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Batallitas

Cuando David Simon (creador de The Wire, entre otras joyas) visitó España en 2013, dijo en varias entrevistas algo que pasó extrañamente desapercibido: que no entendía por qué en España no se había hecho la gran serie sobre la Guerra Civil española. Y nadie le hizo demasiado caso, supongo, porque tenemos el territorio lleno de agoreros que dicen que todo el cine español es sobre la guerra civil, que basta ya de batallitas.

No voy a entrar en esa batalla demagógica (o sí; pregunto: ¿cuántas películas buenas son demasiadas?), pero me acordé de David Simon esta semana en que ha aterrizado en España Netflix prometiendo producción propia (para que contemos nuestras historias, algo que ya puso en marcha Movistar con Alberto Rodríguez y otros creadores) mientras yo leía la última novela francesa publicada por Anagrama: No llorar, de Lydie Salvayre.

Una francesa, hija de exiliados españoles, cuenta la historia de su madre al estallar la Guerra Civil. La cuenta y consigue el premio Goncourt (en Francia, claro). Sé que hay buenas novelas españolas sobre la guerra. Mejor dicho, novelas excepcionales (Soldados de Salamina, Los girasoles ciegos…) y autores imprescindibles (Rafael Chirbes, Juan Benet, Miguel Delibes, Almudena Grandes…).

Pero…

Pero esta novela francesa me hizo pensar en mi familia. Los que enseñaron a leer a soldados republicanos, los que fueron represaliados por nada (perdón: por crueldad), los que murieron por ser religiosos, los que pasaron hambre (todos)… Me hizo pensar en nosotros, en vosotros, en nuestros padres y abuelos. Me hizo pensar en que no estoy segura de si les hemos escuchado bien.

Y tampoco sé si nos queda tiempo.

Me acordé entonces en el proyecto que puso en marcha Steven Spielberg: ha recopilado ya 50.000 testimonios de supervivientes del holocausto en la Fundación Shoah.

¿Estamos a tiempo de escuchar? Escuchar en vez de chapotear en twitter y tirarnos a la cara los goles ajenos y los muertos de las cunetas.

No lo sé.

Y sin saberlo, recorro la memoria de otro tipo generoso. Henning Mankell. Cuando le diagnosticaron su cáncer, Mankell se puso a escribir Arenas movedizas, un repaso a su vida que no es, para nada, una autobiografía convencional.

Mankell, casi en shock por ese cáncer que descubre gracias a una tortícolis, mira hacia atrás sin dejar de mirar hacia delante: así es cómo habla, sobre todo, de la humanidad. De que enterramos residuos sin preocuparnos de lo que pasará en los próximos miles de años. De la bondad que ha encontrado en sus viajes por el mundo. De la importancia de conocer la tristeza para apreciar la alegría y, sobre todo, la grandeza del alivio.

Mankell habla y piensa en el planeta (y en los demás), en el daño que causamos sin pensar, por puro egoísmo.

Y dice, además, algo esencial: “Aunque más adelante he elegido mal de vez en cuando en la vida, nunca podrá compararse con la derrota que supone no elegir en absoluto”.

(Yo me acuerdo, todavía, con un orgullo extraño, de la primera vez que tomé una decisión importante yo sola, sola y en contra de la opinión de mi padre. Él respetó mi derecho a equivocarme y yo acepté mi responsabilidad. Una lección de vida brutal y necesaria. Desde entonces yo he seguido equivocándome con mucha naturalidad).

El caso es que acaba Mankell su libro dando la bienvenida a la tregua (corta, ya sabemos) que le dio el cáncer:

“Pero, ante todo, vivo con la esperanza de nuevos instantes de paz. En los que nadie me arrebata la alegría de crear o de contemplar las creaciones de otros.

Instantes que vendrán. Que tienen que venir, si es que la vida ha de tener algún valor para mí”.

Paz.

Paz personal.

Paz familiar.

Paz laboral.

Paz social.

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Paz mundial.

Lo esencial es la paz.

Y la familia: mi suerte, mientras alcanzo la paz, es que tengo una hermana mayor ordenada y cabezota, que obligó a mis abuelos a que nos escribieran su historia (sus historias, en realidad; historias de amor y guerra). Gracias, Ana, ya estamos empezando a escuchar.

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