Peligro de podemización en Más Madrid

Más Madrid ha presumido siempre de ser un partido cohesionado, en el que las guerras fratricidas de Podemos no tenían cabida. Han logrado transmitir la imagen de una formación civilizada en la que las discusiones internas se resolvían dentro y nunca salían a la luz. Incluso cuando estalló el escándalo Errejón, el partido se presentó firme y unido, extirpando el problema con precisión quirúrgica. Fue entonces cuando muchos se enteraron de que las relaciones estaban rotas con el fundador. Pero esta formación, en la que todos parecían felices y contentos, está viviendo su primer cisma delante de los focos, ante unos votantes desconcertados y una derecha que se frota las manos. 

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Esta semana la bronca ha sido de magnitud 7 en la escala Richter. Hay consternación y también cabreo entre la dirección, que ha cerrado filas en torno a Mónica García, por el enfrentamiento público con Emilio Delgado, que cuenta con el apoyo inquebrantable de Jorge Moruno, un estratega importante tanto en Podemos como en Más Madrid. Moruno, como tantos otros, acabó cansado de la enfermiza búsqueda del enemigo interno que los pablistas pusieron en práctica, desatando el miedo entre diputados y cargos a ser señalado, y que abandonaron el partido desencantados pero con el objetivo de que no se volviera a repetir la historia. 

Sin embargo, las señales de alarma no pueden ser más evidentes. Porque algunos de los métodos que tanto se han criticado están desfilando ante nuestros ojos. Filtraciones que han roto la confianza, como la reproducción con pelos y señales de la negociación entre Delgado y García. Y un enfrentamiento en directo en televisión que rompió definitivamente con la idílica imagen que nos habíamos fabricado. El choque se venía venir desde que Rufián y Delgado se sentaron juntos hace dos meses para pedir un bloque de izquierdas unido para ganar a la derecha. ¿Cómo exigir la unidad entre distintos partidos si a la hora de la verdad se monta una bronca en el propio?

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Pablo Iglesias tiene 2,5 millones de seguidores en Twitter, 900.000 en Facebook y medio millón en Instagram, pero solo unos cuantos se decantan por su partido en las urnas

En sectores progresistas se conocía a Delgado por los cortes en redes sociales de sus intervenciones en la Asamblea, pero Rufián era, de los dos, el más popular. Los medios amplificaron sus palabras y la convicción de Delgado de que él era la mejor opción para ganar a Ayuso se consolidó. Muy legítimo, sin duda. Es incuestionable que su discurso plantando cara a la presidenta ha llegado a las bases. 

En la dirección, por su parte, la jugada no gustó y comenzaron las presiones a Mónica García para que hiciera pública su candidatura antes de que la cosa siguiese avanzando. Ya había habido debates intensos y acalorados que se resolvían en casa, en procesos internos en los que se votaba, como se votaron los estatutos de primarias, sin que nadie levantara la voz. A la petición de Delgado de extender la participación a simpatizantes y no solo a militantes, en el entorno de la dirección se preguntan por qué no mostró su disconformidad en ese momento. En los primeros estatutos de Más Madrid, que se votaron en 2021, algunos defendían que la militancia fuera con cuota, pero Delgado era de los que apoyaban que fuera por participación, justo lo que ahora no le cuadra. 

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En la noche de las elecciones generales del 20 diciembre de 2015, cuando IU pasó de 9 a 2 diputados, Alberto Garzón no paraba de preguntarse qué había fallado, porque era uno de los políticos mejor valorados y la gente le paraba por la calle como si le fuera a votar, cosa que no hicieron. Los votos que no tuvo se fueron a un Podemos en su mejor momento, que obtuvo 69 diputados en el Congreso. Tener muchos seguidores no se traduce necesariamente en votos. Hay votantes de derechas que dicen que Rufián es genial pero nunca cogerían su papeleta. Pablo Iglesias tiene 2,5 millones de seguidores en X, 900.000 en Facebook y medio millón en Instagram, pero solo unos cuantos se decantan por su partido en las urnas. Esperemos que esa estrategia que ha ahuyentado a tanta gente no se contagie a Más Madrid y acaben como Juan Lobato, exlíder del PSOE madrileño, yendo al notario para registrar mensajes de WhatsApp con sus compañeros.

Más Madrid ha presumido siempre de ser un partido cohesionado, en el que las guerras fratricidas de Podemos no tenían cabida. Han logrado transmitir la imagen de una formación civilizada en la que las discusiones internas se resolvían dentro y nunca salían a la luz. Incluso cuando estalló el escándalo Errejón, el partido se presentó firme y unido, extirpando el problema con precisión quirúrgica. Fue entonces cuando muchos se enteraron de que las relaciones estaban rotas con el fundador. Pero esta formación, en la que todos parecían felices y contentos, está viviendo su primer cisma delante de los focos, ante unos votantes desconcertados y una derecha que se frota las manos. 

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