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El periodismo como camuflaje

En diciembre de 1957, Albert Camus viajó a Estocolmo para recoger su Premio Nobel de Literatura. Una vez allí, la Embajada francesa le organizó una conferencia de prensa, en cuyo transcurso una periodista le preguntó por las razones que le habían llevado a dejar Combat, diario del que había sido redactor jefe entre 1944 y 1947. Camus le respondió con un aplomo pimentado de ironía: “Dejé Combat, madame, porque el diario necesitaba capitales, y en la historia del periodismo los capitales nunca vienen sin servidumbres. Rechacé las servidumbres a la par que los capitales”.

Desconfíe usted, amigo lector, de cualquier periodista que no sepa distinguir entre el periodismo y las empresas periodísticas, entre nuestro noble oficio y los dueños de los diarios, radios y televisiones en que lo ejercemos. El periodismo, que la mayoría abrazamos vocacionalmente, nos impulsa a contar todo lo que sepamos de modo fehaciente sobre asuntos que son relevantes para la opinión pública; las empresas privadas que nos pagan tienen su propia ideología (se le llama línea editorial) y sus propios intereses políticos, comerciales y económicos. La relación entre el periodista y su empresa es siempre tirante y compleja, e incluso puede llegar a tan conflictiva que se salde con un despido o una salida voluntaria.

Y sin embargo, cantidad de colegas, algunos muy notorios, están dando un penoso ejemplo de tartufismo aquí y ahora al presentar como ataques al periodismo lo que no son sino críticas a grandes compañías mediáticas. Vamos a ver, levantar un diario impreso, una cadena radiofónica o un tinglado televisivo requiere millones de euros de inversión, algo que tan solo está al alcance de gente rica. Y, salvo algunas excepciones, los ricos suelen ser tan conservadores políticamente como ávidos de beneficios empresariales. Precisamente por eso muchos pensamos que, para conseguir un mínimo pluralismo en materia de información y opinión, se necesitan medios de comunicación públicos que tengan la profesionalidad como exigencia suprema.

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Trabajé durante tres décadas para una gran empresa privada de comunicación, y tengo que decir que de un modo generalmente satisfactorio para las dos partes. Reivindico todo lo que allí publiqué con mi firma, pero no todo lo que allí se publicó durante esos treinta años. Hubo titulares y enfoques de informaciones con las que yo no tenía nada que ver que no me gustaron, y hubo editoriales con los que me identifiqué más bien poco. Y, por supuesto, siempre tuve meridianamente claro que sus grandes accionistas tenían agendas políticas, económicas y vitales que no eran exactamente la mía. Estuve allí mientras pude ejercer el periodismo según mi conciencia, y añado que la empresa me trató bien mientras fue lo suficientemente vigorosa como para aceptar una amplia variedad de puntos de vista en su seno.

Confundir el periodismo con un determinado formato, un determinado medio o una determinada empresa es aberrante. Como lo es considerar periodista a todo aquel que dice serlo. No soy corporativo, creo que no se precisa ninguna titulación especial para ejercer nuestro oficio, solo ganas, fuerzas y talento para salir a recoger historias verídicas que la gente debe conocer. En mi opinión, cualquiera que hace tal cosa es periodista, incluido el que se expresa a través de redes sociales. Pero también les digo que fui corresponsal en varias guerras y me topé con gente que usaba el disfraz de periodista cuando en verdad trabajaba para servicios de espionaje. Y que ahora veo en los medios españoles llamarse periodista a gente que solo es portavoz de tal o cual partido político. O, lo que aún es más repugnante, a ratas de las cloacas del Estado.

No me siento ultrajado por las críticas de Pablo Iglesias a empresas mediáticas concretas. En cambio, me siento profesionalmente insultado por la presencia en medios televisivos de cierto individuo especializado en camuflar como periodismo las calumnias fabricadas por policías pagados con los impuestos de todos pero al servicio del partido más corrupto de España. Tengo claro que esos medios son muy libres de seguir ofreciéndole un altavoz a semejante individuo –el capital manda en la empresa privada periodística, como recordó Camus en Estocolmo–, pero también tengo claro que yo soy igualmente libre de tenerles o no aprecio profesional a esos medios.

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