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La política y los muertos

Los restos de Gonzalo Queipo de Llano, uno de los golpistas más sanguinarios del franquismo, responsable de unos 45.000 asesinatos y desapariciones (incluida la del poeta Federico García Lorca), han sido exhumados de la basílica sevillana de La Macarena e incinerados cómo y donde ha querido la familia, en cumplimiento de la recién nacida Ley de Memoria Democrática (ver aquí). La operación se ha realizado con la discreción de la nocturnidad, 44 años después de aprobarse la Constitución de 1978, la de la supuesta "reconciliación nacional". Es tan evidente la anomalía democrática cometida hasta ahora que cuesta mucho entender que el líder del PP y principal alternativa de gobierno, Alberto Núñez Feijóo, siga anclado en un discurso tan arcaico como ofensivo, no para la izquierda, sino para cualquiera que entienda y asuma de verdad lo que significa ser demócrata.

“Creo que la política debe centrarse en los vivos y dejar a los muertos en paz, pero allá cada uno con sus prioridades. Me preocupa mucho la situación económica de mi país y yo no voy a hacer política con los muertos, porque no creo que esa sea la prioridad de los ciudadanos en este momento”. Esta es la literalidad de lo que Feijóo ha declarado este jueves por la mañana en un acto del partido tras conocerse la exhumación de Queipo de Llano (ver aquí). De la cual pueden extraerse, al menos, cinco conclusiones:

1. Feijóo no tiene la más mínima idea de lo que significa Memoria Democrática ni parece conocer el hecho de que no es una especie de capricho del gobierno actual, sino, entre otras cosas, una exigencia del Derecho internacional.

2. Feijóo ignora o desprecia uno de los objetivos básicos de la Ley de Memoria Democrática, que consiste en otorgar justicia, verdad y reparación a “todas las víctimas del golpe, la guerra y la dictadura”, como rezaba la convocatoria del acto institucional ‘Memoria es democracia’, celebrado el pasado lunes, 31 de octubre, al que estaba invitado pero rechazó acudir (ver aquí). Allí hubiera comprobado que ese ejercicio de memoria se centra “en los vivos”, al rendir homenaje a supervivientes y familiares de víctimas, y pretende precisamente “dejar a los muertos en paz”, para lo cual primero habrá que facilitar que sean exhumados y enterrados dignamente los restos de las más de cien mil personas que aún yacen en cunetas y fosas comunes. Por más que se obcequen, nadie pretende “reabrir heridas” sino precisamente cerrarlas.

3. Feijóo parece considerar incompatible afrontar “la situación económica” del país y a la vez abordar una asignatura pendiente en los últimos cuarenta años, sólo precedida de un primer avance en la etapa de gobierno de Zapatero, luego liquidado por la vía de los hechos durante el mandato de Rajoy: “¡ni un euro para las fosas!” (ver aquí). Creer que un gobierno no puede tomar medidas ante la crisis energética al tiempo que repara los derechos de las víctimas de una dictadura es como mostrarse incapaz de pensar y comer chicle a la vez.

4. Feijóo debe aclarar de inmediato qué es lo que entiende por “hacer política con los muertos”, porque eso es precisamente lo que el PP y otros partidos de la derecha practican constantemente cuando se empeñan en negar la derrota de ETA y siguen utilizando un terrorismo finiquitado para confundirlo con las posiciones independentistas y así criminalizar a cualquiera que se acerque o llegue a pactar nada con quienes representan legítimamente a centenares de miles de ciudadanos y ciudadanas. Eso sí que es un “timo ibérico”. 

5. Feijóo demuestra con estas declaraciones que su visión de España y de una democracia moderna sigue anclada allí donde lo estaban la mitad de los representantes de Alianza Popular, que rechazaron la Constitución; en el mismo lugar donde Aznar admitía que existió la “represión de la dictadura franquista” sin llegar a condenarla (ver aquí); el mismo en el que Rajoy presumía de eliminar cualquier ayuda a las asociaciones memorialistas para localizar fosas; aquel en el que Pablo Casado se burlaba de “la guerra del abuelo y las fosas de no sé quién” (ver aquí).

Uno no se cansa de insistir en que nuestro problema con el paso de la dictadura a la democracia no es lo que se hizo en la Transición, sino lo que no hicimos en los cuarenta años siguientes

“Sin memoria no hay futuro”, sostiene el profesor Emilio Lledó, citado en el acto del pasado lunes por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ante una representación plural de víctimas del golpe, la guerra y la dictadura que abarcaba desde el teniente coronel Fernando Reinlein, de la Unión Militar Democrática (UMD), a familiares de Las Trece Rosas, de sacerdotes fusilados en la guerra o de Melquiades Álvarez, expresidente del Congreso ejecutado sin juicio por un grupo de milicianos en agosto del 36.

Uno no se cansa de insistir en que nuestro problema con el paso de la dictadura a la democracia no es lo que se hizo en la Transición, sino lo que no hicimos en los cuarenta años siguientes. Se ha avanzado más desde 2019 hasta hoy en la asignatura pendiente sobre la memoria que en las cuatro décadas anteriores. Franco fue sacado del Valle de Cuelgamuros, después de los mil y un obstáculos que la familia del dictador puso aprovechando las garantías democráticas. En la madrugada de este jueves, Queipo de Llano, el de los discursos radiados llenos de odio y violencia, el que probablemente encargó “dar mucho CAFÉ” al “maricón” de García Lorca (ver aquí), ha dejado de recibir honores en lugar público. Menos mal que acudió Paqui Maqueda, nieta de víctimas, para evitar que “¡Viva Queipo!” fuera el grito de despedida (ver aquí). Una democracia sólida necesita mirar al futuro sin perder la memoria de su pasado (y con una derecha que la asuma y respete).

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