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Desde la casa roja

Me gustas, democracia, porque estás como ausente

Era 1832. Era París. Victor Hugo había presentado su obra Le roi s’amuse (El rey se divierte) en el Teatro Francés. Al día siguiente de la representación, una carta del ministerio suspende la pieza. Uno de los derechos fundamentales en Francia después de la Revolución de 1789 y de la Constitución de 1830 fue la libertad de expresión y de pensamiento así como la abolición de la censura. ¿Qué pasó entonces? Que un grupo de gendarmes asistió a la primera representación y se escandalizó. Les pareció inmoral y obscena. Victor Hugo había dibujado al rey Francisco I de Francia como un ser depravado que maltrataba a su bufón Triboulet y que manejaba su poder para conseguir a las mujeres que le apetecía. ¿Qué hizo el ministerio al respecto? Ocultar el libertinaje del rey, salvaguardar a la monarquía, aunque fuera la de dos siglos antes. Para ello, no solo prohibieron la obra, sino que mandaron destruir todos sus carteles. “Si cree ahora que son diferentes para los espíritus las ideas de libertad, se engaña; lo que tienen es cansancio, y llegará un día en que se pedirá estrecha cuenta de los actos ilegales que acumula contra nosotros de algún tiempo a esta parte”, escribió posteriormente el autor de Los miserables en su alegato.

El asunto no termina ahí. Veinte años después, un genio de la música, Giuseppe Verdi, conmovido por la pieza teatral de Victor Hugo, se basa en ella para escribir el libreto de su ópera más famosa: “La donna è mobile / qual piuma al vento”, canta una de sus arias. La estrena en Venecia. Para salvar la censura del imperio, Verdi le cambia el nombre, Triboulet pasará a ser Rigoletto. Y Francisco I, el Duque de Mantua. La traviata, basada en La dama de las camelias de Alejandro Dumas, también sufrió algunos ajustes y Verdi tuvo que ubicarla doscientos años antes de la fecha en que la situaba en el original. No podía resultar un espejo donde el público se viese reconocido.

“Volvamos al aquí y al ahora”, versaba Javier Krahe en la canción que da título a este texto: “Donde tú, democracia, ya sé que me procuras alguna ley conciliadora, pero caes a menudo en sucias imposturas, fealdades que el buen gusto deplora”. Bien sabía Krahe lo que le cantaba al sistema que nos recoge desde aquel día en que todas las cámaras de TVE se apagaron mientras tocaba su Cuervo ingenuo, esa canción dedicada a la postura de Felipe González sobre la OTAN, o cuando se cayeron sus actuaciones de los ayuntamientos socialistas de los ochenta.

Parece que hasta en tiempos de esperanza, incluso con la piel aún herida de revoluciones y caballos grises, el poder ha ejecutado su fuerza para detener la expresión. ¿Realmente se trata de una condena a la amenaza y la injuria o simplemente se busca romper el espejo donde nos reflejamos, a veces, distorsionados; a veces, desnudos? Hace un par de días, en la presentación de un libro de humor gráfico, un periodista que fue portavoz del Gobierno que inspiró Cuervo ingenuo dijo que “no eres político hasta que no te hacen una caricatura”. A Franco no se le caricaturizaba. Lo hizo la revista La traca: su propietario fue fusilado y los ejemplares destruidos. Pero Franco no era político, era un dictador. Y esto se suponía que era otra cosa.

Qué palabra tan fea, pero qué propia para esta ley que nos sujeta. Una ley creada por el partido en el Gobierno para oscurecer a la fuerza su propia crisis como institución: mordaza, silencio, coacción. Una ley escrita tras el 15M y las protestas en la calle. Una ley para barrer a golpes y meter lo disidente debajo de la alfombra. No hablar, no reunirse, todo atado. El último en sumarse al listado de señalados por esta Ley de Seguridad Ciudadana, que va mucho más allá de la música, ha sido Evaristo Páramos, cantante de Gatillazo y ex vocalista de La Polla Récords, algo que, como él mismo ha reconocido, es habitual en sus conciertos. Que por qué. “Por tus ideas, porque protestas, por lo que gritas, porque molestas, porque me mandan, por el dinero, porque me gusta y porque puedo”, se responde en Otra canción para la policía. Básico y directo. Punk: contra la autoridad y contra la convención y la norma. Punk sin más. “Toma democracia, come libertad”, como cantaba en otro de sus proyectos musicales, The Kagas.

La censura en el arte, y concretamente en la música, es antigua. De Wolf Biermann cruzando el muro de Berlín a los Rolling, de Elvis a Bowie, de Lucy in the sky with Diamonds a Je t’aime moi non plus, de Los Tigres del Norte al rapero huido Valtonyc. Más propia de países con Gobiernos autoritarios cuya posición no debe cuestionarse. La realidad es, pero no debe estar en las canciones: no protestarás. Quiero decir que padecerás todas las injusticias, pero no te atrevas a cantarlas, a escribirlas o a dibujarlas. No sujetes el espejo donde podamos vernos como somos. O como nos gustaría ser. El escenario ha cambiado. Y lo que antes podía llegar a unos cuantos, hoy viaja a todas partes.

Me pregunto qué habría sido de mis amigos ahora. Pero eran los años noventa cuando hacían canciones punks contra la monarquía y no teníamos redes sociales y aquello no fue mucho más allá de sus garajes. Qué habría pasado si hoy hubieran tenido un me gusta de más, si se hubiera viralizado aquello, si de pronto hubieran alcanzado una repercusión inesperada y su canción tocara los oídos de alguna autoridad y esta se hubiera molestado por la provocación de unos chavales de la periferia: que se les habría dado su escarmiento, su multa, su prisión. ¿Son las redes sociales los nuevos gendarmes sentados en el teatro de Victor Hugo? Créanme, eran inofensivos.

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