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Los libros

Un 'caso infernal' de Sherlock Holmes

  • Estamos ante un nuevo caso de Sherlock Holmes contado por Watson, su habitual cronista, aunque en esta ocasión su autor sea Carlos Pujol
  • El autor toma un célebre personaje, que demuestra conocer bien, lo saca de su hábitat y nos muestra otras facetas de su personalidad menos conocidas

Publicada el 24/05/2019 a las 06:00 Actualizada el 27/05/2019 a las 13:50
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Los secretos de San Gervasio (Sherlock Holmes en Barcelona)
Carlos Pujol

Menoscuarto
Palencia

2019
  Nos encontramos ante una reedición de la novela que Carlos Pujol publicó en 1994, que en esta nueva salida cuenta con novedades, pues lleva un breve prólogo de Andrés Trapiello, un esclarecedor epílogo del autor sobre “La novela policiaca”, que data de 1973, y un llamativo subtítulo que no aparecía en la edición de Pamiela. Tampoco debe olvidarse que también en 1994 el autor publica los cinco cuentos que componían el libro objeto Holmes, Watson y compañía (221B Baker Street), de circulación restringida, narraciones que en el 2007 pasarían a formar parte de Fortunas y adversidades de Sherlock Holmes, publicado por Menoscuarto, ahora ya incluyendo 16 cuentos.

Estamos, pues, ante un nuevo caso de Sherlock Holmes contado por Watson, su habitual cronista, aunque en esta ocasión se trate de una historia escrita por Carlos Pujol, lo que le permite al narrador de la novela referirse con displicencia y humor a Conan Doyle como “ese escocés aficionado al espiritismo y a los deportes”, un escritor cuya fama –que no fue poca— sería superada por la de su personaje.

El título, además de anunciarnos que en la narración vamos a toparnos con secretos, anticipa el espacio de la acción, que en esta ocasión no transcurre en Londres, sino en el continente, como diría Watson. Si esos secretos (mentiras, desapariciones, secuestros, asesinatos, fugas...) acaban desentrañándose es algo que ya se verá. Aunque estando el caso en manos de Holmes, partimos de la certeza de que se esclarecerán, si bien transformados en “absurdos secretos”. La novela se compone de diez capítulos, un “Final” y los curiosos “Dramatis personae” que suele incluir el autor en sus novelas, en la senda de Álvaro Cunqueiro y Juan Perucho. La acción, no podía ser de otra manera, arranca en la mítica casa de Baker Street, con el correspondiente recuerdo de Mrs. Hudson, y la visita de unos nuevos clientes que le encargan a Holmes que resuelva un caso. Se trata, en esta ocasión, de dos mujeres jóvenes de Barcelona, Angélica y Eulalia Vilumara, una morena y una rubia, quienes le piden al detective que investigue la desaparición de su padre, don Pelegrín, un acaudalado industrial del textil, pues un pariente pretende apoderarse de sus bienes.

Holmes acepta el caso, pues cree que un cambio de aires le vendrá bien, mientras que Watson se lo plantea como unas vacaciones. Al fin y a la postre, en palabras del detective, se trata de “un viaje en busca de la verdad”, pero que acabará convirtiéndose en un desafío, pues nada más empezar a cavilar, Holmes descubre varios engaños. Sin embargo, le llama más la atención lo que esconden las jóvenes, la “dislocación de los detalles argumentales” de la historia, que lo que ellas le han contado, aunque no tardaremos en saber la razón de esas inocentes mentiras.

No menos singular resulta que esta aventura transcurra fuera de Inglaterra, en 1884, en un pequeño barrio de unos 300 habitantes llamado San Gervasio, situado entonces en las afueras de Barcelona y plagado de personajes raros, y que es –por cierto— el barrio en el que vivió Pujol. Las diferencias entre Barcelona y Londres (el clima, los mosquitos, el ruido, las distintas religiones que profesan sus habitantes...) son motivo de contraste durante la narración. Varias de estas características y otros rasgos que señalaremos las comparte nuestra novela con “El secreto de la Quinta Ribot”, uno de sus cuentos. Por tanto, Holmes y Watson abandonan Londres, el macrocosmos habitual de sus investigaciones, para trabajar en el modesto microcosmos de un barrio periférico barcelonés.

En una novela tan culturalista como es esta no podía faltar la metaliteratura, las reflexiones sobre la realidad y la ficción, sobre la poesía y la novela. Una realidad, se comenta, que ya no es lo que era. El caso es que, a menudo, los hechos no resultan ser lo que parecían, ni tampoco las desapariciones –por ejemplo— son tales al fin y a la postre. Así, pronto sabremos que quien realmente lo contrata es Alejo Casavella, un industrial aficionado a la novelas policiacas, seguidor de Poe y de Wilkie Collins. A la manera cervantina, Watson y Holmes comentan la novela escrita por don Alejo, en la que ellos aparecen, titulada Los secretos de San Gervasio. Tampoco podían faltar las alusiones al inspector Lestrade, de Scotland Yard, quien tiene su equivalente nacional en Benavides, inspector de la policía española, con su ayudante Manobens, que Watson observa como una caricatura de sí mismo, compitiendo todos ellos en torpeza. Pero quizá la novedad mayor, a este respecto, sea la presencia de una mujer detective, Natividad López, quien acaba emparejándose con el novelista local, fundiéndose así –permítanme la licencia— realidad y ficción policiaca. Por último, la desaparición de doña Filomena, la viuda Barnils, cumple además la función de ser otra variante de los misterios del recinto cerrado y de la carta robada. Al final, sabremos que no fue raptada, sino que se trató de algo muy distinto que no es conveniente destripar.

Y sobre la lengua en la que se desenvuelven los personajes, en esta ocasión no suele ser el inglés, sino más bien el francés e incluso el español, pues ambos idiomas los entiende Holmes, ya que su madre era francesa y el castellano lo aprendió con los jesuitas. E incluso, cuando se acerca el desenlace, Watson confiesa que “a fuerza de oír hablar español lo entendíamos bastante bien, y hasta lo hablábamos más o menos” (p. 200). Tenemos la impresión de que se distingue entre secretos y misterios. Los poetas, dice don Celestino, “son los únicos que saben algo del misterio” (p. 176), pero para Holmes, “los misterios existen para dejar de serlos” (p. 186).

El diálogo tiene una importante presencia en la narración. Uno de sus componentes principales, junto a la reflexión, es el humor y el ingenio, pero se trata de un humor sutil, leve, un poco socarrón, de tipo –digamos— inglés, sin cargar nunca las tintas, como ocurre cuando don Celestino compara a Watson con Eckermann, y unas páginas después el narrador, en cumplida respuesta, lo considera el Tennyson español; o cuando el cura le dice al detective y a su ayudante que con la edad todos pareceremos chinos, como él.

Otras de las peculiaridades más llamativas del libro es que Holmes no consigue resolver el caso del asesinato de Modesto Turull, o como realmente se llame, que nunca llegaremos a saberlo, cuyo cadáver no aparece apuñalado en la espalda hasta la página 90. En cambio, con lo que se nos dice a lo largo de la novela podemos ir componiendo un retrato físico y psicológico del protagonista, en el que aparece más humano y melancólico, incluso dado a filosofar, con dudas metafísicas, pues como comenta Watson, su “taciturno y hermético amigo: se había hecho detective porque era para sí mismo un arcano que le atormentaba; salvar a la gente de algún indescifrable peligro le daba la sensación de combatir amenazas íntimas que no sabía cómo conjurar” (p. 64). Y como saben los lectores de los casos de Holmes, este le tenía prohibido a su cronista que comentara aspectos de su personalidad que lo humanizaran. Completa el retrato Watson, pues nos lo presenta “célibe y maniático, lúcido y pesimista, viviendo para su tarea de investigación, sin más aficiones ni pasiones que su trabajo, razonando inhumanamente, frío y certero, con un insufrible orgullo e invulnerable a cualquier tentación, acorazado contra cualquier debilidad”. Pero también como un hombre hipocondriaco, lleno de contrastes y de altibajos, desplegando una actividad frenética o cayendo en la apatía que lo empujaba a la droga. En suma, tal y como lo moldearon los jesuitas en Stonyhurts, en el Lacashire, pues el detective reconoce que ha acabado pareciéndose al hombre que ellos querían que llegara a ser.

Pero en la novela aparece también el Holmes típico, envuelto en el humo de su pipa de raíz de eglantina, juntando las manos en las espalda como tenía por costumbre cuando hacía una declaración importante, levantando el mentón y abriendo mucho los ojos, o soltándole sus habituales impertinencias al paciente Watson, cuyos desaciertos contrastan con la astucia del detective... Aquí Holmes anuncia que un día se retirará para dedicarse a la filosofía y a la apicultura..., pues se siente deshilachado..., sin viento en las velas...  Y en todo ello consiste la aportación de Carlos Pujol a la configuración del célebre personaje, al presentárnoslo como el mayor y el más e irresoluble de los enigmas. En uno de sus cuentos sobre Holmes, el titulado “La ficción”, el detective, en el papel de narrador, comenta: “El misterio que está dentro de uno mismo es el más difícil e intrincado, el más inasible, porque escapa a nuestra lógica, y yo sin lógica me sentía como desnudo”.

En suma, Carlos Pujol toma un célebre personaje literario, que demuestra conocer bien, lo saca de su hábitat natural y nos muestra otras facetas de su personalidad menos conocidas. Por ejemplo, en España se aficiona a la siesta, hasta el punto de que Watson empieza a pensar que consideraba el derecho a echarse la siesta más importante que el derecho al voto. También disfruta con el pan con tomate, “invento que Holmes calificó de caprichoso”; y a un “embuchado gris”, que debe de ser lo que hoy llamamos butifarra. Y todo ello, sin desvirtuar al personaje. Sin embargo, no parece que se trate de una parodia, sino de un –digamos— remedo que cuenta con la complicidad del lector, así como de un homenaje, tanto a los habituales motivos del género, sobre todo cuando los transgrede, como a su protagonista, quien en el desenlace considera su estancia en Barcelona como las largas vacaciones que no había tenido desde que salió del colegio de los jesuitas.

Al final, sabremos que el mayor secreto que guardaba el barrio estribaba en darse cuenta de que lo que solemos llamar casualidad también forma parte del orden del mundo... (p. 239), rompiendo los esquemas racionalistas, el método deductivo de Holmes. Los secretos de San Gervasio es una novela literaria, entre otras razones ya expuestas, por la entidad legendaria de los protagonistas, las referencias al mundo de la ficción y el tono sentencioso que suelen emplear los personajes. Al fin y a la postre, podría decirse que a Conan Doyle no le hubiera molestado firmar esta “verdadera historia” con Carlos Pujol.
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Sentencias intertextuales

Las hipótesis son como la levadura de la razón (p. 29)

Si existiera el absurdo, el universo se haría pedazos ahora mismo (p. 38)

El catolicismo es una religión ideal para el verano (p. 41)

Uno no puede limitarse a ser quien es, también ha de procurar ser una buena
máscara
(p. 63)

No pueden imaginarse lo caro que es vivir en París cuando se tiene dinero para
gastar
(p. 70)

Las mentiras en el fondo vienen a ser las máscaras de la verdad (p. 87)

La poesía lírica no resuelve nada pero reconforta (p. 132)

Las peores enfermedades son las imaginarias, porque no se curan nunca, y a
menudo son mortales de necesidad
(p. 147)


 
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Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario aficionado.

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