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Los libros

El hijo extranjero

  • Saïd El Kadaoui Moussaoui retrata con enorme lucidez las contradicciones y los sentimientos de los hijos de aquellos inmigrantes que llegaron del Magreb
  • El escritor, que llegó con 7 años a Cataluña, es un autor transterrado, y por eso describe un tiempo en tránsito, en un intento por anudar su identidad

José Sarria Publicada 20/04/2018 a las 06:00 Actualizada 19/04/2018 a las 19:43    
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NO (A los cuarenta años soñar empieza a ser ridículo)
Saïd El Kadaoui Moussaoui

Catedral
Barcelona

2017

​​​​​​​Saïd El Kadaoui Moussaoui es hijo de emigrantes marroquíes, nacido en Beni-Sidel, cerca de Nador. A la edad de siete años se traslada junto  a su familia a Cataluña. Forma parte de una segunda generación que ha desarrollado su vida en suelo peninsular español, lo que desencadena una problemática identitaria muy acentuada que se traslada a sus textos.


Así queda reflejado en uno de los pasajes de su reciente novela NO (A los cuarenta años soñar empieza a ser ridículo), cuando escribe: “Quizás, si mis padres vivieran en Marruecos me mirarían con los ojos de unas personas ancianas que ya no comprenden el mundo contemporáneo. En cambio, al vivir aquí, me miran como a un extraño, como a alguien que ha cambiado de bando. Sienten que tienen un hijo extranjero” (p.132).
Saïd El Kadaoui es un autor transterrado, un escritor que hubo de abandonar su tierra natal, instalándose en un nuevo hogar de acogida. Desde ahí, su trilogía narrativa, compuesta hasta el presente por Límites y fronteras (2008), Cartes al meu fill. Un catalá de soca-rel, gairebé (Cartas a mi hijo. Un catalán de pura cepa, casi) (2011) y NO (2016), describe un tiempo en tránsito, en un intento por anudar una época, unas personas, sus esperanzas, sus frustraciones, es decir, su identidad, en un marco tan inestable, tan movedizo, como es el de la frontera, la tierra de acogida y los lugares, físicos o mentales, compartidos. Esta “expulsión” de aquella Arcadia en la que se desarrolló la infancia va a significar para el escritor la imperiosa necesidad de intentar restablecer el orden perdido, recomponer una personalidad híbrida con la que deambula el personaje principal en un contínuum que recorre toda la novela: “si bien no me molesta ser europeo, tampoco doy saltos de alegría por ello. La constatación de que siempre voy buscando al otro perdido” (p.153), “Dicho con toda gravedad, la identidad que nos han inculcado es un embuste ideológico. Somos una mentira, una ficción o una medio verdad velada” (p.199). Esta problemática identitaria y los conflictos interiores que se desarrollan desde las experiencias vividas en mundos distintos es la que conforma el magma narrativo de nuestro autor.

El protagonista, profesor de literatura, lector y admirador de Hanif Kureishi, Mohamed Arkoum, Driss Chraïbi o Philip Roth, conversa con un amigo que ha decidido volver a Marruecos, país de origen de ambos, y ello desencadenará el relato de contradicciones que conforma el conjunto de narraciones segmentadas que hilvanan la novela.

No conocemos el nombre del personaje principal, que dialoga con alguien que escucha pero que no le replica, tan sólo el sobrenombre con que a Mayte, su compañera, le gustaba llamarlo: Chet. Escritor frustrado, escritor sin obra, sometido implacablemente a la servidumbre del sexo que al atravesar la frontera de los cuarenta hace balance de su vida desde esa terraza de desequilibrio emocional que supone la edad madura y que lleva aparejada, en muchas ocasiones, una crisis personal, emocional y, en su caso, identitaria: “soy un tipo de cuarenta años con una personalidad alambicada y compleja, pero el ADN que la sustenta es justamente aquella ambivalencia que sentí al recibir el coscorrón de mi madre” (p.75). Chet se percata de que ya no es aquel joven que recorría el campus de la Universidad Autónoma de Barcelona bajo la imaginaria leyenda de sus treinta centímetros y, aunque no es viejo, poco queda de su melena rizada que algunas chicas comparaban con la de Antonio Banderas en Two Much. Advierte, con pánico, que avanza inexorable hacia la decadencia y hacia la vejez, lo que le enfrenta a dialogar con el pasado para intentar encontrar allí algún asidero que confiera firmeza a un presente y a un futuro del que no espera casi nada, pues, tal y como se lee en la contraportada de la novela, el protagonista: no quiere tener hijos, no se atreve a vivir con la mujer que ama, no acepta la reclusión de los musulmanes en el Islam, no consigue dominar su adicción al sexo, no se siente satisfecho, no se considera escindido entre dos culturas y no piensa volver a Marruecos.

Escrito con una técnica compleja, pues se estructura de una manera fragmentaria (“A lo largo de este año he ido escribiendo fragmentos de una vida que de algún modo tienen que ver conmigo. O dicho de otro modo, fragmentos de una vida que quiero que conozcas” –p.202— dirá el profesor, casi al final del texto), donde, a través de pequeñas estructuras narrativas, que tienen como actores a diferentes personajes que entran y salen de escena, se va hilvanando el discurso que subsiste en la mente del protagonista: la historia de la emigración marroquí y la problemática de la identidad, vivir en paralelo dos mundos diferentes, la mirada que se hace poliédrica y el sentido de los valores compartidos o no: “Yo ya no pertenezco al mundo que puebla la cabeza de mis padres” (p.126).

En NO, Saïd El Kadaoui Moussaoui retrata con enorme lucidez, con un afilado tono irónico, con un verbo desgarrado, a veces, pleno de emotividad, en otras ocasiones, pero siempre desde una construcción narrativa fascinante y cautivadora, las contradicciones y los sentimientos de los hijos de aquellos inmigrantes que llegaron del Magreb. Una situación mucho más compleja que la visión simplista del enfrentamiento entre dos mundos, al que algunos quieren reducir el encuentro de sentimientos, lenguas y culturas, la hibridación y el mestizaje, y que Saïd El Kadaoui ha sabido trasladar magistralmente a esta extraordinaria novela.

*José Sarria es crítico literario. 
 
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