Que vienen los nietos

Una nueva amenaza se yergue frente a los dominios de don Pelayo. El vigía, un tal Núñez, se desgañita dando la alarma. Que salgan los pretores, los cónsules, los oradores: ya llegan los bárbaros dispuestos a saquear el censo… ¡con el cariño que le tenemos!

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Los asesores de Génova han parido un ratón. «La ley de nietos», afirman: renombre menesteroso de una disposición adicional de la Ley de Memoria Democrática que permite a los hijos de los hijos de exiliados solicitar la ciudadanía. «Ingeniería social», insiste don Alberto, aclarándose la voz para futuros lamentos. El fantasma de Fraga, tan aficionado a pescar votos en las américas, deambula extrañado. Ni con medio pe so e calentando banquillo el orensano cree en sus posibilidades. ¡Feijóo primero, El Prudente!

No quisiera enmendarle la plana a los sagaces asesores genovitas, pero atendiendo a los últimos sufragios latinoamericanos, no diría que el sur global ande bolchevique. Pero qué sabré yo. Seguro que en algún lugar de la Patagonia, un exiliado del Frente Popular le está pasando de extranjis una papeleta sanchista a su nieta: «Toma, que no se entere tu madre».

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Inquieto por el pufo inminente, me preguntaba la otra tarde si los fans del ortocenso habrían levantado la ceja cuando Mariano le dio la nacionalidad a los sefarditas. «Eso es otra cosa», sentenciaba la otra mañana (¡como si me oyera!) Federico en su filípica. Emisarios del lobby, me figuro, aplaudieron desde la pecera.

Para enmendar las maquinaciones del pérfido inquilino de la Moncloa, la oposición —sita en la Puerta del Sol— se ha sacado una medida de la chistera. Ya es oficial: en Madrid, los fetos vienen con paguita. Liberales, ¿quién os entiende? En fin, las comparaciones son odiosas: quinientos euros a los afincados en la placenta, pero traiga usted el padrón o le quitamos el bonobús. ¡No a los menas! ¡Sí al nasciturus!

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La familia política, entusiasmada, lo ha celebrado lanzando Brummel y xenofobia desde una avioneta

El cántico, tan alegre, resuena allende Despeñaperros. Tras un par de negativas con la boquita pequeña, el simpático Juanma ha pronunciado el «sí quiero». La familia política, entusiasmada, lo ha celebrado lanzando Brummel y xenofobia desde una avioneta. Vivan la prioridad nacional y los vicepresidentes de VOX: la clásica apuesta por la moderación. Nuevos (viejos) tiempos: Moreno, descaretado, se dejará crecer las patillas e irá al parlamento a caballo. Figura en el acuerdo, conste, junto al recorte de la franja blanca de la bandera andaluza («muy moruno», declaran fuentes del nuevo ejecutivo) y una remodelación de la Alhambra y la Mezquita de Córdoba que oculte los arcos de herradura y los mocárabes debajo de gruesas capas del pladur.

«El arraigo es lo que cuenta», aseguraba el presidente reelecto. Los jeques de Marbella, tan enraizados, no tienen de qué preocuparse. Los temporeros, ya tal. Todavía aguardo una esperanza alocada. Quizás esta es una astutísima maniobra de la derecha para expulsar a todos esos paliduchos que piden «paelia with sangría» mirando a la Caleta y no nos estamos enterando. Una verdadera revolución a la chita callando. Puede que Juanma haya oído el clamor de su pueblo, tan hasta las narices de los turistas, los pisos vacacionales y la vivienda imposible, y haya cargado con dinamita el eslogan intolerable de sus palafreneros de gobierno.

Una nueva amenaza se yergue frente a los dominios de don Pelayo. El vigía, un tal Núñez, se desgañita dando la alarma. Que salgan los pretores, los cónsules, los oradores: ya llegan los bárbaros dispuestos a saquear el censo… ¡con el cariño que le tenemos!

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