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Los libros

La venganza verdadera de Sebastian

  • Cuando se lee una novela como Lejos de Kakania, no hay que embobarse en adivinar los límites de la sinceridad del autor 
  • Carlos Pardo maneja el mundo de literatura doméstica con una ironía fina y sugestiva, y sabe alternar los momentos dramáticos y los burlescos

Publicada el 10/04/2020 a las 06:00

Lejos de Kakania
Carlos Pardo
Periférica
Madrid
2019

Hay quien dice que esta novela no es una novela, sino una tranche de vie abierta de par en par en sus escoceduras. Sin embargo, su autor sostiene que se trata de una novela de ficción y así lo aclara en la advertencia que sirve de preámbulo a Lejos de Kakania (Periférica, 2019). Cuando se lee una novela, pues, no hay que embobarse en adivinar los límites de la sinceridad del autor o en juzgar las razones por las que este apagó algunos focos y encendió otros para mirarse. Cuando se lee una novela se lee un mundo imaginado; poco importa el punto de partida y el grado de su cercanía a lo real. Al fin y al cabo, ¿hasta dónde llega eso de lo real?, ¿cuáles son sus fronteras inviolables?

En las turbias aguas del contar la vida nada es lo que parece; entre otras cosas, porque cuando el narrador cuenta lo vivido, la experiencia se hace materia fabulada en el inevitable extrañamiento que implica toda verbalización de lo que aconteció así, o casi así, o de ninguna manera así como se dice que ocurrió. Y aunque fuera posible la transparencia de la memoria contada, el montaje de los sucesos narrativos siempre obedece, en un escritor consciente de su oficio, como lo es sin duda Carlos Pardo, a un orden más disciplinado por las reglas de la literatura que por el descontrolado acontecer de la vida. Desde luego, debates estéticos aparte, la literatura puede ser muchas cosas, pero no es la vida, eso seguro.

Las aventuras del narrador protagonista de Lejos de Kakania y de su amigo poco amigable no interesan por lo que puedan tener de confesión o de desgarro de la experiencia, sino por lo que tienen de literatura, una vez pasada la vida por el tamiz de la imaginación creadora. Quizá por eso esta novela recuerda, sin que haya probablemente ninguna intención expresa por parte del autor, aquella otra confesión a medias de Evelyn Waugh en Retorno a Bridshead. Solo que esta vez la mansión victoriana es un piso madrileño pequeñoburgués y quien cuenta la novela no es el melancólico escéptico Charles Ryder, sino el gozoso gamberro elegante Lord Sebastian Flyte. El niño perdido que retorna a casa después de una vida de poeta, a la compleja relación con una madre que está en otro mundo, y al disfrute de una familia divertida, a veces a pesar del sufrido narrador, que tal vez quisiera más drama donde solo hay travesuras enhebradas por el humo de un porro. El daño lo trae puesto Virgilio, el guía a los Infiernos del narrador, pero un Infierno de andar por casa, un daño menor que escuece menos que el paso del tiempo, pues ya se acabó de una vez por todas con los grandes caracteres, que tanto enojo parecían provocar en el lacónico Virgilio de este presente narrativo. Aquellos eran otros tiempos, más alegres, despreocupadamente transgresores, en los que los jóvenes poetas jugaban a beberse el mundo. Los tiempos de aquella amistad a la inglesa o a la alemana, como decía Cara, la sabia amante veneciana de Lord Marchamain de Bridshead, padre cínico y cariñosamente despegado, como ese padre fugaz que se cuela de rondón en Lejos de Kakania. Esa amistad que, tolerable en la adolescencia, resulta enojosamente inconveniente llegada la madurez, decía Cara a Sebastian en un palacio entre canales de Venecia.

En Lejos de Kakania se maneja este mundo de literatura doméstica con una ironía fina y poderosamente sugestiva. Carlos Pardo sabe alternar los momentos dramáticos y los burlescos, la introspección de la mano de Thomas Bernhard y el largo poema de viaje, hasta que al final, se levanta orgulloso el protagonista y parece un Sebastian, pero uno al fin salvado de sí mismo, no por su fe en el dios de la religión, ni siquiera en el de la biomecánica que dejaba lágrimas en la lluvia como todo recuerdo de lo pasado, sino en ese dios apóstata de sí mismo que solo puede vivir en la literatura. Ya no hay juegos, pero tampoco hay poemas como saltos mortales de vida, la erudición bien medida, que no es sino conocimiento fértil, se deja ver como la sólida sustancia de que se ha servido la novela para comerse viva a la vida. Así, el narrador se sale de su esfera de joven vuelto a casa con el rabo entre las piernas, y se nos desvela como el sereno intérprete de unos tiempos que ya no volverán y que, además, poco importa ya si vuelven o no. El retorno al piso de su madre parece como la estación inevitable en la que en narrador descansa para encontrarse al fin contándose a sí mismo en una mesilla de cocina mientras suena un disco de Todd Rundgren. El pago de la deuda con al arte, el acabarse para renacer hecho palabra imaginaria.

Hay mucha literatura en Lejos de Kakania, novela de literatos que viven además de escribir. De Walser a Magris, de Benhard a Kerouac. Se puede recurrir a otras homologías, claro, porque Pardo es aquí un narrador dueño de un mundo propio y de un estilo eficaz, sugerente, capaz de asimilar influencias sin hacer indigestos collages de estilos. La novela podría haber sido una tragedia neorromántica o una confesión falsamente heroica a la moda, y sin embargo, el manejo de los tonos, del ritmo narrativo, de la insolencia (algunos ataques levemente hirientes con el santoral de la poesía española), de la prudencia en su justa medida y del gusto por contar sin abrumar al lector, hacen de Lejos de Kakania una suerte de despedida amistosa, si no de la poesía, si de la inocencia de los poetas adolescentes, pues el ardor de la lucha por un verso afortunado, por un premio salvador, por una vida de artista de zarzuela bohemia, se ha diluido en una realidad mucho más compleja, más verdaderamente artística.

El hombre sin atributos de Musil se encuentra en una voz capaz de entender la clave estética de un mundo y entonces es alguien, por fin, ahora sí: es el protagonista de una ficción verosímil (sin contradicción bien fingida no hay literatura apasionante), capaz de conmover, de divertir, de empujar a la reflexión, una historia movida en los vaivenes de la música de una palabra dueña de sus posibilidades expresivas, de un edificio narrativo bien cimentado. Es la destreza del autor en la selección y recorte de momentos vividos, en su montaje rítmico, en su interpretación de los variados acordes de la escritura, de lo saltarín a lo sórdido, lo que convierte la vida en arte y la aleja así del juicio del bien y del mal, del enfado de los amigos reales y de los enemigos virtuales, porque ya no son ni una cosa ni la otra, sino personajes de un mundo que empieza y acaba entre las tapas de un libro.

Esto, al fin y al cabo, es una novela estupenda y su autor sabe bien cómo huir de ponerse estupendo, que es lo peor, para contarnos una historia, porque mientras el amigo añorado “había avanzado en su Hofmannsthal, yo dormía la siesta”. Todo un narrador, con atributos, que inevitablemente suenan en este libro a los necesarios para la venganza verdadera del fingido Lord Sebastian Flyte, aunque olvidados ya los grandes caracteres.

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Carlos Serrato es escritor y profesor de Literatura.

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