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Madrid, otra vez

Rafael Alonso Solís
Publicada el 17/10/2020 a las 06:00

En memoria de Juan Santiso, periodista eterno, guerrero invencible, que falleció en Madrid la madrugada del 16 de octubre de 2020 durante la última lucha que había emprendido. Buen viaje, compañero del alma.

Ramón Gómez de la Serna, creador –junto con Larra, Umbral y Valle-Inclán– de alguna de las miradas literarias más personales sobre Madrid, escribió en una ocasión que la Puerta del Sol era «la vitrina del pasado pintoresco», refiriéndose a que en ese epicentro urbano se habían manifestado auroras boreales, anunciado levantamientos militares, jaleado y denostado reyes, y asesinado, de certeros disparos, a líderes políticos. Como el pasado siempre llama más de una vez, sigue siendo el lugar donde desembocan los ríos subterráneos de la ciudad, donde los titiriteros en paro se transmutan durante unas horas en esculturas de imposible equilibrio por unas pocas monedas, y donde las dos Españas se parten la cara cíclicamente.

En Madrid, al igual que en otras ciudades sin mar, a veces se inauguran sus puertos –como hacen o hacían, una vez al año, los habitantes del Valle del Kas–, o se construyen albercas para pobres –como hizo Franco con el Parque Sindical, para que se mezclaran los fluidos y se facilitara la difusión comunitaria de las enfermedades de la época–. En sus barrios chinos ocultos aún se esconden rincones portuarios, en los que el olor a marisco descompuesto se mezcla con el de alcobas de comercio oscuro y el de fritangas de entresijos. En algunas esquinas, es posible toparse con corsarios jubilados, de patillas alargadas y piernas de madera de chopo, con púgiles sonados que creen recordar sus triunfos inventados en el Campo del Gas, o con yonquis supervivientes que comparten cartones para pasar la noche con visitantes llegados de lejos en los soportales de la Plaza Mayor. Cerca de allí, hace poco más de un año, recordando la profecía angustiosa y fracasada de la ciudad durante su sitio histórico, dos mujeres adolescentes proclamaron durante horas que Madrid sería «la tumba del fascismo». Desgraciadamente, en el viejo corral de comedias por cuyas noches paseó por última vez Max Estrella, orinándose de pena y frustración a la puerta de su casa, no parece que ese deseo se vaya a consumar.

Como si se tratase de un plan trazado en los laboratorios donde cocinan las élites, o como si fuese simplemente una coincidencia cogida al pelo, Madrid ha sido elegido como uno de los escenarios de una batalla que no solo se libra allí, pero que en el caso de España suele terminar de mala manera y siempre la ganan los mismos. Y si, también hace un par de años, por sus calles, sus huertas, sus depósitos y sus atochares –por utilizar hallazgos de Ramón– corrió un vientecillo de esperanza con nombre de Manola, ahora ha vuelto a adoptar el aspecto de un garaje sucio, poblado de humo, con una clara y bien definida división por clases sociales, y en el que ondean banderas de guerra. En forma de aviso cobarde y repugnante, anoche, a martillazos, con alevosía y en el aniversario de su nacimiento, por orden del alcalde y siguiendo las exigencias de los herederos de un franquismo que permanece, los funcionarios municipales arrancaban la placa dedicada a Francisco Largo Caballero, quien fuera pintor de paredes de pisos al estucado, sindicalista, socialista y legítimo presidente del Consejo de Ministros durante la guerra civil española. En su crecimiento como ciudad teatral y cuna del esperpento, en Madrid se han amalgamado los detritus de los señoritos y las fatigas de los inmigrantes. Su actual deriva al disparate y el liderazgo de la derecha más extrema que han asumido sus gobernantes, sin embargo, no es la consecuencia del destilado ultraliberal o la chulería pija de una psicópata, sino de la estrategia de un partido político que, incapaz de aportar una propuesta sensata a la situación sanitaria de la ciudad, y recientemente condenado por apropiarse de fondos públicos para su beneficio y el sobresueldo de sus dirigentes, ha decidido comenzar la guerra precisamente allí.

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Rafael Alonso Solís (Madrid, 1947) ha sido catedrático de Fisiología y director del Instituto de Tecnologías Biomédicas de la Universidad de La Laguna.

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6 Comentarios
  • Estadea Estadea 18/10/20 01:27

    A joderse y seguir lamiendo las hostias.

    Somos un país donde nadie se moja por nada.

    Quieres mas sueldo?? Que lo consigan los sindicatos.!!!

    Hay que ir a la huelga y manifestarse.??

    Que vayan ellos para eso cobran.

    Los PP CS VOX desde casa y sus buenos sueldos.

    Ellos tiene caja B. Y si no la tienen, la caja C de cazos, comisiones, etc

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  • Jaca1930 Jaca1930 17/10/20 14:01

    Al menos lo referido a Largo Caballero y a Indalecio Prieto ha servido para algo: que ese lobo y esa loba disfrazados de corderos, apellidados Martínez Almeida y Villacís, hayan enseñado la patita. Y en el caso de la segunda, desde el cinismo más repugnante una vez consumado el hecho.

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  • Pelias Pelias 17/10/20 13:27

    Al PP no hace falta que le dicten nada, Canija, se las tiene todas bien sabidas. Tampoco le hace falta ultraderecha, pues ya lo es. ¡Faltaría más

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  • Larry2 Larry2 17/10/20 11:50

    Gracias por el artículo. La alcaldía de Madrid ha dado la nota en la ciudad con los martillazos a la placa en homenaje a Largo Caballero. Este pequeñito alcalde elegido por los madrileños, tiene ahora dos funciones alcalde y portavoz de un partido corrupto, que esta a rebufo de su filial Vox, y que quieren organizar Madrid y su comunidad a su antojo. Habrá que hacer una reflexión profunda porque Madrid esta gestionada ahora mismo por esta gentuza, agur.

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  • renacimiento renacimiento 17/10/20 09:19

    Sr. Alonso, gracias por  un artículo exquisito y lleno de historia y matices, para reflexionar y aprender.

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  • Canija Canija 17/10/20 09:18

    Es una situación absolutamente lamentable la que está protagonizando el PP a expensas de lo que le dicta la ultraderecha

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