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Plaza Pública

Fin del consenso, ¿reverdecer de la democracia?

Publicada el 21/05/2020 a las 06:00

En medio de una cruel pandemia y de un duro confinamiento, España —segundo país del mundo con más muertes cada cien mil habitantes— asiste al aumento de la conflictividad política. El discurso de la Transición, que presentó el consenso como límite del cainismo y requisito de la democracia, no puede entender este presente sino como desorden.

Entre los valores que ese discurso de la Transición reclama para sí se halla el sentido de Estado, entendido como mirada de medio-largo plazo, aquello que le confiere “seriedad” y —en el mejor de los casos— carácter de estadista al gobernante. Otro de sus valores es el consenso y el centrismo, la moderación. Estos valores clave se realimentan: sólo el centrismo y la moderación conducen —siempre según este discurso— al medio-largo plazo y evitan la vuelta del conflicto civil, producto de los sectarismos. El resultado es conocido: una democracia entendida como pacto que intercambió olvido del pasado por Estado social (y autonómico) de Derecho. La típica tensión europea entre democracia social y primacía del mercado, entre socialdemocracia y neoliberalismo, se solapa en España con la tramitación del pasado, la omnipresencia muda de la guerra civil. Aquí no hubo Segunda Guerra Mundial, sino franquismo.

Esta fórmula política da hace tiempo muestras de agotamiento. Un ejemplo de ello ha sido el frustrado intento del gobierno de reeditar los Pactos de la Moncloa como salida consensualista a la crisis de la pandemia. La propuesta de Sánchez era ya una muestra de esa impotencia a la que condena la falta de imaginación: reeditar viejas formas de un pasado que ya no es. Lo más sencillo sería afirmar que el proyecto fracasó porque la derecha se ha radicalizado. Sí, pero no exclusivamente: los partidos denominados “nacionalistas” vieron con recelo la reedición de esos pactos y, probablemente, Unidas Podemos también.

Es decir, los dos ejes de la política española, izquierda-derecha y centro-periferia ya no son funcionales a la lógica de la Transición. El primero porque no tiende “mecánicamente” al centro y, el segundo, porque no abona la colaboración, lo cual ha quedado expresado en la llamada “cuestión catalana” y en que ya no se puede formar gobierno como antaño. De hecho tenemos por primera vez desde 1978 un gobierno de coalición de izquierdas.

La realimentación de los dos valores clave de la Transición ya no opera. Aun en una situación de extrema excepcionalidad, en la que se trata de evitar muertes, no hay —sobre todo en la derecha— mirada de medio-largo plazo sino tacticismo beligerante, lo cual cierra el camino al consenso “centrista”. Si se quiere, la proliferación de discursos que señalan a una minoría como culpable de los males del pueblo (el primer Podemos, a veces Vox) puede tomarse como un síntoma de esto. También el rechazo a jugar en un espacio común, llamado “España”, por parte del soberanismo y del independentismo catalanistas.

¿Y si se entendiera esto no como síntoma de fracaso sino de madurez de la democracia en España; es decir, no como el retorno del cainismo sino como su superación, en tanto el orden político es capaz de soportar y contener más conflicto en su interior? Apocalípticos e integrados de la Transición, los que la denominan “Régimen del ‘78” y los que se autodefinen como “constitucionalistas”, rechazan el nuevo escenario: unos por el auge de la extrema derecha y el neoliberalismo, los otros, por la inminente reaparición de “los comunistas” (hoy según ellos disfrazados de populistas y chavistas).

Contra lo que parece, quizá estos dos discursos estén más atrapados en los presupuestos del discurso de la Transición de lo que imaginan. En efecto, ambos a su modo reeditan un imaginario consensualista, según el cual sólo el acuerdo amplio e intenso alrededor de sus valores es el requisito de la verdadera democracia. Para ambos, es el otro —sea la derecha o la izquierda— el que debe transformarse radicalmente para que la democracia sea posible e incluso “homologable a la europea”. Como si en Europa no existieran los Johnson, Salvini, Orbán, Le Pen, etc.

Vale la pena hacer el ejercicio de pensar que el conflicto y, en especial, la pugna entre izquierda y derecha, ahora sí está presente de modo abierto, lejos de aquel consenso “centrista” de la Transición, que presentaba la diferencia entre PP y PSOE como el no va más. Eso es lo que ha envejecido de la Transición… o lo que ha madurado en la democracia española. Conflicto y democracia ya no se contrarrestan, sino todo lo contrario. El conflicto izquierda-derecha no ha vuelto en España: nunca se fue, pues el eje arriba-abajo que Podemos no logró instaurar no se entendía sin el sentido anti-elitista igualitario que le proporcionaba el eje izquierda-derecha, y su presente no es ya limitado como el de la Transición.

En efecto, no hay nada a priori en esta nueva conflictividad que, por ejemplo, impida a la izquierda avanzar en la igualdad que falta, para realizar su idea de democracia, que no tiene mucho que ver con la de la derecha. Es lo que está haciendo con éxito Vox respecto de sus valores en el espacio de la derecha. Quizá aquí esté la clave: la democracia, como todo valor común, lo es precisamente porque —contra la idea de la Transición— no podemos compartir al detalle su significado. Por eso la democracia necesita el conflicto: no para dirimir de una vez por todas el sentido último de la democracia, sino para persuadir y construir una voluntad democrática afín a la perspectiva que se sostiene.

El orden de la Transición construyó su hegemonía sobre la base de un consenso intenso. Pero hegemonía no equivale a consenso tal como lo entendió la Transición. El discurso de la Transición era tan compartido y abarcador que restaba lugar al pluralismo, condición de la hegemonía. De ahí que para algunos no compartir totalmente ciertas ideas consensuadas sea sinónimo de ser “comunista”. Esto ahora ha cedido: la democracia de la Transición ya no es la única posible, ni la democracia cabe ya en el discurso de la Transición. La política es la lucha por la política, recuerda Rancière, para quien la política… es la democracia como poder (voz) de cualquiera.

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Javier Franzé es profesor de Teoría Política en la Universidad Complutense de Madrid

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1 Comentarios
  • GRINGO GRINGO 22/05/20 13:49

    Desacostumbrados al juego democrático, adictos al bipartidismo, nos suena "raro" algo que en el resto de democracias, salvo EEUU, es habitual.

    Se llama "negociación" y sucede cuando no hay mayorías absolutas.

    Alemania, que la tenemos hasta en la sopa, desde la II Guerra Mundial no ha tenido más que UN gobierno monocolor, solo UNO.

    Ésto ha evitado que sea un país referencia mundial, NO, aquí en cambio "negociar es un desastre" y nos llevará a la ruina. Que se lo cuenten a los que ya están en la ruina, y desde hace muchos años, algunos toda su vida.

    Vaya "democracia homologable" que tenemos....

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