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Los libros

La "herencia gris" de la historia

  • Cenizas es un libro extraordinario, de un realismo simbólico, con piezas tersas y bien trabadas, escritas con pulso magistral
  • Salazar sabe paliar el lado macabro, casi agónico, de sus historias con el contrapunto vívido del humor, la ternura o la melancolía

Publicada el 09/07/2021 a las 06:00 Actualizada el 26/07/2021 a las 18:08

Cenizas
Alfonso Salazar
Sonámbulos
Granada
2021

Ya era hora de que Alfonso Salazar se decidiera a disparar sobre el género del cuento. Todos hemos disfrutado la frescura de sus novelas negras y de su poesía visual, pero el hecho de que su propuesta más seria (según su propia expresión) la haya dirigido hacia el relato resulta del todo admirable, en especial para los amantes de un género tradicionalmente menospreciado que hoy, con la publicación de este libro en una editorial tan elegante y rigurosa como Sonámbulos, están de enhorabuena.

Cenizas es un libro extraordinario, de un realismo simbólico, con piezas tersas y bien trabadas, escritas con pulso magistral y con un plástico y rítmico fraseo por un conocedor de las hechuras clásicas, un libro muy trabajado sin que se note, un volumen redondo e inevitablemente crepuscular, que desprende un aire de vida en retirada, donde el destino semeja una araña que tejiera implacable una tela de muerte en el pecho de los protagonistas. Por fortuna, Salazar sabe paliar el lado macabro, casi agónico, de sus historias con el contrapunto vívido del humor, la ternura o la melancolía. La galería de estas lecturas no se abre a jardines salvajes, a mansiones misteriosas, a frondas agitadas por la brisa de los mares del Sur o al vaporoso río de los sueños; no entra en ellas a raudales un sol ebrio, tampoco esa luz órfica, fantasmal, en noches de escalofrío, ni esa otra luz de farolillos llorados por una lluvia que difumina la realidad. Los soportales de este libro se abren a panoramas más cercanos, a un territorio eminentemente ibérico, a un verismo de mercerías y pensiones, rellanos y hospitales, desguaces y gasolineras, pandillas y braceros, borracheras y coches que se estrellan, pobres ilusos y cuartelillos de la Guardia Civil, altercados en la playa y cementerios ineludibles, un piso en Hortaleza y el aroma de azahar en los bancales del valle de Lecrín, conversaciones triviales y dignidades marchitas, camareros y fotocopias, malos presagios y encrucijadas, barrios y jornales, “tragedias que se quedan marcadas adentro”, ya que los humanos —como escribió Cunqueiro— no dejamos de ser una flor que crece al borde del camino y que puede acabar sepultada bajo las ruedas de un coche o coronando un hermoso ramo.

Alguien dijo también que el mundo es un manicomio de cuerdos, levantado con una cucharadita de seriedad y otra de jocosidad. Si sumamos a esta argamasa materiales como el absurdo, el azar y un humor literalmente negro, obtenemos una certera radiografía de este libro. Sus personajes, al igual que todos nosotros, caminan hacia la nada llevando dentro de sí un incendio y propagándolo. Algunos son incinerados tras la muerte, pero muchos se chamuscan poco a poco, se van cremando en vida. De hecho, y el rotundo y despojado título lo anuncia explícitamente, la ceniza es el cuerpo extraño alrededor del cual crece la perla de cada uno de sus cuentos. Como por ejemplo la nube de cenizas en que se convierte la protagonista del relato “Amadísima”, “una misionera de bobinas, dedales y botones”. Como la ceniza de los perdedores en el relato “Una docena de filosofías hundidas”, esa ceniza de la vergüenza de los hijos de los vencidos, esa ceniza de las mentiras para sobrevivir. Como las cenizas del recuerdo en la límpida evocación del amor y la juventud, eternos en su fugacidad, que es el relato “No sé qué estrellas son esas”. Como la ceniza y unos cuantos muelles que quedan del muñeco quemado en una pira para conjurar los miedos y el silencio de los pueblos pequeños en el relato “La voz del ventrílocuo”. Como los restos de una vida ardiendo en una papelera en el relato “Heredera”. Como la ceniza de los naipes del mago Aristóteles Arreola en el relato “Vuelta de Cuba”. Como el paradero final de las cenizas del vetusto escritor en el relato “Enterrar al padre, paradero gestionado por la venganza. O como esos estados residuales en el relato “Mil pesetas”: de la capa de polvo de unos zapatos ajados por la precariedad hasta la ceniza de un billete de diez mil pesetas con el que se enciende dispendiosamente un puro habano.

No cabe duda de que, en estos cuentos, Alfonso Salazar sabe cebar los anzuelos de la historia y consigue el ideal de todo creador: suspender las leyes naturales del tiempo y el espacio (leyes que Lovecraft calificaba no sin razón de mortificantes) mientras engarza lugares, pensamientos, objetos, anhelos, desavenencias y relaciones personales a una realidad incontrolable que dinamita cualquier convicción, convirtiendo dichas certezas en desechos terribles de nuestro pasado. El lenguaje aquilatado y las voces narrativas refuerzan la sensación inmersiva del lector. Véanse esos tour de force del costumbrismo y del registro oral en el relato “Estelas en el mar” y del monólogo del taxista en el relato “Sueños cumplidos”, así como el lenguaje de los atestados, minucioso y deliciosamente arcaico, en el relato “Pirómano”. Encontramos además equívocos y escenas que hubieran encantado a Berlanga o a Rafael Azcona, como en el relato La mortaja”, donde un vestido rojo de faralaes demuestra que la vida es en ocasiones un astracán siniestro, pura serendipia. A destacar también la efectividad con que Alfonso narra -en el relato “Anemoticónico”- los vínculos emocionales previos y posteriores tras una muerte inesperada, atento a los detalles, a las volutas inasibles de los pensamientos y a las migas de pan de los emoticonos. O el memorable relato “El mejor poeta de su generación”, cuyo protagonista “ya no es un pichón de escritor”, sino que anhela formar parte de esa larga cadena que llega al eslabón primigenio de Homero, a través de la cual se va pasando de mano en mano el dardo de fuego de la palabra.

Cada uno de los diecisiete cuentos del libro están ligados a la categoría de ceniza y enfocan, de manera delicada o violenta, sobre esa “herencia gris” de la cita inicial de Javier Egea, sobre las cenizas que todos custodiamos, impalpables todavía, apuntan a la esencia verdaderamente íntima que ignoramos dónde acabará, a la raíz, el núcleo, el tallo, el centro exacto de nuestro ser, del vórtice humano, a las cenizas futuras, ajenas a nuestra experiencia presente y cambiante del mundo, aguardándonos impertérritas e inmisericordes, cuando seamos apenas médula, caparazones vacíos, hollejos sin peso, remolinos de fosfato, umbría.

La literatura, que es incómoda o no lo es, trata de arrojar luz sobre el sentido de todo esto, sobre la finitud, sobre para qué hemos nacido y por qué tenemos que morir, sobre la reducción de nuestra errática materia a simples restos mortales. Y la imaginación (de la que se sirve la literatura, junto con el esmero formal y la misteriosa conmoción estética, para constituirse como tal) quizá no sea sino un rodeo para llegar a la verdad, que parece escapar siempre a nuestro control. Con este título, Cenizas, con este primer y magnífico libro de relatos acerca del destino final de cada existencia, todo belleza y terror, acerca de nuestra azarosa fragilidad, de nuestra identidad concluyente, a la vez despojo yacente y grácil reliquia, al tiempo hechizo y pavor, acerca de nuestra redención o nuestra condena, con este libro Alfonso Salazar ha demostrado ser un talento a la espera de un tema, estableciendo un tono para cada texto que no puede ser otro más que ése, y logra dar por cabales las palabras del cineasta ruso Andréi Tarkovski: “Cuando una obra nos conmueve, escuchamos en nuestro interior la misma llamada de la verdad que impulsó al artista a crearla”

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Ángel Olgoso es escritor. Su último libro de relatos es Devoraluces (Madrid, Reino de Cordelia, 2021).

 

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