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Plaza Pública

Derrota de la insurgencia yihadista, no del terrorismo

José Abu-Tarbush Publicada 17/10/2017 a las 06:00 Actualizada 17/10/2017 a las 09:55    
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Precedida por toda una sucesión de retrocesos territoriales y pérdida de bastiones tan importantes y simbólicos como Mosul y –de manera inminente– Raqqa, todo parece indicar que la reducción militar del autoproclamado Estado Islámico o Dáesh (por su acrónimo en árabe) se producirá en un plazo relativamente corto de tiempo. De cumplirse este pronóstico, cabe puntualizar que sólo sería una derrota militar, del carácter insurgente adoptado por este movimiento yihadista, pero no así de su dimensión terrorista, mucho más compleja de combatir, contener, reducir y, aún más difícil, de eliminar.

Sin duda, existe ­–en este caso– una evidente correlación entre la dimensión insurgente y terrorista. De hecho, durante 2015 los atentados y víctimas del terrorismo de Dáesh en la región (en Irak, principalmente) registraron un ligero descenso (en torno al diez por ciento) respecto a 2014 debido a la ofensiva militar a la que ha sido sometido desde entonces, según el Índice de Terrorismo Global de 2016 elaborado por el Institute for Economics and Peace. Pero al mismo tiempo dicha organización extendió los atentados terroristas a terceros países (en particular, a los europeos y Turquía) en un claro ejercicio de demostración de fuerza.

De aquí cabe inferir que, de continuar ambas tendencias, la derrota militar e insurgente de Dáesh tendría una indudable repercusión en su dimensión terrorista, con una reducción significativa de su capacidad de actuación. Pero, por paradójico que resulte, es igualmente previsible un repunte de los ataques terroristas –tanto en la región como fuera– ante su debilidad militar para manifestar justo lo contrario. De hecho, podría liberar recursos humanos, económicos y militares de la derrotada insurgencia hacia objetivos terroristas con objeto de mantener alta la moral de sus integrantes y simpatizantes, conservar el liderazgo yihadista ante la ascendente rivalidad de Al Qaeda (en Siria, principalmente); además de por puro revanchismo y frustración ante el fracaso de su efímero Califato. En esta dirección parecía apuntar el doble atentado perpetrado a mediados de septiembre en el sur de Irak, cerca de Nasiriya, dejando casi un centenar de muertos y otro tanto de heridos.

No menos importante en esta deriva es el previsible retorno de una parte de los denominados foreign fighters a sus países de origen, con una formación militar y experiencia de combate nada desdeñable; con una notable capacidad de resiliencia o adaptación a circunstancias cambiantes y adversas, adquirida durante una vivencia tan intensa como dura y austera; y con un bagaje político e ideológico muy radicalizado y dogmático, que otorga identidad a sus nuevas biografías, pero también a su potencial y –en no pocas ocasiones– buscada muerte con su conocido culto al martirio y desprecio más absoluto por las vidas ajenas (de las personas que no comparten su credo, sean musulmanas o no).

Igualmente, tampoco es despreciable su red transnacional de contactos yihadistas, que no dudarán en emplear para acometer ataques terroristas en sus países de origen u otros. E incluso de alentar o adherirse a nuevos focos de insurgencia en la región si pudieran crear esa oportunidad o surgiera. El retorno de los llamados árabes-afganos a Argelia y su impronta en la guerra civil del país magrebí (1991-2002) es un claro precedente. Quienes no retornen a sus países, ni hayan sido encarcelados ni eliminados, no dispondrán de muchas más opciones que mantenerse en la menguada y replegada insurgencia. Sin descartar algún que otro camuflaje en un paisaje social todavía confuso por la guerra y la adhesión a otros grupos yihadistas, es muy probable que también se produzca un reagrupamiento o desplazamiento de los efectivos de Dáesh hacia algunas regiones o terceros países de la amplia geografía árabe-musulmana.

En suma, no existe garantía alguna de que la anunciada derrota militar de Dáesh equivalga al final de la insurgencia yihadista en la región y, menos aún, del terrorismo. No es la primera vez que, tras sufrir un duro golpe, se extrae la conclusión precipitada de su inminente final. Sin embargo, la experiencia yihadista a lo largo de las últimas décadas muestra una evidente capacidad para la supervivencia y adaptación a los cambios de escenarios por duros y hostiles que sean. En ocasiones, su reemergencia ha resultado ser más fuerte que la anterior.

Obviamente, no toda esta trayectoria es mérito o fortaleza de los yihadistas como, no menos importante, demérito y debilidad de las políticas empleadas para su erradicación. Algunas han sido tan claramente contraproducentes que, en lugar de combatir el terrorismo, lo han retroalimentado. Como recordaba en su momento el desaparecido analista estadounidense William Pfaff, si el primer triunfo de Osama Bin Laden fue derribar las Torres Gemelas en Nueva York, el segundo fue atraer las tropas de Estados Unidos a la región. Así lograba poner en marcha su estrategia de “atacar al enemigo lejano para derrotar al cercano”. Si entonces Al Qaeda no alcanzaba el medio millar de efectivos, desde que se emprendiera la denominada “guerra contra el terrorismo” (2001) su número no ha dejado de incrementarse en varios miles repartidos por todo el mundo islámico, con sus respectivas franquicias regionales o locales.

De hecho, la presencia de Al Qaeda en Irak era poco significativa justo después de la invasión del país (2003). Pero el desmantelamiento del Estado iraquí por la autodenominada Autoridad Provisional de la Coalición, dirigida por Paul Bremer (2003-2004), agravó la situación al desarticular la administración y fuerzas de seguridad iraquíes. Se creó, así, un enorme vacío de poder e inseguridad que fue explotado por Al Qaeda y otros grupos yihadistas. Poco después se desaprovechó otra oportunidad para reducir a Al Qaeda en Irak (verdadero germen central de Dáesh) cuando las tribus suníes coaligadas en el movimiento del Despertar abandonaron la insurgencia y se sumaron a combatir a los yihadistas, junto a las tropas estadounidenses bajo el mando del general David Petraeus (entre 2007 y 2008), con la consiguiente compensación financiera y protección.

Pero las promesas de integración de los suníes en la administración y en las fuerzas de seguridad iraquíes (Policía y Ejército) fueron incumplidas por la obstinada política de discriminación y exclusión sectaria del primer ministro Nuri al Maliki (2006-2014). En suma, las expectativas suníes de recuperar ciertas cuotas de poder en el nuevo Irak se volvieron a ver frustradas. Sus reivindicaciones y protestas pacíficas no sólo fueron desoídas, sino también duramente reprimidas desde finales de 2012 y a lo largo de 2013. El autodenominado Estado Islámico aprovechó el desencanto y la movilización suní. La base de apoyo social que pudo encontrar respondía más a la necesidad de protección y ausencia de alternativas que a la convicción.

No era la primera vez que los yihadistas intentaban instrumentalizar y canalizar los agravios que padecen amplios sectores sociales en la región. La rápida y exitosa expansión de Dáesh (2014) no fue tampoco ajena a las debilidades estatales. Unido a esta falta de voluntad para implementar una política de integración, cabe destacar ­–sin ánimo exhaustivo– primero, la inoperancia, desmotivación y corrupción del Ejército iraquí para frenar y derrotar la insurgencia yihadista. Segundo, la propia situación de inestabilidad, crisis y conflicto en la región abonó el terreno para la reemergencia yihadista, que suele hacerse fuerte allí donde los gobiernos centrales han perdido el monopolio del poder debido a una confrontación civil, intervención externa o Estados fallidos. Los casos de Afganistán y Somalia, pero también de Irak y Siria, además de Yemen y Libia, son un claro ejemplo. Por último, tercero, la rivalidad interestatal en la región también ha jugado a su favor. Combatir a los yihadistas de Dáesh no siempre ha sido la prioridad de los actores regionales e internacionales. Bien porque se ha seguido la lógica perversa de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”; o bien porque su expansión ha sido igualmente utilizada –de manera no menos siniestra– para presentarse como un “mal menor” frente a una amenaza mayor.

Por tanto, mientras persistan las condiciones que propiciaron la emergencia de Dáesh, resulta pertinente preguntarse si su anunciada derrota militar sólo supondrá una tregua dentro de un ciclo prolongado de conflicto. Sin dejar al mismo tiempo de prestar atención a una refortalecida Al Qaeda, que ha tomado buena nota de los errores cometidos por uno de sus engendros.
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José Abu-Tarbush
es profesor titular de Sociología en la Universidad de La Laguna


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