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Maleta de libros

'Puerta de España', de Florence Delay

  • La escritora, traductora e hispanista recorre en estas memorias editadas por Turner su relación con los escritores españoles a cuya obra dedicaría su vida
  • Se acabará el verano, pero quedarán los libros. infoLibre publica adelantos de algunas de las obras que llegarán a las librerías en otoño

infoLibre Publicada 26/08/2017 a las 06:00 Actualizada 25/08/2017 a las 20:36    
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Quienes vean una foto suya a los 21 años, reconocerán quizás a la Juana de Arco de Robert Bresson. Pero Florence Delay (París, 1941) es, además de actriz, escritora, traductora e hispanista, y miembro de la Academia Francesa —cuarta mujer en alcanzar un honor que en españa también les cuesta caro a ellas— desde el 2000. Lleva toda su carrera difundiendo en francés algunas de las principales obras del castellano: Teresa de Ávila, Sor Juana Inés de la Cruz, Fernando de Rojas, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Ramón Gómez de la Serna y Federico García Lorca son algunos de los autores que han pasado por sus manos. 

Puerta de España, que publicará la editorial Turner en septiembre, es una historia de amor. La de esta intelectual y el país que la acogió en la adolescencia y del que jamás se alejaría. Un relato desde los ojos asombrados de quien se adentra en un territorio extranjero —y exótico—, pero también desde la sabiduría de quien dedicó luego décadas a estudiarlo. Al principio fue García Lorca y sus Obras completas en la edición de Aguilar. Eso, y la iconografía andaluza, que percibe como espiritual y sensual al mismo tiempo. Esto cuenta Delay. 
 
'El verano de mis quince años...'

El verano de mis quince años fue el de mi primer viaje. Había repetido el tercer curso y, a mitad del año escolar, la directora del instituto había citado a mi madre: después de recuperar el retraso, iba a perder el tiempo el último trimestre. Así que nos aconsejó vivamente un viaje a los países de las lenguas vivas. Y así es como fui a Inglaterra en primavera y a España en el mes de agosto. Entre ambos viajes tuve en París un encuentro decisivo.

Mi hermana me acompañó de Bayona a Irún y me dejó en el tren que iba directo a Barcelona. Una vez se dispersaron los viajeros, dos mujeres que se habían quedado en el andén de la estación se me acercaron. Una era de una belleza sombría, rara, muy diferente a la belleza de mi madre. Irradiaba luz a través de sus rizos, de un negro casi azul, unos ojos de azabache, unos labios rosa carmín dibujados con pincel. Me entró una inquietud: ¿a cuál de aquellas dos mujeres se me encomendaba? Pues había sido la otra, un monumento, la que me había dirigido la palabra en francés con un marcado acento catalán. ¿Con cuál iría a Villafranca del Penedés? ¿Cuál de las dos tenía una hija de mi edad que se llamaba Merced en plural, o Misericordia, y una hermanita llamada Dolores? ¿A cuál de las dos pertenecía el lugar en que pasé mi primera noche entre dos sábanas, sin colcha de tanto calor como hacía? Al día siguiente tuve la respuesta: me fui con la belleza cuyo nombre era Luz, Lucía. Y dio comienzo uno de los meses más hermosos de mi vida. Al final lo convertí en un capítulo de mi primera novela, Minuit sur les jeux: solo una novela puede dar una idea de todo aquello.

Respecto al encuentro que tuvo lugar entre Inglaterra y España, en París, en casa de mis padres, fue tan importante que todavía no he olvidado, yo que practico el olvido, cómo mi madre me había arreglado para presentarme a un poeta al que quería y que la quería. Me estoy viendo todavía, con una falda de tela blanca de cintura ancha muy ajustada, y una parte superior azul marino con rayas blancas, saludar a un hombre inmenso, un metro noventa, más alto que mi padre. Y mamá, entre los dos, presentándome.

Más tarde tomaría a menudo el camino de la rue de Chanaleilles donde vivía René Char. Era tan generoso como enorme. Cuando volví de España, dándose cuenta de mi reciente pasión, me regaló un grueso volumen en cuya cubierta de cuero marrón figuraba como si fuera un dibujo una firma en oro: Federico García Lorca. Me regaló sus Obras completas que acababan de salir en Aguilar. Toma, me dijo, y traduce lo que más te guste. Elegí esta cancioncilla:
 

Cancioncilla del primer deseo

En la mañana verde,
quería ser corazón.
Corazón.

Y en la tarde madura
quería ser ruiseñor.
Ruiseñor.

(Alma,
ponte color de naranja.
Alma,
ponte color de amor.)

En la mañana viva,
yo quería ser yo.
Corazón.

Y en la tarde caída
quería ser mi voz.
Ruiseñor.

(¡Alma,
ponte color naranja!
¡Alma,
ponte color de amor!)

 
*
 

Canción

Por las ramas del laurel
van dos palomas oscuras.
La una era el sol,
la otra era la luna.
‘Vecinitas’, les dije,
‘¿dónde está mi sepultura?’.
‘En mi cola’, dijo el sol.
‘En mi garganta’, dijo la luna.
Y yo que estaba caminando
con la tierra a la cintura
vi dos águilas de mármol
y una muchacha desnuda.
La una era la otra
Y la muchacha era ninguna.
‘Aguilitas’, le dije,
‘¿dónde está mi sepultura?’.
‘En mi cola’, dijo el sol.
‘En mi garganta’, dijo la luna.
Por las ramas del cerezo
vi dos palomas desnudas.
La una era la otra
Y las dos eran ninguna.


René Char publicó estas primeras traducciones mías en una revistilla de poesía, de menos de diez páginas, La Carotide, que imprimía en Alès su amigo Pierre André Benoît.1

Primer deseo: ser corazón y ruiseñor, una misma y su voz, mientras que en el sonido de la lengua española entraban el sol y la luna que yo no había notado en francés. La canción de las palomas oscuras me fascinaba y me estremecía al mismo tiempo. En un sueño, uno de los primeros que anoté, yo era la muchacha que no era ninguna. Desnuda, tendida en una cama que puedo ver todavía, sometida a una mano románica amenazante. Esta mano de largas falanges, que se parecía a la mano de Dios en el fresco del maestro de Tahull, tenía el poder de transformarme y hacerme pasar continuamente de una a otra forma.

Volviendo a abrir el libro que fue mi Biblia durante años, y que como toda Biblia que se respete está en muy mal estado –tendré que llevarla cuanto antes al encuadernador de la rue Monsieur le Prince que me ha encuadernado ya mi enorme Don Quijote ilustrado por Gustave Doré–, experimento la misma sensación que cuando entro en un mundo recién creado y en el que quiero vivir. He debido de hacerlo mío al aprendérmelo de memoria pues los poemas me vienen a los labios a medida que los recuerdo. Vuelvo a respirar la menta, el jazmín –jazmín de mi primer perfume que se llamaba Joy, como la alegría de los trovadores. Y el basílico, la albahaca,2 palabra que por un lado viene del latín y por el otro del árabe. Oigo a los gallos cantar al alba. Oigo a los grillos cantar cuando se apagan las luces y a las flores posarse sobre sus cuerpos. “La rosa azul de tu vientre”, la reconozco, es una mujer. “La oscura magnolia de tu vientre”, la reconozco, es un hombre. O a la inversa, si el uno es la otra. Los ángeles y los arcángeles también tienen cuerpo. Surgen muy diferentes a como yo los imaginaba. San Miguel de Granada “en la alcoba de su torre / con las enaguas cuajadas / de espejitos y entredoses”. San Rafael de Córdoba, “el arcángel aljamiado / de lentejuelas oscuras”. San Gabriel de Sevilla, “un bello niño de junco / anchos hombros, fino talle, / piel de nocturna manzana”. Y como un rezo, la Lola canta. Canta saetas, esas coplas lanzadas como otras tantas flechas amorosas hacia Cristo y su madre, cuando los pasos de las procesiones salen de las iglesias, la noche de viernes santo, sobre carros arrastrados por penitentes que las pasean hasta el alba. Como si fueran barcos navegando por las calles.
 

Quisiera estar contigo
Como los pies de Jesucristo:
El uno encima del otro
Y un clavito entre los dos.


¡Cómo no confundir lo profano con lo sagrado!

El nuevo mundo que descubro es andaluz. Su heroína es la luna intranquila, inquieta, que abre los brazos para mostrar sus senos de estaño. En su blancura almidonada, desea ser otra cosa. Una rosa, por ejemplo. Y descubre los caminos ignotos del día. Se pensaría de ella que es mortal, mientras que es inmortal. Y como se mueve y danza incluso cuando tiene miedo, la tomo por mi modelo. Sí, quiero como ella crecer hasta sentirme llena, decrecer para volver a empezar y estar otra vez llena. El mes que viene, o mejor aún cada primavera, puesto que resucita en la primavera según su poeta, y yo nací un 19 de marzo. ¡Qué serena parece ahora, redonda en piedra lunar, sobre la empuñadura de mi espada de académica!

Antoñito el Camborio se convirtió en mi héroe, rizos azul metálico, piel de jazmín y aceituna, zapatos color corinto. Detenido por la guardia civil en el camino de Sevilla adonde va a ver los toros, y luego apuñalado por sus primos. Justo antes de morir, llama ¡ay Federico García! Como si este último pudiera salvarle. La presencia física del poeta junto a él provoca un sobresalto. ¿No le ha salvado? La imagen de los “gitanos de España”, maltratados y despreciados, cambia cuando uno lee el Romancero gitano: dieciocho romances célebres antes incluso de haber sido publicados, en 1928, pues Federico los recitaba a sus amigos en cualquier parte, como todos sus poemas.3

Cuando recitaba, como cuando se ponía al piano o tocaba la guitarra, sus amigos decían que se transfiguraba. La hermana de Salvador Dalí hablaba de él como de un cisne que fuera del agua es torpe, sin gracia, pero tan bello en cuanto empieza a deslizarse por el agua que embellece todo su entorno. Añadía que era de una gran sencillez y jamás tuvo la enorme pretensión que caracterizaba a su hermano.

El éxito del Romancero fue tan grande que le afectó. Federico se rebeló contra su repentina fama. Una de las razones fue que Salvador, seis años menor que él, al que había conocido en la Colina de los Chopos, en la Residencia de Estudiantes de Madrid, cantado en una Oda que presiente extrañamente la pintura por venir, con quien había dibujado los trajes y los decorados de su primera obra, se mostró bastante reticente, crítico y arbitrario con este libro. Dalí, con otro amigo de la Residencia, Luis Buñuel, pronto haría una película: Un perro andaluz. ¿Ese perro andaluz es una alusión al autor del Romancero gitano?

¡Cuántos malentendidos ha suscitado el gran poema sobre Andalucía! Pero debemos estar agradecidos a la falsa celebridad del poema, pues permitió que Lorca en persona lo retomara, en octubre de 1935, en la Residencia de Estudiantes de Barcelona, donde recitó y comentó su Romancero.
 

Y ahora lo voy a decir. Un libro antipintoresco, antifolklórico, antiflamenco. Donde no hay ni una chaquetilla corta ni un traje de torero, ni un sombrero plano ni una pandereta, donde las figuras sirven a fondos milenarios y donde no hay más que un solo personaje, grande y oscuro como un cielo de estío, un solo personaje que es la Pena, […] que no tiene nada que ver con la melancolía ni con la nostalgia ni con ninguna aflicción o dolencia de ánimo, que es un sentimiento más celeste que terrestre; pena andaluza que es una lucha de la inteligencia amorosa con el misterio que la rodea y que no puede comprender.


Hoy, en que comprendo la pena del “Romance de la pena negra” y la soledad de Soledad, me pregunto si la intolerancia manifiesta por Buñuel y Dalí, fieles a los principios de André Breton, no proviene del rechazo a esos “fondos milenarios” que Lorca reivindica. Pues el aire que sopla en el Romancero gitano es puramente popular: viene del pueblo y vuelve al pueblo. Populares son el canto y el cuento, pensaba y demostraba Antonio Machado. 

1. La Carotide, II, Alès, 1956; La Carotide, VI, Alès, 1957.
2. En castellano en el original.
3. Romancero gitano (1924-1927). Otros poemas del teatro (1924-1935), Madrid, Alianza Editorial, 2015.
________________

Puerta de España
Florence Delay
Traducción de Manuel Arranz
Turner
Septiembre de 2017
17,90 euros


 
La editorial

El nombre que Manuel Arroyo Stephens eligió para la librería Turner, germen de la editorial del mismo nombre sembrada en Madrid en 1970, no tenía nada que ver con el pintor. Turner llevaba de segundo apellido la madre de Arroyo. Pero su historia es igualmente mítica. La librería iría adentrándose poco a poco en la edición al publicar, temerariamente, libros censurados por el franquismo. Ahí estaba La forja de un rebelde, de Arturo Barea, la obra de José Bergamín o la Biblioteca del 36, que recuperaba revistas anteriores a la Guerra Civil.

Con la llegada de la democracia y el fin de la clandestinidad, Turner se especializaría en ediciones limitadas para bibliófilos, primero, y en libros de arte después. Pero de inmediato apareció también su pasión por la música, que se ha traducido tanto en una colección dedicada a la obra de grandes genios como Falla, Stravinsky o Glenn Gould, pero también en un especial interés por el ensayo musical, con títulos más recientes, como pueden ser Cómo escuchar jazz, de Ted Gioia, o una edición actualizada de El libro de la salsa, de César Miguel Rondón. 

Estas últimas pertenecen a la colección de ensayo Noema, relativamente reciente —principios del siglo XXI— en la historia de la editorial, pero ya uno de sus mayores éxitos. Ahí se encuentran trabajos sobre Alan Turing o Walt Disney, pero también la obra del historiador John Lukacs, George Orwell o de Nikola Tesla; Las ocultas, de Marta Elisa de León, sobre la historia de la prostitución; el libro de Robin Wilson sobre la relación de Lewis Carrol con las matemáticas; o las cartas de Emilia Pardo Bazán a Benito Pérez Galdós. Junto a esta, la otra joya de la corona es la colección Historias mínimas, que recoge la historia de España, Argentina, Galicia, la mitología o Chile en pequeños volúmenes de unos centenares de páginas. 

En sus 45 años de historia, Turner dice haber editado 3.000 títulos y 12 millones de ejemplares. Y sigue sumando. 
 
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