El infierno sobre ruedas

Año 2026 de nuestro señor: nos habían prometido coches voladores y aquí estoy, esperando un ALSA destino a San Fernando. En la cola, un bávaro pertinaz compite por los primeros puestos; su esposa —que posee uno de esos rictus que solo alumbra la tristeza protestante— mariposea de dársena en dársena. Delante, un señor de cincuenta años despide a su novia de veintipocos. Él lleva unos vaqueros con muchos remiendos, última moda en el club de divorciados. Se besan húmedamente y se llaman «amor», cosa que celebraría si sucediera (¡apenas!) unos metros más allá. Al poco, los alemanes montan fiesta: han conseguido dos bandejas de shawarma. El aroma inunda el ambiente; no han dado aún las once de la mañana.

En el interior del autobús la atmósfera se corta con el cuchillo de untar. El chofer combate el tufo a vómito mañanero con un ambientador cítrico que se te clava en el hipotálamo. El señor rezonga: está muy enfadado por el atentado gastrointestinal. Avanzo buscando mi asiento y confirmo la ley de hierro del transporte por carretera: los dos tipos más gordos del pasaje viajan siempre en asientos contiguos.

Felizmente, mi compañero atisba un par de asientos vacíos y se muda. ¡Viva la holgura! Yo busco un enchufe, a ver si puedo trabajar un rato. Bajo para dar unas conferencias y me convendría avanzar con las diapositivas. La operación se aborta: la señora de delante reclina su asiento y lo incrusta en mi rótula. Le digo, con exquisita amabilidad, que no tengo dónde meter las piernas. Ella y su marido (un señor de bigote admirable) se disculpan: el de delante les ha hecho lo propio y no les ha quedado más remedio. El aludido se gira y me invita a seguir con el dominó. Nanai. «Esto está hecho para eso, te lo digo yo, que cojo tres autobuses a la semana». Me acomodo como puedo mientras, íntimamente, me alegro de su desgracia.

Tiene que haber un punto intermedio entre apechugar con los muertos de un descarrilamiento como si los hubieses matado tú con tus manitas y tomarnos a todos por idiotas

«Les recuerdo que está prohibido comer a bordo y quitarse los zapatos», dice el chófer por megafonía. «Si no, entre los alientos y los sobacos esto es inaguantable». Un profesional conoce a su clientela. «Si tenéis calor o frío decídmelo, que no soy adivino». Me quedan seis horas en esta caja de miasmas, así que me dispongo a echar mano de los psicofármacos. El viajero habitual atiende una videollamada sin auriculares: yo intento estrangularlo por telequinesis.

Han pasado cinco días, es casi medianoche y, bajo el techadillo de una gasolinera, espero un transporte que se retrasa. (Las conferencias han ido bien, gracias por preguntar). Esta vez me toca pasillo, así que olvídate de dormir. «Por lo menos», me digo, «avanzaré la columna». El autobús se cimbrea casi tanto como un Avlo. He oído al presidente declarar que tenemos una red ferroviaria chachipiruli, envidia del universo mundo. Tiene que haber un punto intermedio entre apechugar con los muertos de un descarrilamiento como si los hubieses matado tú con tus manitas y tomarnos a todos por idiotas. No creo que los pérfidos socialistas saboteasen el rail de Adamuz, pero chico, la caída de frecuencias, compensaciones por demora y, en fin, el empeoramiento sustancial del servicio no comenzó con la dichosa soldadura.

Reflexiono sobre estos asuntos cuando dos bebés (¡dos!) comienzan a llorar unos asientos más allá. A mi lado, un streamer marroquí documenta el viaje; y yo con estos pelos. Me pongo en los auriculares una conferencia de la Juan March y cabeceo un rato de puro agotamiento. Me despierta un historiador italiano narrando el sitio de Pavía; en el duermevela hago un revoltijo: me figuro a los tercios subiéndose a un microbús para darle matarile al rey de Francia. No descarto que mi próxima escapada la haga en carromato. Alguien sacará pecho: tenemos una red de calzadas romanas que es la envidia del Occidente, etcétera, etcétera.

Año 2026 de nuestro señor: nos habían prometido coches voladores y aquí estoy, esperando un ALSA destino a San Fernando. En la cola, un bávaro pertinaz compite por los primeros puestos; su esposa —que posee uno de esos rictus que solo alumbra la tristeza protestante— mariposea de dársena en dársena. Delante, un señor de cincuenta años despide a su novia de veintipocos. Él lleva unos vaqueros con muchos remiendos, última moda en el club de divorciados. Se besan húmedamente y se llaman «amor», cosa que celebraría si sucediera (¡apenas!) unos metros más allá. Al poco, los alemanes montan fiesta: han conseguido dos bandejas de shawarma. El aroma inunda el ambiente; no han dado aún las once de la mañana.

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