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Adiós a un mito del fútbol

La otra mano de Dios

  • El documental El otro Maradona de Ezekiel Luka y Gabriel Amiel devolvió a la actualidad la vida y la personalidad de Gregorio Carrizo, amigo de la infancia de Diego Armando Maradona cuya carrera futbolística quedó truncada por una lesión

  • Un trabajo que reflexionaba sobre aquellas personas con talento que, por diferentes razones, nunca llegaron a cumplir con las expectativas puestas en ellos y que, aun así, son leyenda

  • infoLibre publica este artículo de nuestros amigos de la revista Líbero tras la muerte del astro argentino

Eduardo Bravo (Líbero)
Publicada el 25/11/2020 a las 19:26 Actualizada el 25/11/2020 a las 19:30
Gregorio Carrizo junto a Diego Armando Maradona.

Gregorio Carrizo junto a Diego Armando Maradona.

Líbero

En el mundo del fútbol hay muchos personajes que son y han sido “mejores que… ” Esos que tuvieron mala suerte y no llegaron. Esos que se lesionaron y tuvieron que abandonar. Los que no respetaban las concentraciones y dejaron de ser convocados. Los que no supieron gestionar la fama, el dinero, los amigos y se quedaron a mitad del camino. De todos ellos se afirma que fueron “mejores que” muchos que sí lograron llegar. Sin embargo, solo de uno se dice que pudo ser mejor que el mismísimo Dios del fútbol. Su nombre, Gregorio Goyo Carrizo; su sobrenombre, El otro Maradona. Un hombre cuya vida ha sido retratada por Ezequiel Luka y Gabriel Amiel en un documental que, en palabras de sus autores, “antes que una historia de fútbol, es una historia humana y universal”. Durante años, la sección infantil de Argentinos Juniors fue conocida como “el semillero del mundo”. Algunos de sus jugadores, llamados cariñosamente Cebollitas, fueron Riquelme, Redondo, Pekerman, Biglia, Sorín, Cambiasso y los dos que hoy nos concitan: Gregorio Carrizo y Diego Armando Maradona. “Un día, un cazatalentos se acercó al potrero y le propuso a Goyo llevarlo a probarse con los Cebollitas”, explica Ezequiel Luka.

“Fue aceptado de inmediato y, enseguida, le pidió al técnico que probara a su ‘amiguito’, que jugaba mucho mejor que él. El técnico no le creyó, hasta que Goyo llevó a Maradona; entonces sobraron las palabras. Con esa dupla en la delantera, los Cebollitas ganaron cuanto torneo jugaron. Tuvieron un invicto de más de 200 partidos. Tenían hinchada, periodistas que los seguían, algo inédito para un equipo infantil”. Durante años, Carrizo y Maradona se desplazaron desde Villa Fiorito hasta las canchas de Argentinos Juniors para asistir a los entrenamientos. Casi una hora y media de trayecto que recorrían a pie y en un tren, al que en no pocas ocasiones tuvieron que subir en marcha porque no había dinero para el billete. Los recuerdos de esa época se mantienen frescos en la mente de Goyo Carrizo.

Por las veces que ha tenido que referirlos en entrevistas o en tertulias con amigos y porque, a diferencia de Diego, él todavía continúa viviendo en el barrio. En 2007, cuando una productora italiana quiso rodar un biopic sobre Diego, utilizaron su casa para recrear el hogar familiar de los Maradona. Salvo algunos detalles, la casa de Goyo se conserva como era hace casi medio siglo. “Gabriel y yo nos conocimos siendo parte del equipo de casting de ese filme, La mano de Dios de Marco Risi. Gracias a ese proyecto tuvimos también la oportunidad de conocer a Goyo personalmente”, cuenta Ezequiel Luka. “Tras compartir jornadas de trabajo, charlas y escuchar sus historias, surgió la idea de hacer una película sobre él. Nos atraía que apareciera repetidamente como un personaje secundario dentro de una gran historia. Sin excepción, los periodistas le hacían las mismas preguntas sobre la infancia de Maradona y Carrizo daba siempre las mismas respuestas, pero a nadie le parecía interesar nada que tuviera que ver con él mismo. Para nosotros, Goyo tenía una historia propia y trascendente que merecía ser contada. Eso fue lo que nos llevó a hacer El otro Maradona’”.

Salir de la Villa

Tras los prometedores comienzos en los Cebollitas, Diego Armando Maradona y Goyo Carrizo continuaron sus carreras en diferentes equipos y con distinta suerte. Diego fue el primero en abandonar Villa Fiorito para instalarse en un apartamento, obsequio del presidente de Argentinos, semanas después de que debutara en Primera División. Un logro que Goyo también había celebrado regalándole a su amigo un tocadiscos que la familia Carrizo adquirió no sin hacer un gran esfuerzo. Meses después, Goyo también recibiría uno de esos apartamentos, pero lo rechazó. Si no podía llevarse a toda su familia a vivir en él, prefería quedarse en la Villa. En los siguientes años, se forjaría la leyenda de ambos jugadores: mientras uno fichaba para Boca, el Barcelona o el Nápoles, el otro tendría que abandonar los campos por una lesión de rodilla mal curada. A pesar de que Maradona corrió con los gastos del gimnasio y el fisioterapeuta de su amigo, Carrizo prefirió no acudir a la rehabilitación, malogrando su rodilla para siempre. Diego pronto sería mundialmente famoso y Goyo, el otro Maradona. “Cuando le propusimos hacer el documental aceptó, pero la idea no le entusiasmaba del todo. De hecho, había cierta desconfianza”.

Estaba acostumbrado a que la prensa lo buscara solo por su historia en común con Diego y estaba francamente cansado de eso, lo cual era comprensible. Por otra parte, nuestra propuesta no era una nota de cinco minutos con anécdotas, sino un largometraje sobre su vida más allá de esos recuerdos repetidos una y otra vez. Por eso, si bien nos ayudó y aportó en los primeros momentos, al ver que el tiempo pasaba y no filmábamos se ponía más reticente”. Buena parte del material de El otro Maradona ni siquiera fue rodado. Se trata de largas conversaciones preparatorias realizadas ante una grabadora, cuyo audio fue posteriormente utilizado en el documental y en las que Goyo se sincera, dando lugar a reflexiones de gran calado y brillantez. “Goyo es una persona que nos sorprendió muchas veces con sus pensamientos”, reconoce Gabriel Amiel.

“Tiene la sabiduría que da la experiencia y comparte con Maradona una astucia para elaborar frases contundentes. En esa suerte de sesiones de terapia anteriores al rodaje de la película fueron saliendo cosas muy íntimas, cosas que no le había dicho a nadie más que a nosotros”. En el documental, Goyo Carrizo se vacía. Deja de lado la versión oficial y narra con crudeza su infancia, su juventud, su prometedora carrera, sus buenas o malas decisiones deportivas, su lesión, la frustración por no llegar, el peso de ser “el otro”, las dificultades económicas para mantener a sus seis hijos y la depresión. “Acá la vida es dura”, le confesó Carrizo al periodista Alberto Aceves, del diario mexicano Excelsior antes de referirle algunas de las actividades que había realizado para poder subsistir a lo largo de todos estos años. “Busqué de albañil, vendía ropa vieja y ponía puestos en las ferias, cuando encontraba algo. Pero los mismos compañeros me decían: ‘esto no es para vos, Goyo. Vos deberías estar trabajando como técnico en algún club’”.

“No trabajaba bien, pero me aguantaban”. Esas épocas de profunda desesperación llevaron a Carrizo a pasar por turbios momentos, en los que compadreó con los elementos más lumpen de Villa Fiorito, hasta el punto de tener que ir “enfierrado” (armado). Armas para defenderse de los demás que, en un momento dado, pensó en utilizar contra sí mismo por considerar que el suicidio era la mejor solución a sus problemas. Tras esa temporada en el infierno, Carrizo regresó reconciliado consigo mismo y con una revelación que solo unos pocos alcanzan a conocer: la razón de su vida. En su caso, hacer felices a los aficionados al fútbol del mundo entero al haber propiciado el descubrimiento de Diego Armando Maradona. “El día del estreno de la película, cuando estaba con toda su familia, Goyo nos confirmó todo esto. Para él, más que una reconciliación consigo mismo, fue como exorcizar un pasado que le suponía una carga muy grande. Fue su manera de dar un cierre a muchas cosas que lo rondaban, y para nosotros eso fue una gran satisfacción”. El potrero donde Maradona y Goyo jugaban ya es historia. Hace unos años, casi un centenar de familias ocuparon el terreno y utilizaron postes y travesaños para levantar sus precarias casas. Cuando tuvo noticia de ello, Carrizo se personó en el lugar y los enfrentó. Casi lo matan a golpes. Una dantesca escena en la que, una vez más, los pobres se enfrentaban a otros pobres.

A pesar de todos esos sinsabores, del peso de los recuerdos, Carrizo no ha tirado la toalla. De una u otra forma, continúa su lucha por seguir relacionado la única cosa que sabe hacer bien. Entrena equipos infantiles y juveniles mientras ejerce de ojeador independiente, descubriendo nuevos talentos que ofrece luego a diferentes clubes con su comisión correspondiente. “Su hito más grande ha sido el descubrimiento de Gonzalo Piti Martínez, jugador de la provincia de Mendoza que Goyo detectó hace unos años. Lo llevó al club Huracán, donde continuó su carrera en inferiores, y luego debutó en Primera”, relata Ezequiel Luka. “Hoy, Martínez es una de las figuras de River Plate y, por sus condiciones, me imagino que más temprano que tarde lo veremos jugando en alguna liga europea”.

Imágenes de archivo

Apenas existen imágenes de archivo que muestren cómo jugaba realmente Carrizo. Ezequiel Luka y Gabriel Amiel tampoco han mostrado excesivo interés en buscarlas. Con la leyenda basta y sobra. “Hay una escena de los Cebollitas, en Super-8, donde aparece él en algunas jugadas, pero es difícil distinguirlo”, explica Luka. “De su etapa de jugador adulto no pudimos conseguir material porque Goyo tuvo una carrera errática e interrumpida en clubes de segunda y tercera división durante los 80 y, en ese momento, los medios apenas daban cobertura a esas ligas. De todos modos, de haberlos conseguido, tengo dudas de que las hubiésemos incluido. La película hace que el mito de crack de Goyo sea superado por su historia personal, sus reflexiones, su propia manera de interpretar su vida, y cómo sus vivencias trascienden para hacernos imaginar esos otros destinos posibles que tanto él, como Maradona o cualquier otro podríamos haber tenido”.

El 31 de diciembre de 1999, Diego Armando Maradona permanecía ingresado en un hospital de Buenos Aires. Según reveló el médico de la familia años después, durante esa convalecencia el futbolista llegó a estar muerto durante diez segundos antes de poder ser reanimado. Ese mismo día, nacía el hijo pequeño de Goyo Carrizo. En honor del amigo de la infancia, el niño fue inscrito con el nombre de Diego Armando. «Cuando se recuperó, lo fuimos a ver al hospital con apenas tres días de nacido», recordaba Carrizo. «No pudimos entrar, nos quedamos abajo».

 

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