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Los diablos azules

En el espejo inglés

  • Jonathan Coe despliega magistralmente en El corazón de Inglaterra la diversidad inagotable de causas públicas y privadas que han acabado conduciendo al Brexit
  • Una novela como esta exige talento y una tonelada de libertad. Por eso es difícil imaginar un producto equiparable en una sociedad tan pequeña y cauta como la catalana

Publicada el 29/05/2020 a las 06:00 Actualizada el 05/06/2020 a las 12:00
Los partidarios del 'Brexit' celebran la salida de Reino Unido de la UE, en Londres.

Los partidarios del 'Brexit' celebran la salida de Reino Unido de la UE, en Londres.

EFE

En Cataluña no se atrevería nadie pero en el Reino Unido sí, y sin cortarse un pelo. La película sobre el Brexit que ha escrito James Graham y ha dirigido Toby Haynes se subtitula sin manías The Uncivil War porque, como dice el protagonista, esto es una guerra, y en una guerra se gana o se pierde. El asunto de fondo —seguir en la Unión Europea o salirse— no tiene importancia: no se debate ese asunto ni se ofrecen los pros o los contras; nadie sabrá si hay o no buenas razones para una cosa o la otra al ver la película.

De lo que trata, y lo hace muy bien, es de las artes y las audiencias de quien ha de dirigir una campaña electoral y de qué ha de hacer para ganar venciendo cualquier forma de escrúpulo o de reticencia ética. De hecho, va, literalmente, de "montar un pollo brutal", como dice con resonancias locales flagrantes un colega de Nigel Farage al principio de la película con el fin de ganar, sujetaos, "la libertad".

Cuando empieza a sospechar que perderá el referéndum, el director de comunicación de David Cameron dice en la película, y lo dice con naturalidad ya fatalista, que "cualquiera puede crear un incendio". Para entonces ha descubierto ya que sus rivales no "saben que hay cosas que no se pueden hacer". Son exactamente las cosas que ha estado haciendo de forma desaforada el protagonista, jefe de campaña por el Leave y asesor actual de Boris Johnson, Dominic Cummings: un uso intensivo de las redes y el big data que decanta a la población hacia donde debe decantarse, después de haber enviado, los días anteriores al referéndum, más de mil millones (mil millones) de mensajes. El objetivo era solo un 50+1, y al final el resultado fue un poco más, un 51,9 % de votos favorables a la salida estimulados por una olla podrida de mentiras y deformaciones programadas y persistentes para "tribalizar a la gente", como dice el personaje que encarna al derrotado jefe de comunicación de Cameron, Craig Oliver.

La película es, así, un curso acelerado sobre técnicas de control y manipulación de la opinión pública sobre la base de que todo se juega en las franjas indecisas, tibias, desinformadas y (muy) influenciables de las democracias occidentales. El mejor contrapeso a esta turbadora película de gore político es una espléndida novela de Jonathan Coe sobre el sustrato político invisible que rige las vidas de cada día sin que lo parezca, como si no pasase nada y como si cada encuentro, cada cena, cada susto, cada decisión ética y profesional no llevase dentro una dosis de acción u omisión política que percute una y otra vez.

Lo dice la película también: un goteo ininterrumpido de miedo y odio es lo que se necesita para ganar un referéndum. Lo que despliega magistralmente Jonathan Coe en El corazón de Inglaterra es la diversidad inagotable de causas públicas y privadas que han acabado conduciendo a un desenlace profundamente estúpido, improductivo desde cualquier punto de vista colectivo y adobado por los peores instintos defensivos, mezquinamente patrióticos. Se entiende muy bien la insistencia de algunos sectores independentistas catalanes en pedir un referéndum de blanco y negro, de sí y no, de cara y cruz; es el mantra que busca simplificar y falsificar la realidad para hacerla maniquea y manipulable: tribalizada.

Un personaje de la novela dice lo que no puede decirse más que a través de la ficción: "Todos sabemos que este país en estos momentos [del referéndum del Brexit] está lleno de ira y para conseguir lo que queríais habéis tenido que mantener viva esa ira". Esta forma de delincuencia política solo puede expresarse con las texturas morales y vitales de la novela para que cobre toda su brutalidad, para ver las amenazas y sentir las parejas rotas, para comprender el funcionamiento de las consignas, los victimismos inflacionarios y las autojustificaciones autoexculpatorias: "cuanto más azuzan la ira los periódicos utilizando palabras como traición y motín y enemigo del pueblo, más probabilidades hay de que" vuelva a suceder una cosa parecida al asesinato (real) de la diputada Jo Cox, pocos días antes del referéndum, o la intimidación física a otro personaje, o el linchamiento impune en redes y en una sociedad endurecida por el odio y el miedo.

Los paralelismos entre la novela de Inglaterra que ha escrito Coe y la realidad catalana ponen los pelos de punta, incluido el documento (real) que se menciona en el libro y al que se alude también en la película, de nuevo con resonancias en documentos locales: "Mantener la hoguera ardiendo". Las reflexiones del personaje son las de muchos de nosotros cuando sospechamos que el incendio, la emotividad argumental, el victimismo como motor de acción pública no benefician a un sujeto concreto (Torra, Puigdemont, da igual), ni siquiera a un grupo político, sino "a una coalición dispar y amorfa de intereses establecidos que tenía mucho cuidado en no mostrarse de forma abierta".

Por descontado, no invito a establecer un paralelismo mecánico entre ambas situaciones, sino a leer una recreación novelesca de la Inglaterra que está padeciendo el Brexit y las motivaciones, las escisiones, las rupturas y las colisiones que se han tenido que provocar y alimentar para que el resultado fuese el deseado por los partidarios del Brexit. Aquí, en Cataluña, el objetivo es otro pero los métodos se parecen mucho y los efectos destructivos también, tanto si hablamos de ello como si preferimos callar discretamente para no avergonzarnos sin remedio.

Exige mucho talento y una tonelada de libertad sumergirse como lo hace Coe en el mundo de hoy. Por eso es difícil imaginar un producto novelesco equiparable en una sociedad tan pequeña y cauta como la catalana, donde hay que pensarse mucho, mucho, mucho qué dices, cómo lo dices, en qué tono lo dices y ante quién lo dices para prevenir daños y no salir magullado por sobrepasarte con una broma, un giro demasiado áspero o una ironía corrosiva.

No nos amarguemos tampoco, porque al menos siguen existiendo novelistas como Jonathan Coe. Quien en Cataluña todavía pueda leer en castellano sin sentirse soldado de un ejército colonial, podrá entender al menos dos tercios de lo que ha pasado y sigue pasando aquí en el espejo de Inglaterra. El otro tercio convendría dejarlo para el novelista valiente que se ponga a ello y emule El corazón de Inglaterra o algo como una Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa, escrita solo diez años después de los hechos que narra la mejor novela política en español del último medio siglo.

 

La versión original en catalán de este artículo apareció en el número 18, de abril de 2020, de la revista Politica&prosa.

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Jordi Gracia es ensayista y profesor de Literatura Española en la Universidad de Barcelona. Su último libro es Javier Pradera o el poder de la izquierda (Anagrama, 2019).

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2 Comentarios
  • @tierry_precioso @tierry_precioso 30/05/20 09:00

    Considero que la intencion de El sueño del celta de Vargas Llosa es la mâs progresista que jamas he encontrado en una novela...

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  • Alfonso J. Vázquez Alfonso J. Vázquez 29/05/20 07:58

    Sin duda se puede encontrar un paralelismo entre el libro y el conjunto de imbecilidades que hicieron unos insensatos en Cataluña, unos obnubilados con ilusiones adolescentes, pero yo encuentro otro paralelismo mucho más peligroso, por la impunidad en la que se desarrolla, que es total, con lo que está haciendo en estos momentos la extrema derecha (PP) y la ultraderecha (VOX) todavía apoyados, aunque cada vez más tibiamente por C's que por motivos electoralístas, tras su último batacazo, no acaba de atreverse a ser la derecha civilizada, las raíces de su financiación le tiran a la derecha. Convertidos en lo que pretendieron ser, una derecha civilizada, no los representantes de una derecha que sigue sin civilizar, la de los electores aún inciviles, que todavía son muchos. La política de verdad exige pensar en el futuro y contribuir a que esa derecha se civilice y los vote, no a que les vote la sin civilizar. Ésa es "la larga marcha" que tiene que saber afrontar C's sabiendo que la ganará a medida que se civilice el país. Paciencia. Eso es posible que no les permita presidir un gobierno pero sí, como han conseguido, compartir un gobierno; lo han hecho con la derecha y podrían hacer,si se civilizaran un poco más, con la izquierda ¡'como hubo un momento en que casi pudo!, como tras lograrlo podría, ¡y lo tienen en su mano! a crearse la imagen de bisagra del centro, que es su sitio.
    C's tiene que moderar sus gestos, ya lo estás haciendo.Su piedra de toque es "por sus actos los conoceréis" y todavía son demasiado tibios. Ser exigentes con la derecha les dará el espacio propio. Insistir en crear una imagen propia, exigente dominando a la extrema derecha del PP les dará su propio espacio.
    Ojalá C's lo encuentre. España necesita una derecha civilizada que acabe con esos ultramontanos sin civilizar y difícilmente civilizables, que "confesados y comulgados bajan al llano y atacan al hombre" como se decía antes. Su tarea es contribuir a la civilización del país y quedarse con la representación de esa derecha civilizada, la que progresista que rechaza el franquismo, la que huye del PP, olvidándose de la que duda entre VOX y el PP. La de Colón no es la suya. Ése es otro campo

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