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Soterrar el dolor, aventar la indignidad

Jesús Izquierdo Martín
Publicada el 29/06/2020 a las 06:00

¿Cuánto tiempo deseando un espacio público en el que tengan voz quienes cargan con el dolor del pasado traumático? ¿Cuántos años esperando a que se desestabilice la memoria hegemónica de los de siempre? Es una eternidad que paradójicamente se acorta. Otra forma de abordar la esperanza. Hoy sabemos que la historia es una convocatoria del pasado hecha desde el presente; también reconocemos que la memoria es irrupción del ayer en el hoy. Y si es irrupción del pasado, entonces la memoria no puede ser una actividad que los ciudadanos controlen como si fuera una decisión racional, como si se tratara de un juicio para tomar una cerveza o escaparse a la segunda vivienda, como ahora es habitual entre quienes abandonan sus cacerolas y su revanchismo para dedicarse al entretenimiento. Lo sabemos y así lo tratamos. Con todo, los patriotas de bandera no han dejado de creerse poseedores del monopolio de una memoria que desparraman hacia los demás, hacia los supuestamente confundidos por un recuerdo que aquellos consideran nimio.

Existe entre esos españoles de blasón un deseo incontinente de imponer al resto de los ciudadanos un recuerdo y, su contraparte, un olvido. Como si los espectros del pasado, los fantasmas sin conjurar por el duelo, no fueran el efecto de una emoción incontrolable, ajena a la decisión de quien los pena. La derecha se atreve incluso a tirar de argumentos que intentan ridiculizar ese ayer calificándolo como “la guerra del abuelo”; también pulula una determinada izquierda que insiste en la posibilidad de “echar al olvido” el recuerdo amargo. Ambas posiciones reafirman el mismo objetivo: quienes han sufrido un trauma pueden manejar a voluntad la memoria, y no solo ellos. Para ambas posturas también deben ser ignorados quienes padecen lo que la especialista en literatura comparada, Marianne Hirsch, denomina postmemoria, esto es, el recuerdo indómito que heredan hijos y nietos de quienes experimentaron directamente el horror. Los de la enseña roja y gualda desconocen –a veces intencionalmente- que la elaboración de esa memoria herida implica un complejo proceso de tratamiento dirigido a paliar el dolor. Nunca se completa del todo. Hace tiempo que lo lleva contando otra mujer excepcional, la psicóloga clínica Anna Miñarro. Años de estudios y más años de predicamento. Y el mismo desdén por parte de los abogados del silencio.

Aquí seguimos, con esos ciudadanos envalentonados que entierran capa tras capa el dolor de los demás para negarlo, para echar barro por medio y rociar su superficie con el aroma del recuerdo encubridor. Un recuerdo amparador que comenzó hace tiempo, enarbolando los actos heroicos de quienes habían logrado expulsar la anti-España y vencer el comunismo. Que luego se asentó en el convencimiento de que lo conmemorable eran los episodios relacionados con la paz social y, con ella, el desarrollismo económico y la democracia orgánica. Y finalmente se afincó en una memoria democrática en la que el protagonismo se adjudicó a algunos patriotas de orígenes tan poco democráticos como Manuel Fraga o Adolfo Suárez. Nada objetaron ni objetan los de la bandera. Son sus raíces. A partir de ahí se nos impuso machaconamente una evocación según la cual todos los ciudadanos de los años 30 fueron culpables de la catástrofe de la guerra y se estableció una memoria donde los nuevos españoles habían aprendido a ser racionales y, sobre todo, europeos. Todos los demás recuerdos no eran más que viejas elucubraciones apolilladas, sin sentido, no merecedoras ni de dignidad ni de reconocimiento. Yo no sufro, entonces, ¿quién sufre? Así piensan estos ciudadanos de empatía exigua. Lo hay y muchos.

Los más impulsivos beligerantes de la memoria franquista acusan de actos violentos a los represaliados de antaño. Evidentemente, en una cultura que formalmente ha asumido el dictum de que los conflictos se resuelven dialógicamente o mediante controversias jurídicas –obviando la violencia creciente y no tan sibilina de nuestros Estados- resulta difícil afrontar ese terror de izquierdas. A veces incluso hemos aceptado el dulce concepto de víctima en un sentido colindante a lo que estipula el derecho: víctima es quien “ha sufrido una pérdida, lesión o daño en su persona, propiedad o derechos” como efecto de la violación de la legislación penal nacional o de los derechos humanos reconocidos internacionalmente. Se sortea así el principio de agencia de la víctima y se omiten su condición de sujeto político y sus actos violentos, si los hubiere. Y es innegable que la izquierda cometió numerosos actos de terror durante los años 30. Rechazarlo sería una torpeza moral y factual. Ahora bien, incluso así, reconociendo esa violencia tan extraña, es posible afirmar que nuestra tradición democrática se enraíza en muchas de las prácticas políticas y los objetivos sociales de esa izquierda, y se desentiende de los argumentos y actividades que el franquismo inventó y ejecutó para ganar su fútil legitimidad. Salvo para los vástagos de la derecha.

Los retoños del franquismo lograron establecer los límites públicos de lo recordable. Y los recuerdos alternativos se constriñeron al espacio de lo personal o lo comunitario. Durante décadas. Este dominio del recuerdo sobre el pasado es territorio de una conquista colonizadora, en este caso, de la memoria. El psicólogo martiniqués y revolucionario Frantz Fanon ya lo advertía en sus reflexiones sobre los procesos colonizadores: ocupar el pasado de los pueblos colonizados a través de un relato histórico favorable a los parabienes de las metrópolis es tarea crucial en la fijación de una sociedad subalterna. El franquismo desplegó una guerra colonial –ejecutada por el ejército de África- y una memoria colonialista. Es esta la que orienta la práctica habitual de los españoles de pisar un territorio jalonado de fosas comunes como si se tratara de un trigal segado en pleno verano: evitándolo, como si ya no existiera. Desmemoria y desconocimiento.

Y es que la memoria hegemónica suele ser uno de los recursos más activos de las dictaduras no vencidas; solo cultural y políticamente “transicionadas”: el franquismo trazó un recuerdo que cubría la memoria de los otros, la de quienes experimentaron el horror de la guerra y la dictadura. Comenzó esta labor cuando colmató el Valle de los Caídos con asesinados y muertos republicanos extraídos de fosas comunes con “nocturnidad y alevosía”. Todos bajo la misma bóveda fascista de la basílica. En los últimos cuarenta años, esta democracia en la que ejercemos de demócratas cada cuatro años nos empachó de muertos por ETA, no se sabe si por hacer honor a aquellas víctimas –a las que les asisten todo el reconocimiento- o para esconder el daño experimentado por otros asesinados de la mano de la extrema derecha y el Estado. Y es que, por mucha esperanza que alentaran aquellos años que comenzaron en 1975, no dejó de ser un tiempo de violencia y muerte. La historiadora francesa Sophie Baby así lo ha demostrado en un reciente libro. Y lo saben bien los otros violentados de Euskadi. De los que poco se habla y mucho se bufa.

Pero lo peor viene ahora. Los herederos de esa memoria hegemónica, los que miran al pasado con la nostalgia del vencedor o los que dirigen sus ojos al futuro sin considerar el duelo del vencido, encubriendo la presencia del ausente, vuelven a soterrar la dignidad de otras víctimas, los ancianos del covid-19, y a apropiarse de su dolor. Porque es incalificable que un gran número de ancianos fueran aislados hasta la muerte durante el confinamiento en esas residencias marginadas, en esas zonas de exclusión sanitaria, mientras estos sujetos, acostumbrados a engullir las otras memorias, vuelven a construir un recuerdo en el que “aquí no pasó nada” salvo los errores del gobierno Sánchez. Un capítulo más en su larga tradición de negaciones. Harán lo que puedan para borrar toda huella de los protocolos de excepción que, supuestamente (por ahora), la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid envió a las residencias para que se hiciera la “selección” de ancianos que condujo a muchos de ellos al colapso vital. Seguirán, seguramente, construyendo una evocación que les limpie de toda mácula, expandiendo su dominio memorial sobre las nuevas víctimas, a las que lloran con lágrimas de cocodrilo sin reconocer su discriminación y su abandono públicos. Continuarán ensimismados en su territorio de exclusividad dando nueva leña a un viejo fuego, aventando la indignidad. Sin embargo, no olvidamos.

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10 Comentarios
  • Pormlher Pormlher 02/07/20 17:22

    Me sorprende cómo no se solucionó en mas de 40 años tanta impunidad de crímenes franquistas. ¿A quien benefició?

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  • MPAC MPAC 29/06/20 17:22

    Enhorabuena por su comentario Don Ezquierdo Martín.
    Todo esto es muy triste...

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  • Atlant*** Atlant*** 29/06/20 15:29

    Las generaciones silenciadas: 1910 / 1975, -hombres y mujeres enmarcados en dos fotos de nuestra historia reciente. Una de conspiración y guerra para destruir una República Democracia legitimada por el pueblo con sus votos: otra de terrorismo organizado por los fascistas españoles sobre un pueblo inocente e indefenso durante los cuarenta años de silencio y oscurantismo impuesto, que hizo que en el corazón de nuestros padres y madres incrementara el valor del sacrificio y la austeridad. Jóvenes que saben del ruido de las bombas que destruían la Democracia construida con su esfuerzo y sacrificio y, -también con sus errores, por supuesto-. Otros llegamos unos años después de acabada la guerra. Todos por igual sufrimos hambre y calamidades alimentado por el odio y sectarismo de una derecha incapaz de aceptar la pluralidad de ideas y pensamiento. Niños, en la mayoría hijos de aquellos jóvenes que fueron movilizados a la fuerza, contra su voluntad por el bando enemigo para mandarlos a la guerra a defender una causa que no era la suya. Jóvenes que cuando regresaron a sus lugares, una vez acabada la guerra. Allí les esperaban los caciques de siempre, rodeados de sus afines falangistas, curas y chivatos de todos los colores, conocedores de sus historias y compromiso con la República Democrática destruida. Miles fueron a campos de castigo y torturados, no solo a latigazos, también con el hambre y la suciedad, falta de higiene personal en todos los sentidos; un porcentaje mayor desaparecidos; hoy en fosas comunes, cunetas de caminos y carreteras: en mi tierra, arrojados a pozos, simas de volcanes, barcos convertidos en prisión y luego tumbas submarinos.

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  • Atlant*** Atlant*** 29/06/20 15:27

    También, desde las embarcaciones eran arrojados al mar dentro de sacos que se utilizaban para los productos del campo. En Gran Canaria, el método fue arrojarlos por los acantilados, cerca de Las Palmas, en un lugar llamado “La Laja”; los compañeros de mi padre me contaban que muchos cadáveres aparecían en las playas y por toda la costa desde Las Palmas hasta el sur. Hasta aquí unas pinceladas a título de dar a conocer una brutalidad que, parece que a muchos se les ha olvidado, naturalmente, me he concentrado más en lo que ocurrió en mi tierra, que es lo que más conozco, pero válido para toda España. Los camiones de la muerte visitaban los domicilios de los señalados por los falangistas y chivatos, normalmente por las noches: a los que sorprendían en sus casas, no se les volvía a ver más con vida. En el caso de mi padre, por ejemplo: lo secuestraron en su puesto de trabajo. Tuvo la suerte de que unos momentos después apareciera por allí el dueños de la finca don trabajaba. (Era Gallego), cuando sus compañeros le contaron lo ocurrido, salió con su coche detrás del camión y lo rescató del cuartelillo improvisado que tenían en uno de los edificios confiscados al sindicato UGT, con la advertencia de que aquella persona quedaba bajo su responsabilidad y que no se le volviera tocar. Antes de esto, mi padre había sido movilizado contra su voluntad y estuvo en la guerra hasta la batalla del Ebro. Pero allí, como decía anteriormente, le estaban esperando. Era un hombre culto comprometido, no solo con la República, sino que además dirigente sindicalista. . Estas cosas, , me lo fueron chivando sus compañeros de trabajo que después fueron compañeros mío desde niño con trece años y antes de su muerte, hasta cumplir los 19.

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  • Atlant*** Atlant*** 29/06/20 15:25

    Hoy, los mismos que destruyeron la República Democrática de nuestros padres, siguen en el empeño de destruir la Democracia de sus hijos que con tanto sacrificio hemos podido sacar adelante, -no es perfecta-, pero si por ellos fuera, la pondrían al servicio sólo de los suyos y bajo su excluyente parecer. Hoy, los hijos de aquellos jóvenes somos niños mayores: 70 – 80 – 90 años. Un porcentaje considerable en residencia de mayores: naturalmente, nuestro poder económico no es el mismo del de los señoritos, los cuales pueden elegir residencias que son semejante a hoteles de primera con todas las atenciones higiénico sanitarias cubiertas. -No, con nosotros se hace negocio-. Nosotros somos parte de la historia de España. Somos todo lo que nos contaron nuestros mayores, más todo lo que hemos recogido en nuestro camino. Buena parte somos clientes de residencias de mayores donde nos cuidan a cambio de nuestros ingresos y los pocos bienes acumulados. El funcionamiento de la mayoría de las residencias es precario: escasez de personal, las comidas suelen ser un desastre, la higiene y los cuidados personales mínimos o ausentes. Todos estos defectos a los que habría que sumar algunos más, se vienen denunciando desde hace tiempo. Este virus ha dejado al descubierto la miseria en que se desenvuelven muchas. ¿Por qué se producen tantas anomalías, -cuando no abusos con nosotros- ? Por un desprecio absoluto de muchos políticos que han optado por privatizar la mayoría de las residencias públicas en manos de especuladores y fondos buitre sin ningún escrúpulo ni sentido humanitario, en ningún momento se van a preocupar por nuestra salud y bienestar. “Somos mercancía”

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  • Atlant*** Atlant*** 29/06/20 15:24

    No se van a preocupar porque tanto para ellos, como para los políticos que les ha entregado el negocio, somos simple mercancía especulativa, nunca un ser un humano, a cuidar como nos merecemos: llegar a aquel bien al que todos aspiramos al final de nuestros días. Esto, a los explotadores les importamos un carajo, somos pieza de su negocio. Y, no solo maltratan a los mayores a su cargo: también a todo su personal con salarios de miseria, horarios abusivos y escasez de personal. Pero en todo ello: los más culpables son los políticos responsables de gestionar la salud de los españoles; nos han convertido en mercancía de su negocio privado. No solo eso, también han privatizado los hospitales públicos construidos con el dinero de los contribuyentes. Y, Para colmo, los recortes en los pocos que quedaban de dominio público han sido continuos, sobre todo en la comunidad de Madrid. A tal extremo han llegado, que cuando ha venido una emergencia como la que se nos ha presentado con esta pandemia, estaban sin recursos para hacer frente a lo que exigía la situación. Y, los privatizados estaban reservados para los que podían pagárselo sin que importar el monto de su factura si por casualidad les caía el bicho encima. –Esto-, en cuanto a las públicas privatizadas; pero es que aquellas que son de iniciativa privada tendrán que cumplir con los requisitos establecidos por las autoridades competentes: -si no existen estos requisitos-, hay que promulgarlos para que sean de obligado cumplimientos para todas las que quieran ejercer servicio público como es el cuidado de las personas. A partir de aquí, inspecciones para que no haya un relajamiento en su cumplimiento.

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  • Atlant*** Atlant*** 29/06/20 15:22

    Con todo lo aquí dicho y en gran parte sufrido en primera persona. Quisiera que me entendieran que no deseo venganza, no deseo un ajuste de cuentas: ni con los del pasado ni con los del presente. No puedo odiar, en mis ideas no anida la venganza; cualidades que desde el fanatismo religioso en qué está inmersa toda la derecha no posee: y como no lo posee, no le podemos pedir ese beneficio. -Desde siempre y en situaciones muy difíciles- he luchado por la democracia.

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  • Fernandos Fernandos 29/06/20 11:09

    No se puede olvidar, es nuestra triste historia y aquellos criminales no pueden seguir en el pedestal que lo pusieron sus encantados participantes.

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  • paco arbillaga paco arbillaga 29/06/20 07:47


    «…vuelven a soterrar la dignidad de otras víctimas, los ancianos del covid-19, y a apropiarse de su dolor» como se apropiaron del dolor de las víctimas de ETA, de los atentados de los trenes de Madrid,, incluso lo intentaron con el dolor de lo familiares de los militares muertos en Turquía.

    Eso sí, para los asesinados por el dictador que tanto admiran y del que tanto han aprendido, para los cadáveres que aún siguen enterrados en las cunetas, para quienes quieren buscar los restos de sus familiares, para todos ellos el olvido, a veces el desprecio, e incluso insinuaciones de que lo que querían eran solo las subvenciones que podían sacar al Gobierno.

    Esta especie de buitres humanos, bastante más dañinos que los buitres reales, ahora han echado sus manos sobre los cadáveres de miles de ancianos algunos de los cuales han tenido una muerte horrorosa en soledad y sin asistencia de ningún tipo.

    Sería intolerable, habríamos perdido la dignidad si consentimos que se intente sacar provecho de esta tragedia en la que el PP madrileño ha tenido un papel principal. ¿Acaso esta gente no tiene ni un mínimo de humildad, de inquietud intelectual, para conocer las causas por las que ellos también cometieron importantes errores y conociéndolas tomar medidas para que no se repitan? ¿Su única solución, además de echar la culpa a los demás de todo lo malo, es privatizar la Sanidad, las residencias?

    «Sin embargo, no olvidamos»: con eso no basta; ¡no lo debemos consentir! Osasuna.

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  • Hola Larri Hola Larri 29/06/20 07:26

    Completamente de acuerdo. Hacen falta muchos artículos como el presente para que las cosas se pongan en su sitio y no se olviden, sobre todo esto último tenemos que evitarlo.
    Quizá lleguemos un día a perdonar pero olvidar, nunca

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