad aprieta, y estuve actuando para el dueño y cuatro amigos a las tres de la mañana. No recuerdo ni cómo fue el rollo.

P. ¿Y con qué estado de ánimo volviste a casa de tu gira de estreno?

R. Tenía el avión de Menorca a Madrid y luego de Madrid a Vigo a las siete. Me cruzaron toda la isla del tirón. No dormí. Me subí al avión y aterricé a las ocho en Madrid para coger a las diez el que me llevaba a Vigo. Pero no salió a las 10. Salió a las 15. Cinco horas tirado en el Aeropuerto de Barajas para llegar tarde a la boda de mi tío con un horror de sensación. Además, la familia me preguntaba: “Y ¿qué tal? ¿qué tal?”. Yo les dije a todos que muy bien. Aquel fin de semana fue horrible. Pero lo bueno que saqué de aquello es que, a pesar de lo horrible que fue, yo me vine feliz diciendo: “¡Pues he actuado! ¡Si no me bajo de la profesión con este debut, ya no me bajo nunca!” Y aquí seguimos.

P. Una curiosidad sobre la risa es que a veces la buscas y no la consigues y, en ocasiones, aparece cuando no la deseas...

R. Hay veces que te puede originar problemas porque no procede. Recuerdo un ataque de risa indeseado en una comunión. Había un niño que, cuando llegó el momento de recibir el cuerpo de nuestro Señor, yo no sé cómo lo hizo pero puso la lengua, ¡zas!, y se le cayó al suelo. El niño se agachó, la cogió del suelo y se la metió en la boca. Me hizo mucha gracia ver aquella blasfemia. Me hizo mucha risa, y claro, en el silencio, “jajajá, jajajá”, no procedía.

P. Trabajando, supongo que es más fácil controlarte ¿no?

R. Pues en televisión, me ha pasado este verano en Todo es mentira, que, por una serie de bromas que íbamos haciendo Antonio Castelo y yo, de las cuales, como siempre suelen ser graves, se unió la gravedad con el pinganillo del director diciendo: “¡Pero qué decís!”, sabiendo que esa broma era grave, me hizo tanta gracia que no me pude controlar. Entonces, claro, lo maravilloso que tiene la risa es que es un cortocircuito. Cuando te da, te da. Y me dio. Me dio, que no era capaz de controlarme y recuerdo a mi director por el pinganillo diciéndome: “¡Pellízcate los huevos si lo necesitas! ¡Para de reírte ya, que Marta tiene que seguir!”. Pero yo no podía, me caían lágrimas. De hecho el resto del programa fue un cuadro, porque por la cosa del protocolo COVID no teníamos maquilladores, me maquillaba yo. Entonces el resto del programa, con las lágrimas parecía un cuadro lleno de chorretes, humedad en la barba. Ahora, ¡que me quiten lo bailado! Lo que me reí ese día, yo creo que no me he reído más en un plató que ese día. Era incontrolable, incontrolable. Y todo era por injurias a la corona.

P. A veces, ¡los malos tragos merecen la pena!

R. Los malos tragos a veces sí merecen la pena. De hecho, tenemos una profesión que tiene muchos sinsabores, tiene muchas dificultades, siempre dependes de un tercero a quien le gustes que te llame para un trabajo y saber convivir con eso es lo que hace que luego llegues. Porque esta es una profesión en la que por cada sí, tienes diez noes. Y no sé si en las otras profesiones pasa igual, pero en la nuestra la relación entre la cantidad de fracasos versus éxitos siempre está muy descompensada.

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