Buzón de Voz

Disculpen por no insultar

En estos tiempos agitados, veloces y gaseosos, ya no eres nadie si no gritas más que el otro, si no insultas o si renuncias a calificar en lugar de argumentar. Se diría que hoy lo 'políticamente correcto' es por completo 'políticamente incorrecto', cobarde o trasnochado. Si tuvo razón en su día Eugenio del Río cuando denunciaba que “la extensión de lo políticamente correcto se ha convertido en una enfermiza ocultación de la realidad a través del lenguaje eufemístico”, hoy tiene uno la impresión de que la ola reaccionaria ha dado la vuelta (también) a esa tortilla para imponer una visión política, identitaria, cultural y moral que encuentra en el lenguaje un arma de destrucción masiva de la verdad y de la memoria.

Lo dice sin rodeos Steve Bannon, exasesor de Trump, inspirador e impulsor de los movimientos nacionalpopulistas que avanzan en distintos países europeos: “La victoria de Vox es que ya ha trasladado su conversación al resto de la derecha; partidos como Ciudadanos y PP ya hablan como ellos. A eso lo llamo colocar el producto”. Sostiene Bannon que ese “producto”, cuyos detalles “cambian en cada país”, contiene unos ingredientes comunes muy básicos: nacionalismo, seguridad, economía y “llevar la toma de decisiones cerca de la gente”. Por supuesto se trata de un enorme engaño, una especie de truco comercial, por eso Bannon ni siquiera habla de ideología o programa reformista o revolucionario, sino de “producto”. (Ver aquí)

Sabemos que Pablo Casado no tenía que “contagiarse” de nada vía Abascal, puesto que ya crecieron juntos en Faes, la fundación del PP de Aznar, y chapotearon felices en la charca de ranas del aguirrismo, incluyendo en el caso del líder de Vox la dirección de chiringuitos en los que se derrochaba dinero público con absoluto desparpajo y sin rendir cuentas a nadie (ver aquí). Sorprende más el contundente (y arriesgado) desplazamiento de Albert Rivera hacia la derecha, entregado a la competición por la hegemonía del espacio conservador abandonando el centro en el que se supone que pretendía colocar Ciudadanos su “producto”. Más allá de errores de estrategia que sólo podremos valorar a partir del 28 de abril, lo cierto es que la formación naranja calcula que le compensa más disputar apoyos al PP de Casado y frenar la sangría de votos hacia Vox que la que se pueda producir hacia el PSOE con el pacto andaluz, la foto de Colón o su sonoro juramento de “no pactar nunca con Sánchez ni con el PSOE la gobernabilidad de España”.

A un mes del 28-A, todo indica que el trío de Colón pretende entretenernos las próximas semanas con un teatro ambulante similar al que protagonizaron en Andalucía desde el 2 de diciembre hasta mediados de enero pero multiplicado y amplificado al máximo. Todo el mundo sabía desde la misma noche electoral que habría acuerdo de gobierno PP-Cs-Vox, pero anduvieron mareando la perdiz y facilitando la propaganda reaccionaria y los bulos sobre violencia de género, feminismo, inmigración y todo aquello que Bannon considera “hablar claro de lo que interesa a la gente corriente”. Ahora están disputándose el liderazgo y el peso de cada cual en el espacio de la derecha, pero además intentan mantener movilizado hasta el último voto al tiempo que nadie duda que si suman habrá un gobierno reaccionario en España, por mucho que se lancen pullas, insultos, desprecios o se reten al amanecer para resolver quién es más macho o menos cobarde. (Ver aquí)

Asistimos, más o menos conscientemente, a ese “embrutecimiento de la política” que hace unos días recogía nuestro compañero Ángel Munárriz en un detallado informe (ver aquí). El lenguaje de lo 'políticamente incorrecto' es un arma de enorme eficacia no sólo en mítines y entrevistas sino también en las redes sociales y en los miles de grupos de WhatsApp por los que circulan mentiras, intoxicaciones e infamias que terminan por conformar esa “conversación” que tan felices hace a los Bannon, los Trump, los Bolsonaro, los Órban, los Putin… y por ahí hasta llegar a tantos Abascales que torpedean la democracia en todo el mundo.

Ser 'políticamente correcto', no en el sentido de disfrazar la realidad sino de defender al débil, usar la diplomacia frente al grito o simplemente respetar al prójimo, no puntúa. Al contrario: lo “in”, lo que se aplaude, es el exabrupto. Si López Obrador (ver aquí) tiene la ocurrencia de solicitar que España y el Papa se disculpen por las “matanzas e imposiciones” sobre los pueblos indígenas que habitaban en el actual México hace 500 años, de inmediato aparecen académicos, dirigentes políticos y tertulianos compitiendo por tachar de “imbécil”, “payaso” y cosas peores al remitente. Para qué molestarse en indagar sobre el contexto en el que se produce este discutible gesto (500 aniversario de las ‘hazañas’ de Hernán Cortés y vísperas del 200 aniversario de la independencia mexicana) o si tiene un nexo político con la campaña de Obrador contra las empresas españolas que hacen hoy negocios en su país. Lo sexy, lo macho, lo alfa, lo “español de verdad” es atizar una catarata de insultos que contribuyan alegremente a esa “imperiofobia” cuya denuncia también se ha puesto de moda.

Ese lenguaje, ese nivel de “conversación”, no sólo atropella un mínimo rigor sobre los hechos sino que alienta otro de los objetivos prioritarios de esta ola reaccionaria: la desmemoria. Mientras cada dos horas o dos días, con la inestimable ayuda de medios de comunicación dedicados a hacer caja con el ruido, se van siguiendo las liebres que suelta el nacionalpopulismo, nos olvidamos del motivo que provocó la moción de censura y un gobierno provisional que ha durado ocho meses: la corrupción política que empapaba al PP, financiado de forma irregular durante décadas y condenado judicialmente por haberse beneficiado de la misma. Mientras Casado le suelta a Sánchez lo de “felón”, “traidor”, “incompetente”, “ocupa”… casi sin respirar, desviamos la mirada de esa trama político-mediática-policial que el excomisario Villarejo manejaba desde el mismísimo Ministerio del Interior. Como si se tratara de un asunto de la época de Hernán Cortés, cuando fue en la última legislatura cuando se espió a dirigentes de Podemos o del independentismo para ensuciar su imagen y perjudicar a sus partidos. Y todo ello además con dinero público. (Ver aquí)

Es responsabilidad de las fuerzas progresistas y de los medios de comunicación no dependientes de la derecha ni de la guerra del clic intentar huir de ese “embrutecimiento” del debate político, para elevar la “conversación” y demostrar que quienes más gritan y ofenden no tienen la exclusiva sobre lo que es España ni su memoria ni su futuro. 

P.D. A un mes menos un día para las elecciones generales, sería deseable que Pedro Sánchez dejara de hacer gracietas sobre el trifachito y se centrara en defender la España diversa, la justicia fiscal, la sostenibilidad de un Estado del bienestar sólido y moderno y todas las propuestas compartidas con Unidas Podemos contra la precariedad, la pobreza o el cambio climático, entre otras. Y del PSOE hacia la izquierda urge aterrizar y levantar la vista más allá de los sillones, las purezas ideológicas y los ajustes de cuentas personales. Como escribía anteayer Manuel Jabois, "por cada torero que ficha la derecha, la izquierda fabrica un partido". Ya basta. 

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