Mirad las telas: Teresa Lanceta en el Museo Arqueológico Nacional

Presentación de la exposición: Fueron tejidos de Teresa Lanceta en el Museo Arqueológico Nacional.

Si me lo propongo, creo que podría describirles la cacharrería de cualquier obra medio famosa. Las espadas de los Horacios, la forma de las picas de los soldados de Breda, el nombrecillo de tantísimos dioses paganos. Sospecho que saldría con éxito del cuestionario mientras no me preguntasen por las ropas.

La constatación de esta "ceguera" se la debo a Fueron tejidos, una minúscula exposición que puede verse en el Museo Arqueológico Nacional hasta mediados de noviembre, en la que Teresa Lanceta (Barcelona, 1951) nos obliga a detenernos en un detalle palmario y, a la vez, inadvertido: que los vestidos con los que se engalanan las esculturas fueron de tela antes que de mineral. Para defender la hipótesis, la artista centra sus indagaciones en dos obras maestras de la escultura íbera (La dama de Baza, siglo IV a.C., y La dama del Cerro de los Santos, siglo III a.C.), tomadas aquí como una "piedra roseta" mediante la que descifrar sus artes textiles.

"El escultor y el pintor debieron ver estas telas sobre el cuerpo de una mujer por la naturalidad escultórica del tejido y la perspectiva realista de la cuadrícula", dice Lanceta en uno de los audios que conforman la exposición. Para demostrar su hipótesis (que la labor de los tallistas no fue arbitraria porque tuvieron como modelo un vestido real), la artista ha replicado las confecciones que pudieron cubrir a sendas damas y ha indagado qué tintes pudieron darles su color. Así, mediante esta actualización, la exposición nos propone un acercamiento directo e inteligible al textil, a su fabricación (concreta, imaginable) y a sus características plásticas. "La dama de Baza tiene tres túnicas y un manto [...]. Su hilatura seguramente sería de lino grueso o de una lana esponjosa que permitiría a la tela doblarse en ondas suaves e incluso sortear con un pliegue de marcada curvatura la mano que sostiene un pájaro", prosigue el audio. "Para tejer un manto similar el telar debía de ser ancho e incorporar unas tablillas que crearan la cuadrícula en rojo y azul que lo bordea".

La revelación (que las vestiduras tenían entidad propia), ya les digo, no debería ser para tanto, pero a mí me sorprendió. Sospecho que ni siendo hijo (sobrino y nieto) de una costurera me ha librado de los sesgos de mi cultura, que entiende que la confección o el bordado son habilidades menores; o al menos, inferiores al noble arte del picapedrero y el escultor. La exposición recalca esta jerarquía a través de su escuetísima instalación: apenas unas discretas intervenciones dentro de dos vitrinas cercanas a las esculturas —de señoras poderosas, por otra parte, el quiebro es interesante— a las que se alude (con algunos ejemplos de las "réplicas" mentadas, placas con pigmentos, ovillos y fibras), el audio resguardado tras un código QR y una docena de obras entre medianas y pequeñas expuestas en uno de los costados del "patio de los íberos". La parquedad resulta significativa para los que conocemos el trabajo de Lanceta —autora habituada a los grandes formatos y a las exposiciones apabullantes; a uno no le conceden el Premio Nacional de Artes Plásticas a la ligera)— recluida para la ocasión en expositores tan menudos. La decisión me parece sensata: no conviene disputarle el foco a la Leona de Baena, la Bicha de Balazote o la Dama de Elche. Felizmente, la pequeñez logra transformarse en intimidad, sensación potenciada por la inclusión de los audios, que uno debe ponerse en sus auriculares y reproducir a través de su propio teléfono. De repente, pareciera que la artista te acompaña en la visita.

El arte de lo previsible

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Así, recordamos que tejer es tan antiguo como el trabajo con la piedra, que tardaría en convertirse en una tarea femenina o que la belleza es una cualidad intrínseca del tejido, detalle que se trasluce en la hermosura de las palabras que pueblan su campo semántico: "fruncido", "pliegue", "hilatura". También, aprendemos que los telares funcionan siguiendo un código binario, como los ordenadores: "El código matemático cero-uno determina desde el principio de los tiempos un ligamen: el de los hilos de la trama cruzando los hilos de la urdimbre". Sobre esta relación, conviene mencionar la exposición que el Reina Sofía dedicó hace unos años a Charlotte Johannesson (Malmö, 1943), en cuya obra transitó del textil a lo digital con la mayor de las naturalidades: "En 1978 cambió su telar por un Apple II Plus, uno de los primeros ordenadores personales del mercado", leíamos en la hoja de sala.

Fueron tejidos es el penúltimo capítulo del ciclo Memoria, tejidos, museos. Los barrios bajos de la atención, comisariado por Selina Blasco y Patricia Molins en las sedes de varios museos nacionales. Hará unos meses nos ocupamos, en estas mismas páginas, de otro de sus episodios: el de Patricia Esquivias en el Museo de Artes Decorativas, centrado en sus pesquisas sobre el punto moruno de Caleruela. También a esta otra muestra podría aplicársele una de las afirmaciones con las que Lanceta completa su exposición: "Tejer es un proceso estructural que facilita la creación simultánea del objeto y el lenguaje, del soporte y la imagen. El tejido es la revelación humana de un arcano".

Al terminar, de camino a la salida, recorrí los asombrosos pasillos del Arqueológico sin parar de fijarme en las túnicas y los ropajes, como si de repente, tras toda aquella piedra, aflorase la blandura de los vestidos. Regresaba —les aseguro— siguiendo el mismo itinerario, pero ahora veía todo lo que había pasado sin mirar.

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