Historias de comunistas

Quizá tenga un imán que no sé explicarme. Intento alejarme de ellas, pero me vuelven a los ojos. Quizá, también, tiene que ver algo una nostalgia equivocada por ese siglo XX ya extinto en que muchos nacimos. Un intento por entenderlo desde algún lugar de todos sus lugares posibles. Su violencia, su eco persistente, sus dictaduras, el sustrato del que partió hacia la Historia rompiéndola en dos.

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Hace un mes, al bajar de un taxi en Coyoacán, Ciudad de México, nos dimos cuenta de que estábamos frente a la que había sido la casa de Trotski. Por qué no entrar. En esa casa de la calle Viena, de ventanas tapiadas por seguridad entonces, garitas de vigilancia en sus muros, con los agujeros en la pared por los disparos de un intento anterior, fue asesinado Liev Davidovich, Trotski, por el español Ramón Mercader, en agosto de 1940. Mercader se metió en su despacho y le clavó un piolet en el cráneo. Así terminaba la vida del dirigente político, escritor y filósofo ruso, figura clave de las revoluciones de 1905 y de octubre de 1917, lejos de la URSS, en México, donde vivía en el exilio gracias a la invitación que propiciaron Frida Kahlo y Diego Rivera, tras ser desterrado a Siberia primero, expatriado después, por oponerse a la dictadura de Stalin.

Será el mejor de los tiempos, será el peor de los tiempos. No lo sabemos. Pero alguien nos lo contará.

Laura Ramos, escritora y periodista argentina, ha escrito un libro que se titula Mi niñera de la KGB (Lumen, 2026) y donde recuerda la vida de África de las Heras, una de las mejores agentes internacionales que tuvo la KGB. Lo presentamos hace unos días en Madrid. África, María Luisa, Yvonne, Maya, Patricia, la camarada Patria, había nacido en Ceuta en 1909 en una familia de militares y murió en la URSS en 1988, condecorada por los soviéticos y con rango de coronel. Había dedicado su vida a ser espía. Fue en Montevideo, en los años sesenta, cuando la escritora conoció a esta mujer, cuya tapadera era ser modista y niñera en Uruguay. Donde se casó con el escritor Felisberto Hernández, donde envenenó a su segundo marido, otro espía, y desde donde conseguía documentación para los agentes rusos. Y fue hace menos de diez años cuando Laura descubrió su verdadera identidad y emprendió la búsqueda de sus pasos por todo ese siglo pasado que ella ve, me dice, en blanco y negro. Dicen que “nuestra María Luisa”, como ella la llama, participó en el asesinato de Trotski. Que formó parte del secretariado del ruso y trazó los planos de la casa para que Mercader culminara los planes de Stalin.

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No sé ya por qué quería leer El hombre que amaba a los perros. A veces, da igual de qué vayan las novelas, su trama, importa cómo nos las cuentan, y este libro está escrito en estado de gracia absoluto, debe ser un clásico contemporáneo. Pero da la casualidad de que habla de ellos: de Mercader, de Trotski, de un periodista en La Habana, incluso aparece en sus páginas María Luisa, la niñera de Laura. Cuenta Padura que se le ocurrió esta novela visitando la casa de Coyoacán. No sé si se cerrará mi círculo con esta historia que se ha colado en los últimos días de mi primavera. Supongo que no, que seguirá llegando a mis manos sin planearlo, poniendo orden o verdad en unas biografías perdidas.

Llueve hoy en Beijing. Cae una lluvia floja que se suspende en el aire y cuesta respirar. Cae el agua sobre la estatua de Mao, sobre las avenidas infinitas y una niebla densa difumina el final de los edificios altos de la ciudad. Arrastro un jet lag en sentido inverso a mi experiencia y no sé cómo manejarlo. Solo quiero volver al hotel, encerrarme a terminar esa novela de Padura y emprender otra que me ayude a transitar por esta galaxia nueva para mí, la China del siglo XXI. Será el mejor de los tiempos, será el peor de los tiempos. No lo sabemos. Pero alguien nos lo contará.

Quizá tenga un imán que no sé explicarme. Intento alejarme de ellas, pero me vuelven a los ojos. Quizá, también, tiene que ver algo una nostalgia equivocada por ese siglo XX ya extinto en que muchos nacimos. Un intento por entenderlo desde algún lugar de todos sus lugares posibles. Su violencia, su eco persistente, sus dictaduras, el sustrato del que partió hacia la Historia rompiéndola en dos.

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