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Plaza Pública

La pandemia y el retorno de lo comunitario

Publicada el 17/03/2020 a las 06:00 Actualizada el 17/03/2020 a las 11:47
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La pandemia ha venido a poner de relieve la profunda erosión del sentido comunitario que las políticas públicas y sus correlatos sociales han venido construyendo pacientemente durante al menos las últimas cuatro décadas. Ha bastado un pequeño virus, cuya peligrosidad radica más en su novedad que en su intrínseca potencia, para poner en jaque todo el mundo Premium y su antropología.

Ese mundo Premium se ha venido engullendo desde el acto de embarcar en un avión hasta el pago con tarjeta de crédito, pasando por el uso de un programa informático o el disfrute de un alojamiento hotelero. Se trata de un universo exclusivo, esto es, excluyente, ya no en términos de clase como en el viejo y ¿querido? fordismo, sino que convoca a los sectores medios y populares a la pequeña diferencia narcisista dentro de su clase a la hora de experimentar la libertad de elegir escuela para sus niños, seguro médico para la familia o la gasolina del 4x4.

Todos estos gestos consisten en lo mismo: separarse lo más posible ya no de lo público, sino de lo común. Mostrar la propia capacidad de prescindir de todo entorno que no sea el individual-privado —la familia, las redes de contactos, acaso los amigos—, porque somos héroes capaces de afrontar el riesgo del mundo real, que no es otro que el del mercado. Con su codicia, crueldad y darwinismo, sí, pero al fin y al cabo verdadero, productivo tanto de objetos de consumo como de seres capaces de competir por demostrar quiénes son y cuánto valen.

Todo este mundo, construido como un mecano desde el Estado provee un marco simbólico de adscripción y autocomprensión, el aspiracional, potente mito político en el cual los demás son a la vez una referencia para demostrarles y demostrarse la propia valía, y ese otro que amenaza mi mundo y mi salvación.

Pues bien, la pandemia nos ha puesto en un brete: para seguir siendo egoístas privados —esos salvajes civilizados y cosmopolitas— debemos recuperar, al menos temporalmente, el sentido de comunidad. En ese aspecto, el virus posee un componente especialmente paradójico: la amenaza de muerte no se cierne sobre la mayoría de la población, sino sobre su parte más vulnerable (los ancianos con dolencias coronarias o respiratorias y los bebés), es decir, el grupo menos productivo para ese mundo real del mercado, el menos capaz de competir por lo suyo e incluso de disfrutar, en última instancia, del planeta Premium. Como en Salvar al soldado Ryan, para rescatar a uno es el grupo de élite el que debe sacrificarse. ¿Qué sentido puede tener esto en el marco valorativo Premium, ególatra, presentista y aniñado?

Quizá el síntoma más notable de esta paradoja poética y burlona es que la pandemia nos ha recordado el carácter político del Estado. A fuerza de verlo como nuestro empleado, al que le pagábamos con nuestro dinero para que fuera eficiente en darnos seguridad para poder ser uno mismo, habíamos olvidado eso que ahora más requerimos: su capacidad inclusiva, la competencia que ninguna otra autoridad comunitaria tiene de fijarle metas a cualquier ámbito de actividad privado, para poner a salvo la vida social. Y encima nos dice qué hacer para preservarnos, nos impide circular (¡el Estado guardia de tráfico!) y nos salva con sus médicos, enfermeros y hospitales. Todo eso de lo que habíamos huido como la peste.

Que haya sido una emergencia mundial la que ha obligado a los Estados a priorizar episódicamente la cooperación sobre la competencia, lo comunitario sobre lo privado y lo colectivo sobre lo individual muestra la debilidad en que se encuentran los valores igualitarios. Harían mal las fuerzas transformadoras en fiarlo todo a la crisis, a la siempre y ahora sí verdadera y definitiva crisis que siembre el atajo para construir la auténtica sociedad humana. Por el contrario, sólo parece mostrar el largo y duro camino de persuasión que les queda por recorrer.

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Javier Franzé es profesor de Teoría Política de Universidad Complutense de Madrid.

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