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El meta-amor

  • Si alguien me preguntase de qué va Lo contrario de mirar, ¿qué respondería exactamente? Son tantos los argumentos, situaciones y peripecias que en principio no resultaría fácil
  • El libro admite todas las combinaciones.Una autobiografía teorizada desde la ficción. Una teoría sobre la ficción autobiográfica. Un libro de ficciones basadas en teorías autobiográficas…

Publicada el 05/07/2019 a las 06:00
¿Cómo podríamos definir un libro que juega a mezclar, sistemática y sofisticadamente, autobiografía íntima, teoría literaria e imaginación fabuladora? Creo que Lo contrario de mirar (Sitara, 2019), de Ana María Pellicer, admite todas las combinaciones. Una autobiografía teorizada desde la ficción. Una teoría sobre la ficción autobiográfica. Un libro de ficciones basadas en teorías autobiográficas…

  Lo asombroso es que todas estas definiciones y su sistema de triángulos funcionan de maravilla en los textos. No es simplemente que los tres conceptos se hallen presentes en el libro, sino que el libro entero trabaja con las combinaciones posibles entre ellos. Todo suena muy meditado, repleto de secretas armonías. Se notan los años de construcción y reconstrucción del conjunto.

Si alguien me preguntase de qué va Lo contrario de mirar, ¿qué respondería exactamente? Son tantos los argumentos, situaciones y peripecias que en principio no resultaría fácil. Hasta que me topé con una feliz expresión que aparece en la pieza titulada “Banquete”: el meta-amor. Justo de eso va el libro de Ana Pellicer, pienso. De qué hacer para hacerlo, de cómo decirlo. Estoy leyendo un libro de meta-amores, contestaría entonces. ¿Quién podría resistirse?

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Semántica de la cicatriz
En Lo contrario de mirar
Ana Pellicer

 

Yo quiero creer en la necesidad de llevar cicatrices.

Trato de no pensarlas en abstracto sino por su significado como emblema de otra cosa: de un rato de amor, de un acto de entrega, de un accidente. O también, las cicatrices como resultado de la ira violenta. Por eso pueden ser bellas o pueden ser repugnantes.

Te miro dormitar, todavía con los restos de la anestesia, y pienso en que tu alargada cicatriz es una culebrilla traviesa y que juntos nos reiremos de este dolor.

Lo feo de estos días son el olor a lejía, tus gestos desencajados y tu palidez. Salgo poco de la habitación. Quiero salir poco. Agradezco que me dejen estar a tu lado, tratando de cuidarte. Admirándote.
Me han traído mantas porque el hospital, a mí, no me da nada más allá de una silla.

Por suerte permitieron que te acompañara hasta la puerta del quirófano, fueron amables y respetuosos. Hacía frío y esos largos pasillos parecían más bien un mortuorio de película de David Lynch. Tiemblo y creo ver temblar a todos aquellos con los que me cruzo. Tu cama hospitalaria es también camilla y podría ser ataúd. El gris metalizado era el color y todo parecía un descenso al Mictlán en el que yo no buscaba el silencio ni la regeneración. Estábamos bajo tierra, se notaba. La muerte la ponemos bajo tierra para no verla, para no recordar que nuestros vivos se convierten en muertos gélidos. Pero no quiero ni frío ni silencio, quiero muchas palabras que me entretengan. El silencio me hace sentir vértigo y ser rehén de todas tus palabras me protege.

La cicatriz: esbozo una teoría sobre lo que va a ser la tuya en nuestra vida, pero choco de manera insoslayable con todas las ideas incómodas que me escuecen. Por eso voy a concentrarme en que tu cicatriz es buena, es bonita, o en que acabará haciéndose invisible para mí.

Pero cicatriz es también pus, coagulación, grapas o puntos, gasas quirúrgicas. Es también recordar que lo estéril se contamina, en segundos, cuando entra en contacto con el aire. Y que las heridas se infectan.

Te gusta que me hayan dejado quedarme contigo cada noche y te gusta poder tener las manos libres. Ven, dices, tócame, dices, luego no podremos. Mira cómo te deseo a pesar de estar inmóvil, tócame. Mira que no estoy tan inválido. Eso dices. Y yo sé que pueden entrar en cualquier momento. Están autorizados.

Me refugio en mi silla y en mirarte. Cada vez que he salido de aquí me ha parecido ver espectros. El señor de una habitación cercana tiene la pierna amputada a media altura y la mirada perdida.

Siempre jugábamos a hacernos los muertos, tirados en la cama, pero aquí ya no. No quiero saber nada de la muerte en este sitio.

Fantaseo con lo que antes me daba miedo: que la mucha felicidad pueda matar al amor. Ese amor asesinado que ahora deseo tanto porque significa tiempo y significa vida.

Los silencios me enloquecen, ya lo he dicho, quiero palabras. Y que expresen exactamente lo que yo quiero decir y lo que mi conducta demuestra.

Voy a resemantizar algunas: herida, delito, custodia, frontera, posibilidades, esperanza. Y este espacio, que parece rodeado por cinta amarilla y por el luminol, especificando que nosotros estamos dentro y el resto del mundo fuera.

El aire está mojado y yo solo pienso en suplicar. Por favor, un poco más, déjennos un poco más de tiempos juntos. Pídeles que todavía no te lleven, pídeles, al menos, que no te pongan las esposas mientras estemos aquí los dos.
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Andrés Neuman es escritor. Su último libro, Fractura (Alfaguara, 2018). 
 

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