¿Y ahora cómo salimos?

¿Cuánto sabemos de lo que hacen nuestros hijos en el mundo digital? ¿Sabemos cuál es su entorno, su bienestar, cómo son realmente cuando entran en esos chats, en las redes o cuando juegan en línea, en teoría con sus amigos y con todos los desconocidos que pueden sumarse a esa multipartida?

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Tranquilo, tranquila. Si tu respuesta es “realmente no tengo ni idea”, no eres el único o la única que está así de perdido. Hablar del entorno digital con adolescentes y niños es asomarse a un mundo en el que cada vez somos más extraños. Y en el que ellos, cada vez más a menudo, están construyendo su identidad. Esto de la brecha digital suena a cosa de mayores, pero no lo es tanto. Vamos muy por detrás y cosas que nos parecen inofensivas tienen consecuencias.

Una escena que se repite demasiadas veces y que, a día de hoy, nos puede escandalizar. Una familia, en un restaurante, comiendo y, en la sobremesa, cuando los adultos aprovechan para alargar la conversación y ellos, nuestros hijos e hijas, empiezan a aburrirse, sacamos el móvil o la tablet, y les ponemos una serie, si son pequeños, o les dejamos que jueguen con alguna app que tenemos descargada. O, peor aún, les dejamos que saquen su propio dispositivo y se pongan a ver reels en ese scroll infinito. Es una escena que se repite cada día.

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Tenemos a adultos jóvenes enganchados a las redes, a las notificaciones, relacionándose de una forma adictiva a través de ese mundo

Cada vez más, empezamos a tomar conciencia de todo lo que dañino que puede ser esto para su desarrollo. Del impacto negativo que tienen las pantallas en ellos, en los pequeños y en los no tan pequeños. Pero, aunque podamos empezar a legislar sobre esto (llegamos tarde, todo sea dicho de paso), aunque pongamos límites, esa tecnología es parte de su vida, y los adolescentes y adultos jóvenes han crecido con ella. En ocasiones, incluso, impuesta en sus centros, porque esos colegios modernos decidieron que las pantallas eran una buena herramienta para avanzar en sus habilidades y conocimientos, y ahí estábamos las familias, gastándonos un dinero a principio de curso para comprar un dispositivo que iba a sustituir los libros de papel. Éramos unos ingenuos. Y de aquellos polvos estos lodos. Tenemos a adultos jóvenes enganchados a las redes, a las notificaciones, relacionándose de una forma adictiva a través de ese mundo. Necesitando contar su vida en ese ecosistema. Y generándoles ansiedad, frustración, y miles de problemas más o menos graves porque no cumplen con esos cánones que nadie sabe quién ha impuesto.

Soy de las que cree que estamos en el punto de inflexión en el que vamos a empezar a vivir una contracorriente de todo esto. Que los jóvenes más “cool” serán aquellos que no tengan redes, aquellos que no accedan a un smartphone desde muy pequeños, aquellos que vivan más presentes desde lo analógico. Puede que sea una ingenua o demasiado optimista, pero siento que en esto ya hemos empezado a detectar que hemos cometido demasiados errores que hay que corregir cuanto antes. Que, dentro de unos años, cuando veamos qué libertad dábamos de acceso a los adolescentes a ese mundo de las redes sociales, nos echaremos las manos a la cabeza. Nos arrepentiremos de haberles dado tanto poder a unos tecnócratas que hacían negocio con nuestros datos, con nuestro tiempo y con nuestra atención. 

¿Cuánto sabemos de lo que hacen nuestros hijos en el mundo digital? ¿Sabemos cuál es su entorno, su bienestar, cómo son realmente cuando entran en esos chats, en las redes o cuando juegan en línea, en teoría con sus amigos y con todos los desconocidos que pueden sumarse a esa multipartida?

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