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La cultura del paisaje

Guillermo Busutil
Publicada el 26/01/2021 a las 06:00

El paisaje es la conciencia de lo que somos. Nos devuelve la mirada de las emociones y la memoria a la que pertenecen. Nos recuerda la relación existente entre las cualidades del territorio y la comprensión del mismo como entidad ecológica, como creador de una identidad cultural. Cualquier ciudad posee en este sentido sus raíces personales, su capital paisajístico territorial. En el caso de Málaga, la mediterraneidad, la luz, el vínculo con un mar del que proviene su fundación, su historia, su singularidad y su progreso son la naturaleza de su patrimonio. Esta es la razón por la que la Plataforma Defendamos el Horizonte ha elaborado un Manifiesto en favor de la cultura de su paisaje –apoyado por más de 300 prestigiosos nombres de la literatura, de la música, de las artes plásticas y escénicas, del periodismo, la universidad y la arquitectura– ante la amenaza del proyecto de un rascacielos cuya implantación en la proa de su bahía supone un grave impacto irreversible sobre la imagen y personalidad de Málaga. Uno más en un territorio colmatado en su costa desde la construcción de los años sesenta, elevada al cubo durante la década gilista y las posteriores. De su vestigio, la Costa del Sol se duele de numerosos zombis de cemento y hormigón, símbolos irreductibles de las promesas del empleo y del desarrollo del turismo que enladrillaron los paisajes que nadie desenladrilla. Ahí está el Algarrobico de Almería, cuya sombra planea sobre el rascacielos que parte en dos la marea de su horizonte y pretende dejar ciego al poético cíclope de La Farola malagueña.

Será el Consejo de Ministros, con cultura o sin caso de la misma, el que ejecute sentencia sobre la última torre de las vanidades de la aleixandrina ciudad del paraíso, con inversión catarí y empresas pantallas que va metamorfoseando su oferta: que si un hotel vip de seis estrellas con casino de esmoquin, que si apartamentos para fortunas sin vértigo, que si un mini palacio de Congresos. Becerros de oro para los de a pie con necesidad de encantamientos, y más que pingües ganancias para quienes se reparten el negocio privado por arriba y quién sabe si también por abajo, en un dique de levante al que los temporales le están desgarrando gravemente el espaldón del puerto. La peligrosidad del proyecto, las consecuencias provocadas por la temperatura nerviosa del clima, no afecta al mantra de los promotores –tan eficaces en la política y en algunos medios de comunicación– de una nueva ficción para el turismo, investido con la misma importancia iconográfica de la Torre Eiffel (desproporcionado elogio para el arquitecto sureño). Cuanto más gloriosa es la comparación más fácil se compra a cambio la fascinación del pueblo, dispuesto a que Málaga sea Nueva York, Barcelona, Dubai, Benidorm, cualquier franquicia más moderna en su artificio.

El paisaje no es una imagen sepia o el tecnicolor de postal con reverso de suvenir. Pero tampoco es el paisaje un solar de mercado a merced siempre de la explotación privada y de las necesidades de financiación de los partidos políticos. Y mucho menos un Monopoly millonario entre empresarios con pedigrí de tiburones y capital colonizador –recuerdo aquel árabe también que en la Granada de finales de los sesenta estuvo a punto de talar una parte del bosque de la Alhambra y el Carmen romántico de Los Mártires para erigir un lujoso hotel que atrajese las Perseidas del turismo–. Seguro que en muchas otras ciudades recuerdan otros intentos de pelotazos. De su memoria, al igual que su presente, deberíamos ser capaces de pensar, de interrogar, de soñar y reivindicar qué modelos de ciudad queremos habitar; qué medios de comunicación queremos que nos orienten, y dar una voz hacia delante como una ciudadanía ética, utópica, crítica, independiente y constructiva. Qué necesaria suena, y qué poco la ejercemos.

El alma nunca se ha vendido por amor. Es el dinero el que todo lo anhela y lo compra. Sucede con este rascacielos ante cuya magnitud económica los grupos políticos, que tan escasamente se ponen de acuerdo, han traicionado su propio Convenio Europeo del Paisaje que reconoce jurídicamente el paisaje como patrimonio de la sociedad (patrimonio que contribuye a la calidad de vida de los ciudadanos y a la consolidación de la identidad europea); la Estrategia Paisajística de Andalucía de 2012; las advertencias de los técnicos de que en las zonas portuarias y logísticas del litoral andaluz existen serios riesgos de "estandarización" y "contaminación visual". Lo mismo que el informe en contra de ICOMOS, entidad colaboradora de la UNESCO, y las más de 400 alegaciones ciudadanas, de las que la mayoría no han sido debidamente respondidas. Entre ellas las que aluden a que la torre anula el protagonismo de los verdaderos significantes de la identidad de la ciudad, como la Alcazaba, la Catedral o la Farola, emblema singular de su mediterraneidad cultural y uno de los principales iconos de referencia internacional cuya funcionalidad sería apagada y desprovista de su histórico cometido. Que el proyecto va en dirección contraria a la necesaria adaptación al cambio climático y a la sostenibilidad ambiental. O las consecuencias ecológicas en una zona habitual de delfines y otras especies marinas, y la importancia, que no dejan de reivindicar ahora los urbanistas, de zonas verdes, de espacios transitables para el paseo y el pensamiento emocional de la mirada. Especialmente en esta época marcada por el exceso de consumo, el exceso de especulación, el exceso de fake news, el exceso de contaminación, el exceso de selfies, y sobre la que el covid-19 reclama que abramos los ojos y cambiemos paradigmas.

Nada de todo esto parece tener valor político. "La nueva Málaga necesita –según su delegado del Área de Ordenación del Territorio– un hito que nos haga conocidos, al igual que fue el Hotel Vela en Barcelona". Esta es la nueva falsa piedra filosofal para el futuro de Málaga. Y para los mismos que en su día defendieron unir la ciudad y el puerto, derribar un Silo de sus muelles por su impacto visual en el paisaje, y actualmente proclaman su conversión en una ciudad verde y sostenible, pero, eso sí, con muchos rascacielos –lógicos en parte por la carencia de suelo pero en lugares de menor impacto desde luego– en lugar de jardines que no generan autoestima ciudadana, promovida por aquellos que ante el Manifiesto de la Cultura ladran desde sus áticos, pues cabalgamos. "Si no le gustan mis principios, tengo otros", dijo Groucho Marx, sin que sepamos si pensaba en nuestra clase política. ¿Cuántos proyectos nos van a seguir vendiendo en Andalucía con el eslogan de Bienvenido Mr. Marshall?

Nombres de la talla de Emilio Lledó, Manuel Rivas, Julio Llamazares, Miguel Ríos, Manuel Vicent, Elvira Lindo, Cristina Morató, fundadora de la Sociedad Geográfica de España; Irene Vallejo, Carlos Álvarez, Benito Zambrano, Javier Ojeda, Peridis, Pedro Casablanc, Sergio Vila-Sanjuán, Ignacio Camacho, Javier Rioyo o Nativel Preciado han rubricado su apoyo al Manifiesto que defiende el horizonte de Málaga, que en el fondo es el de todos. Son los que entienden el paisaje como música, filosofía, poesía, estética, narración. Los elementos primordiales para una educación de la sensibilidad y un conocimiento de la singularidad del hábitat, de su equilibrio y de un futuro en el que respirar una manera más humana de ser y sentir las ciudades. Qué ilusos, y qué hermoso.

Guillermo Busutil es escritor y periodista cultural.

 

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