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La UE, una adolescente que escucha detrás de la puerta lo que hablan los mayores

Miguel López

Yo no quería escribir sobre Ucrania porque, desde mis limitaciones, poco puedo aportar a todo lo que eminentes geoestrategas, analistas y periodistas especializados han publicado hasta ahora en diversos medios, pero no me resisto a meter cuchara en este potaje para remover y buscar entre sus ingredientes algunas tajadas del fondo de la cazuela que pueden condicionar el sabor de la receta. Me refiero al papel de la Unión Europea en todo el (desa)guisado previo a la guerra.

Es indudable que el conflicto en Ucrania, ya desde hace algunos años en guerra civil abierta en la región del Donbás, y ahora mismo guerra de Ucrania, afecta a los países europeos por su vecindad pero sobre todo por la posible ruptura del suministro de gas ruso que, atravesando Ucrania, llega a la Europa del Este y Central para asegurar, junto con otros dos gasoductos del norte (Nord Stream) que funcione la industria y se calienten los hogares de los países escandinavos (salvo Noruega), los bálticos, los del grupo de Visegrado o Alemania, altamente dependientes del gas ruso. De ahí que Alemania venga manteniendo una línea política más moderada respecto a las respuestas europeas a la afrenta energética rusa.

Este es el contexto en el que la política exterior de la UE ha estado, una vez más, alejada del papel que le corresponde, que es el de dar voz al conjunto de los veintisiete pero con la personalidad de una entidad económica, política y jurídica por encima de la suma de sus estados miembros, pues así lo establece su norma en vigor desde 2009, el Tratado de Lisboa. La Unión ha visto, impertérrita, cómo los dos responsables de asuntos exteriores ruso y norteamericano se reunían en Ginebra tratándola como a una adolescente que no puede entrar en la sala donde los mayores discuten sobre qué amigos debe frecuentar y con quién puede hablar o relacionarse.

Blinken y Lavrov han estado las últimas semanas enarbolando sus estandartes y moviendo sus piezas en el tablero sin importarles qué piensan los ciudadanos ucranianos, ya sean pro europeos o pro rusos, y qué piensan los ciudadanos europeos sobre el conflicto y sus posibles soluciones. Por su parte, el canciller alemán Scholz viajó a Washington (presentación de credenciales ante el “emperador”) y a Moscú (Vladimir, ¡no me cierres el grifo!). Macron se trasladó a Kiev y a Moscú, pero en clave electoral, para intentar amañar un encuentro Biden-Putin, vendiendo así al electorado francés que él maneja los hilos de la diplomacia europea.

Bien, pues en plena discusión ginebrina, yo me imaginaba a Blinken diciendo que se debería contar con la UE —tal vez sería mucha imaginación— y a Lavrov preguntando “Y la UE, ¿cuántas divisiones tiene?”, como ya hicieran Laval y Stalin en los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial refiriéndose al papa. En estas, Borrell, jefe de la diplomacia europea, seguramente rojo de ira y vergüenza, a partes iguales, observaba por la mirilla de la puerta cómo le ninguneaban. Pues claro, Josep, ¡si no tienes suficientes divisiones! Bueno, mejor dicho, sí, tienes unas cuantas, pero no de esas blindadas acompañadas de muchas tropas, sino de las otras, divisiones matemáticas que rompen el consenso y propician que sigan siendo los GI Joe de la OTAN, con su boy-scout-in-chief Stoltenberg, quienes tengan que hacer frente a la defensa de Europa por no haber podido (o querido) crear unas fuerzas armadas europeas.

Sí, Borrell, has sido ninguneado como lo ha sido tu jefa directa, Ursula Von der Leyen, por dos ministros africanos en el photocall de la cumbre Unión Europea-Unión Africana. Los representantes de Uganda y de Argelia, a sabiendas de quién ostenta la presidencia de la Comisión Europea, eludieron el saludo a Von der Leyen para pasar a estrechar la mano directa y efusivamente a los dos hombres que la acompañaban, el presidente del Consejo, Charles Michel, y el presidente francés Emmanuel Macron. Ambos mandatarios europeos hicieron un papelón lamentable (Michel, reincidente) al permitir ese impresentable y misógino desprecio a una de las primeras autoridades europeas por el solo hecho de ser mujer.

Hay que reconocer, no obstante, que por una vez se ha dejado sentir la UE como ente político, ocasión que hay que celebrar por poco habitual. Simplemente un pequeño detalle, pero significativo, dentro de la vorágine del momento: la carta que el ministro ruso Lavrov astutamente envió a sus homólogos de los veintisiete, para que se posicionaran individualmente (divide y vencerás) sobre la crisis en Ucrania y que fue contestada por Borrell como Alto Representante uniendo las voces de todos los Estados miembros. Esa sería la vía correcta para dar voz a la Unión Europea y llegar a poner en marcha la brújula estratégica que el Alto Representante y Vicepresidente de la Comisión presentó en noviembre del año pasado y evitar que se repitan en el futuro escenas de “encogimiento estratégico” como las que estamos presenciando estos días.

No todos los Estados miembros de la UE tienen el mismo peso en la escena internacional y como estamos aún lejos de la deseada unión política, en la que el Alto Representante para la Política Exterior y de Defensa debería encabezar toda discusión política o económica de alto nivel con otras potencias, la Unión ha perdido otra bonita oportunidad de pisar fuerte y tratar en plano de igualdad con los EEUU y Rusia. Estamos viviendo una crisis en la que, después de la agredida Ucrania, Europa es la principal afectada. Francia no es Malta, Chipre o Luxemburgo y el presidente Macron, aprovechando la presidencia de turno de la UE, debería haber estado presente en esas cumbres representándonos a todos los ciudadanos de la Unión. Tal vez sea ya demasiado tarde.

La OTAN es una organización dominada por los EEUU que, desde 1991, necesita conflictos para mantenerse viva y si fuera necesario expandirse geográfica y políticamente lo hará con las artimañas que sean necesarias

La OTAN es una organización dominada por los EEUU que, desde 1991, necesita conflictos para mantenerse viva y si fuera necesario expandirse geográfica y políticamente lo hará con las artimañas que sean necesarias. Estaba últimamente en franco declive existencial y le ha venido muy bien primero el irredentismo ruso en una parte de Ucrania, y ahora la invasión de las fuerzas rusas en todo el territorio ucraniano, para sacar pecho y decirle a los europeos que no pueden prescindir de ella.

Se ha solicitado hace unos días por parte de los países bálticos la activación del art. 4 del Tratado de Washington (consultas con los socios al sentirse amenazados) y se ha mencionado el art. 5 en caso de que alguno de los aliados fuera atacado por terceros (léase Rusia), opción esta que no parece factible (espero no equivocarme pues la actualidad es tan cambiante que cuando este texto se publique puede que haya quedado obsoleto).

Conviene recordar una vez más que el Tratado de la Unión Europea (TUE) prevé en su art. 42.7 (versión consolidada) que “Si un Estado miembro es objeto de una agresión armada en su territorio, los demás Estados miembros le deberán ayuda y asistencia con todos los medios a su alcance, de conformidad con el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas. Ello se entiende sin perjuicio del carácter específico de la política de seguridad y defensa de determinados Estados miembros.” Es decir, que la Unión Europea cuenta también con una cláusula de asistencia mutua que se aplicaría tanto a un ataque o invasión rusa a países OTAN fronterizos como Estonia y Letonia o a Lituania y Polonia a través de su “satélite” Bielorrusia, o a países UE (no OTAN) como Suecia o como Finlandia, con quien comparte más de mil kilómetros de frontera. Las fuerzas OTAN están compuestas por los elementos y capacidades de sus Estados miembros, la mayor parte europeos (27/30), con los que se podría contar en caso de aplicarse el citado art. 42 del TUE. Faltan aún las estructuras de mando adecuadas, claro está, y un día nos arrepentiremos de no haber sido proactivos en esta tarea.

Estamos perdiendo —hemos perdido ya— otra oportunidad más para la Unión, que no ha hecho hasta ahora otra cosa que declarar su profunda preocupación (ese manido “we are deeply concerned”) ante sucesos graves mientras un régimen vecino dirigido por un primate con armamento campa a sus anchas a sabiendas de que la UE es rehén de la maldita regla de la unanimidad.

Se plantean unas cuantas preguntas:

¿Cuándo tendremos una reunión transparente del Consejo de la UE para conocer las posiciones de cada uno de los Estados miembros en asuntos trascendentes?

¿Cuándo se emancipará la UE del imperio (ultra)atlántico?

¿Cuándo saldrá Europa de la adolescencia?

La sangrante actualidad está ya contestándolas.

Yo no quería escribir sobre Ucrania porque, desde mis limitaciones, poco puedo aportar a todo lo que eminentes geoestrategas, analistas y periodistas especializados han publicado hasta ahora en diversos medios, pero no me resisto a meter cuchara en este potaje para remover y buscar entre sus ingredientes algunas tajadas del fondo de la cazuela que pueden condicionar el sabor de la receta. Me refiero al papel de la Unión Europea en todo el (desa)guisado previo a la guerra.

Es indudable que el conflicto en Ucrania, ya desde hace algunos años en guerra civil abierta en la región del Donbás, y ahora mismo guerra de Ucrania, afecta a los países europeos por su vecindad pero sobre todo por la posible ruptura del suministro de gas ruso que, atravesando Ucrania, llega a la Europa del Este y Central para asegurar, junto con otros dos gasoductos del norte (Nord Stream) que funcione la industria y se calienten los hogares de los países escandinavos (salvo Noruega), los bálticos, los del grupo de Visegrado o Alemania, altamente dependientes del gas ruso. De ahí que Alemania venga manteniendo una línea política más moderada respecto a las respuestas europeas a la afrenta energética rusa.

Publicado el
11 de marzo de 2022 - 21:22 h
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