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Los diablos azules

Un flagelo indoloro

  • El título tiene vocación provocadora: escribir contra la izquierda desde la izquierda. Es un género asimétrico, muy frecuentado en la izquierda y apenas en la derecha
  • Decir una vez más que la izquierda no tiene soluciones, que está perdida en sus ensoñaciones, tiene un valor limitado, por mil veces repetido el mensaje

Publicada el 22/06/2018 a las 06:00 Actualizada el 21/06/2018 a las 16:06
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Jordi Gracia es uno de los ensayistas más brillantes de nuestro país. He disfrutado enormemente (y he aprendido mucho) leyendo algunos de sus libros, desde La resistencia silenciosa hasta El intelectual melancólico. Ahora publica un nuevo libro, muy breve, titulado Contra la izquierda. Para seguir siendo de izquierdas en el siglo XXI (Anagrama), que yo creo que no está a la misma altura.

El libro llega a las librerías en un momento inoportuno. Sus dos primeras frases son estas: “El único fantasma que hoy recorre Europa es el desengaño ante una izquierda sin respuesta ideológica a los desastres del presente. En España el fantasma tiene fisonomía propia y se llama frustración política por la perpetuación de la derecha en el poder.” La segunda frase, afortunadamente, ha quedado desmentida estos días por los hechos: hemos encendido la luz y el espectro ha huido por la chimenea. La primera frase, por su parte, suena a boutade: ojalá el único fantasma que sobrevolara el continente fuese el desengaño ante la izquierda. Por desgracia, estamos asistiendo a algo bastante más serio, la desestructuración de los sistemas de partidos tradicionales en Europa y al ascenso de fuerzas xenófobas y reaccionarias que se nutren de un descontento generalizado motivado por la sensación de que el Estado ya no puede seguir protegiendo como en el pasado a la gente más vulnerable ante las fuerzas huracanadas de los mercados financieros y el neoliberalismo.

  Pero vayamos al asunto nuclear. El título del libro tiene vocación provocadora: escribir contra la izquierda desde la izquierda. Se trata de un género asimétrico, muy frecuentado en la izquierda y apenas en la derecha. Estuvo especialmente de moda tras el colapso de la URSS, aquel despertar brusco de un sueño que parecía eterno. Los autores ajustaban cuentas con el pasado y procedían a una autocrítica despiadada no tanto de los ideales más elevados de la izquierda, sino del “modo de ser” izquierdista: su arrogancia intelectual, su superioridad moral, su dogmatismo, su tendencia a la división y el enfrentamiento, su incapacidad para entender el nuevo mundo, su nostalgia romántica de la clase obrera… Muchos de estos practicantes de la auto-crítica a corazón abierto acabaron en el liberalismo, hartos de la incomprensión y el rechazo que sus diatribas causaban entre los antiguos correligionarios.

El ensayo de Gracia parece una vuelta a ese registro, tiene un cierto aire de déjà vu. El autor continúa hablando del fracaso de las utopías, de la inmadurez del ideal revolucionario, del aburguesamiento de la izquierda, incluso de la “inquietante persistencia icónica de las hazañas bélicas de las Brigadas Rojas o de su versión doméstica, el FRAP” (p. 59). Aparte de que todo esto se haya escrito en innumerables ocasiones con respecto a la vieja izquierda comunista y revolucionaria, debo confesar que a mí me ha costado reconocer esos rasgos en la izquierda actual. ¿Queda alguien por ahí que añore el FRAP o que siga creyendo que el horizonte político de las sociedades europeas es la revolución?

En cierta medida, a mí el libro me ha recordado a esos artistas contemporáneos que quieren seguir provocando después de un siglo largo de provocaciones. Cuando la provocación se vuelve rutinaria, pierde su capacidad de shock. Escribir una vez más que la izquierda no tiene soluciones, que está perdida en sus ensoñaciones, que se ha hecho conservadora, etc., etc., etc., tiene un valor limitado, por mil veces repetido el mensaje.

El libro se queda casi todo el tiempo en abstracciones, no desciende apenas a la política real. En las pocas ocasiones en las que lo hace, nos encontramos con frases algo ampulosas que, traducidas a un lenguaje llano, tienen poca sustancia: “Abandonada ya la aspiración revolucionaria, no parece haber abismo insalvable para promover como eje fundamental la solidaridad de Estado como argumento aglutinador y múltiple de todas sus variantes doctrinales e históricas” (p.66). Como diría el viejo Juan de Mairena: “reformismo socialdemócrata”. Pues eso.

He tenido la impresión al leer el libro de que Gracia abusa de la ironía y la ligereza para disimular la ausencia de ideas propias. Las consideraciones del autor se quedan todo el tiempo en la espuma de la izquierda, no penetran en la sustancia. Con estilo desenfadado, Gracia nos ofrece un catálogo de lo que le gusta y disgusta de la izquierda (muy propio de los tiempos del Facebook) que a unos divertirá y a otros irritará, pero me temo que no contribuirá demasiado a los grandes debates planteados en el seno de la izquierda. De acuerdo con su personal letanía, para Gracia no es de izquierdas “pedir y defender lo imposible”, “omitir la cultura institucional como patrimonio valioso de un Estado”, “la imputación indiscriminada de acoso sexual”, “frustrar una oportunidad política para relevar del poder a una derecha requintada”, “el fundamentalismo de la corrección política”, “absolutizar el mantra ecologista y pedalear en bicicleta y sin respiro por ciudades sostenibles”, “creer que las élites arruinaron los sueños de la izquierda durante la Transición”, “ser independentista”… Resulta, en cambio, que es de izquierdas “abrazar a Fernando Savater para inyectarle energía contra el desaliento como expresión de gratitud retroactiva”, igual que es de izquierdas “aborrecer amistosamente las gracias y las paradojas de Zizek”.

Para Gracia, la izquierda se presenta ante todo como una manera de situarse en el mundo y no tanto como una postura política. De ahí que no mencione el meritorio trabajo analítico, empírico y propositivo de la izquierda española sobre la desigualdad, el neoliberalismo, la incapacidad política de los Estados, el poder de las finanzas, así como las posibles soluciones que se dibujan: la renta básica universal, el keynesianismo verde, el Estado como empleador de última instancia, nuevas formas de fiscalidad, la reforma radical del sistema crediticio, etcétera. La izquierda de la que habla Gracia es más bien la de los suplementos culturales de los periódicos.

Tras tanta crítica a la izquierda, el lector se espera sugerentes propuestas que nos permitan cambiar el rumbo y recuperar la hegemonía política de las ideas progresistas. No en vano el subtítulo del libro es “Para seguir siendo de izquierdas en el siglo XXI”. Pero todo lo que Gracia tiene que ofrecer se reduce a la actitud vital con las que debemos acercarnos a la política. A su juicio, la izquierda ha de ser pragmática, irónica y recelosa. Como se decía en los tiempos de Brezhnev, nos aguarda un radiante porvenir.

*Ignacio Sánchez-Cuenca es politólogo y profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid. Sus últimos libros son La superioridad moral de la izquierda (Lengua de Trapo, 2018) y La confusión nacional (Catarata, 2018). 

 
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5 Comentarios
  • jorgeplaza jorgeplaza 24/06/18 09:39

    Sánchez-Cuenca discrepa de la opinión de Gracia de que ser independentista no es de izquierdas. ¿Hemos de deducir, entonces, que a Sánchez-Cuenca sí le parece que ser independentista es de izquierdas? Lo mismo respecto a la imputación indiscriminada de acoso sexual, de donde deduzco que a S-C le parece la mar de izquierdas imputarlo indiscriminadamente (se entiende, imputárselo a cualquier hombre o no sería indiscriminado). Ya me enfadé con S-C por su muy mal libro sobre los desfachatados, según él, intelectuales españoles y su peor disimulada inquina a Savater y, sobre todo, Muñoz Molina, pero ahora le agradezco esta crítica porque en ella pone, seguramente sin querer, bien a las claras algunas de sus posiciones. Que a mí, modestamente, no solo no me parecen de izquierdas sino que creo que son auténticos disparates.

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  • @tierry_precioso @tierry_precioso 24/06/18 09:01

    Por ejemplo, adolescente allá por 1972 leî la España pagana del escritor estadounidense Richard Wright. Estaba bastante disgustado con su critica feroz pero a la vez el ensayo me pareció ameno, muy interesante.
    Al principio del libro cuando llega a Barcelona va a una peluquería diciendo que siempre puede ser un buen sitio para tener alguna idea de los reparos raciales existentes. No lo había captado pero ahora que veo peluquerías especializadas "Afro" lo entiendo! Hay que decir que Richard Wright era negro.
    El libro terminado quedaba en desacuerdo tres cuartos con él pero había encontrado que su libro era vibrante y sentía verdadera simpatía hacia él.
    A veces es mejor dejar hacer la Critica a otro.

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  • Cristobal Cristobal 23/06/18 12:10

    Crítica banal y estéril. Habria estado bien que Ignació Sánchez-Cuenca hubiera introducido alguna idea en su artículo que animara el debate. La ausencia de argumentos lo imposibilita. Una lástima.

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  • @tierry_precioso @tierry_precioso 22/06/18 08:09

    Critica plagada de lugares comunes, insustancial, desastrosa.

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    • @tierry_precioso @tierry_precioso 22/06/18 08:23

      No me interesa tanto saber la "nota" que el critico pone a una obra sino conocer lo positivo que saca de ella.

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