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Los sueños... países son

Eduardo Crespo de Nogueira y Greer
Publicada el 16/06/2017 a las 06:00 Actualizada el 17/06/2017 a las 02:01
Érase una vez un ciudadano común, que tenía la suerte de haber llevado una vida razonablemente plena, con luces y sombras como todas, durante el último medio siglo de la historia de su hoy maltrecho país. El ciudadano pensaba que su normalidad, su condición de vecino de a pie, lo habilitaba para exponer públicamente un sueño que había tenido, en el que aparecía su idea del país, su visión del futuro a construir entre todos para afrontar con algo más de esperanza una coyuntura mundial plagada de incertidumbres. Agradecido a la indulgencia de sus conciudadanos, se animó a relatarlo, convencido de poder al menos suscitar las ganas de ahondar en su debate.

Para empezar, soñó que por fortuna habitaba un país más heterogéneo que la media, riquísimo por la diversidad de sus componentes, aun así moldeadas por siglos de historia compartida, y generadoras de cuestiones territoriales, que no podían seguir siendo ni constante motivo de agravio, ni objeto eterno de inacabada discusión. Soñó que el país vecino podía también salir beneficiado de una coherente solución conjunta, y despertó con el sabor dulce de una expresión renacida y pujante: República Federal Ibérica.

Era un país de nuevo impulso, donde la educación primaria incluía los rudimentos de todas las lenguas oficiales en todas las escuelas, independientemente de su ubicación concreta, como seña de integración, muestra de mutuo respeto, y facilitación de mayores entendimientos a lo largo de la vida. Nada descabellado había en aprender las bases del euskera en Úbeda, del portugués en Girona, del catalán en Vigo, o del gallego en Ciudad Real. Un país donde el inigualable patrimonio lingüístico brindaba herramientas de construcción compartida, y no alzaba muros de exclusión.

Y unas escuelas públicas, las del sueño, suficientes en número y dotación (gracias a unos presupuestos que, lógicamente, priorizaban lo irrenunciable) como para no tener que basar la garantía de una buena educación universal en conciertos con grupos religiosos o ideológicos privados. Había gran libertad para el estudio y la práctica de todas las religiones, pero en sus centros autofinanciados, no en las escuelas pagadas entre todos. Una obviedad propia del sueño.

Se trataba de escuelas con aprendizaje por proyectos multifacéticos y participativos, antesala de institutos y universidades progresivamente imbuidas del espíritu de la I+D+i, vinculadas con la realidad profesional en toda su riqueza y amplitud, que no caían en el empobrecimiento suicida de considerar obsoletas e inútiles a las Humanidades. Era un país, el del sueño, que no se obstinaba en ceñir las titulaciones al mercado del momento, sino en crear mercado para más titulaciones.

Unos estudios, los del país soñado, cada vez más pendientes del entorno, de la economía circular, de rehabilitar, reconstruir, restaurar, y reconectar, y no tanto de crecer. Pues se trataba de un país con larga visión de futuro que, aprovechando su condición de rey europeo de la biodiversidad,  los espacios naturales, y las energías renovables, trataba en serio al medio ambiente como el tercer pilar fundamental del bienestar sostenible, en pie de igualdad con la salud y la educación.

Un país que gozaba de un ambiente laboral basado en la meritocracia, sin miedo a los jefes en el ejercicio cotidiano de los derechos; donde la fuerza del trabajo era tan respetada como la del capital, y la proporción de empleados públicos se acercaba a la de ejemplos como Suecia o Dinamarca, en lugar de quedarse en la mitad. Y donde los trabajadores que enfermaban no tenían que añadir a ese sufrimiento el temor de la desatención o la ruina, porque el país había desterrado la idea de manejar la salud de la ciudadanía como un negocio.

Un país no violento, sin mujeres asesinadas ni violadas; sin discriminaciones por origen geográfico ni orientación sexual. Un país de alta calidad democrática, de políticos con dignidad y sentido de Estado; sin corruptos impunes; sin represión de las protestas pacíficas; y donde los tres poderes del Estado resultaban nítidamente independientes entre sí, sin tener por ello que renunciar a ser reflejo de la composición ideológica de la sociedad.

Y en la escena internacional, en fin, un país visible, proactivo, impulsor de los derechos humanos, el multilateralismo y la cooperación; consciente del valor de su lugar tri-continental, e influyente en el seno de una Unión Europea crucial para el mundo del siglo XXI.

Un país como el sueño (¿realizable?) de un simple ciudadano del sudoeste de Europa.
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* Eduardo Crespo de Nogueira y Greer es doctor ingeniero de Montes y funcionario del Estado español
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