Historia de un bordado: Patricia Esquivias en el Museo de Artes Decorativas

Fotograma del vídeo “Al puro ver se ve”, Patricia Esquivias.

"El factor decisivo en el coleccionismo es despojar al objeto de todas sus funciones originales para que entable con sus semejantes [los otros elementos de la colección] la relación más estrecha imaginable", escribió Walter Benjamin. "Todo lo recordado, lo pensado, lo consciente se convierte en pedestal, en marco, en podio, en candado de su patrimonio". Recordé esta cita del Libro de los pasajes visitando Al puro ver se ve, la exposición de Patricia Esquivias (Caracas, 1979) que puede visitarse hasta el 25 de enero en el magro horario de visitas (solo por las mañanas, de martes a domingo) que ofrece el Museo Nacional de Artes Decorativas.

La muestra forma parte del ciclo Memoria, tejidos, museos. Los barrios bajos de la atención, comisariado por Selina Blasco y Patricia Molins, que revisita —a través de invitadas tan disímiles como Narelle Jubelin, Ana Garriga y Carmen Urbita (Las hijas de Felipe), Eva Lootz y Teresa Lanceta— los fondos textiles de las colecciones nacionales. En este tercer capítulo, Esquivias sigue la pista de una técnica de bordado desubicada: el punto moruno de Caleruela, una complicada técnica con la que se consigue que las labores no tengan derecho ni revés, sino que el resultado sea calcado en ambas caras del soporte. Esta sencilla pesquisa (¿cómo un textil originario de Fez, Marruecos, llegó a convertirse en típico de una localidad de Toledo?) sirve para exponer la compleja madeja de apropiaciones, viajes, anécdotas bélicas, instrucción femenina, colonialismo, intereses burgueses e invenciones de la tradición que se desarrolla en las tres pequeñas salas de las que dispone la exposición.

Más allá de la posible explicación del hecho insólito (parece que Zenobia Camprubí encargó a uno de los talleres locales esos bordados para decorar las casas que ella alquilaba en Madrid a viajeros norteamericanos), la muestra trata de perfilar la densísima trama de relaciones que se silencian (volviendo a la idea de Benjamin con la que comenzamos esta crítica) en los objetos coleccionados. Más, cuando se trata de artesanías fabricadas por mujeres, víctimas de una doble ocultación: una por lo no-artístico —ergo sin autor—, otra por lo femenino.

Arte sin salir de casa: algunas recomendaciones bibliográficas

Arte sin salir de casa: algunas recomendaciones bibliográficas

Con una claridad admirable (el tema es tan intrincado que su exposición podría volverse confusa con mucha facilidad), Esquivias traza una genealogía que pasa por las tradiciones islámicas que resisten en la península ibérica, la fascinación que lo popular causó en los ilustrados de la II República (particularmente, en los participantes en la Institución Libre de Enseñanza), los manuales históricos, antropológicos y pedagógicos sobre artes decorativas, las formas eruditas del bordado, la influencia que las criadas tuvieron en la educación de la clase dominante (Lorca, en la conferencia sobre las nanas, dice algo hermoso a este respecto: «Estas nodrizas, juntamente con las criadas y otras sirvientas más humildes, están realizando hace mucho tiempo la importantísima labor de llevar el romance, la canción y el cuento a las casas de los aristócratas y los burgueses»), el origen y el propósito de las colecciones textiles, el mercadeo con estos objetos y las reatribuciones que lo árabe padeció durante la dictadura, donde a todo lo elaborado que hallase en el protectorado había que buscarle un origen patrio y católico, no sea que esos bárbaros fuesen capaces de hacer algo sofisticado.

Expositivamente, la propuesta se vertebra en tres compases cuyos títulos reflejan las tensiones en torno a la autoría y el origen del bordado que nos convoca. Lo izieron en Fez, Lo izieron en Caleruela y Al puro ver se ve, que es también el título del extenso vídeo que cierra la muestra y que sintetiza la investigación de la artista. Aunque a lo largo del recorrido se citan muchos materiales textiles custodiados en colecciones públicas, el visitante tendrá que contentarse —en muchas ocasiones— con reproducciones fotográficas, imagino que a causa de los siempre presentes problemas de conservación y por los escasos recursos que se habrán destinado al proyecto. Es una pena. Los elementos mostrados (ya sean originales o reproducciones) son muy diversos: desde recortes de prensa, fichas de catalogación dubitativas, inventarios y documentos de proveniencia, catálogos de exposiciones, manuales, piezas históricas (como un frontal de altar hecho con recortes dieciochescos), bordados realizados por la propia artista o una colección de dechados, que son los modelos que las maestras bordadoras hacían para instruir a sus alumnas. Estos últimos son fascinantes, porque condensan en un pañito todas las capacidades de las que es capaz su artífice con una aguja y un hilo: letras, números, la representación de un monograma, un calvario, una coronita, pequeños animales, un barco. En todos se borda el nombre de su autora: «Loizo Josefa Marti…», «Loizo Ciria Camart», etcétera.

En Al puro ver se ve Patricia Esquivias logra, mediante una propuesta materialmente sucinta pero cuidada, y una profunda y delicada labor de investigación, mostrar las aristas que los discursos museográficos (tan aficionados a lo inapelable y monolítico) ocultan: la fragilidad y contingencia de su criterio. Lo hace partiendo de un asunto en apariencia insignificante (o lo que es lo mismo, un asunto considerado insignificante por las instituciones que fijan el canon) para alumbrar, a través de él, las mismas complejidades que afectan a las grandes obras y a los temas tenidos por importantes. Así, aplicándole el rigor intelectual y las finuras que se reservan a las ligas mayores, empareja la historia de una «mera» técnica de bordado con esas otras que se escriben con mayúscula. A ello contribuye el ciclo comisariado por Blasco y Molins, que recomiendo seguir con atención. Tras este capítulo vendrán los correspondientes al Museo de América y al Arqueológico Nacional (los precedentes ocurrieron en el Museo del Traje y en el del Romanticismo). Quién diría que en los barrios bajos de la atención terminarían por esconderse tantas maravillas.

Más sobre este tema
stats