Que el cine tiene que mantenerse al margen de la política. Eso se respondió en la presentación del jurado de la Berlinale, el Festival Internacional de Cine de Berlín, cuando se les preguntó por la situación en Gaza. “Somos el contrapeso de la política”. Esas palabras llegaron hasta Arundathi Roy, la escritora india, y decidió no acudir a la presentación de la película In which annie give it those ones, una comedia sobre la vida de unos estudiantes universitarios de arquitectura, carrera que hizo Roy en Delhi, de cuyo guion es autora y que se estrenó en 1989. Roy respondió a la organización del festival que le resultaba asombroso cómo pretendían silenciar una conversación sobre lo que es un crimen de lesa humanidad que se desarrolla delante de nosotros en tiempo real. Lo cierto es que la Berlinale no ha tenido problemas para hacer política según tiempos y regiones. A ese silencio sobre Palestina también replicaron más de ochenta actores y actrices con una carta: “Estamos consternados por la implicación de la Berlinale en la censura de artistas que se oponen al genocidio en marcha de Israel contra los Palestinos en Gaza y al papel clave del Estado alemán en permitirlo”. Ah, Alemania.
He leído en estos días las memorias de Arundathi Roy. Un libro escrito después de la muerte de su madre, Mary Roy. De él me llevo dos cosas. La primera, que parece que siempre escribamos para que nos quieran. A ella, a su madre, le dedicó aquella novela que se tradujo a cuarenta idiomas y ganó el premio Booker, El dios de las pequeñas cosas, y le agradeció en su dedicatoria que la criara, que le enseñara a pedir perdón antes de interrumpirla en público y su amor para dejarla marchar. Su hermano, en broma, le dijo que esa dedicatoria era la única ficción que había escrito en aquella novela. Y a ella le dedica también este otro libro, donde cuenta lo que le pasó en todo ese tiempo en que estuvo lejos de Mary sin contacto con ella, una mujer dura, violenta a veces, excéntrica e impulsiva que levantó sola una escuela en Kerala. Y lo cuenta porque su madre nunca se lo preguntó: cómo saliste adelante, cómo vivías, cómo conseguiste sacar tu título, cómo te hiciste escritora. Escribir para que te quiera tu madre parece una razón de peso para emprender cualquier libro.
Cualquier creación es siempre política, que no tiene nada que ver con panfletaria, como sí lo es acatar el silencio o mirar hacia otra parte, y solo por eso, hay que asumirlo, nos querrán menos o nos querrán peor. Y no debería importar
Y la segunda es que Roy es una escritora comprometida con el tiempo en el que le ha tocado vivir. Y que se posiciona en ese mundo de una forma valiente. Porque le dio igual acabar con su cuerpo en la cárcel o terminar varias veces frente al Tribunal Supremo de India después de ser reconocida mundialmente por su literatura, cuando tomó conciencia de que era una mujer muy rica gracias a sus libros en un país muy pobre o cuando se puso en contra de las presas del río Narmada que desplazarían a miles de tribus indígenas de las montañas o cuando se fue a la selva de Dandakaranya con el Partido Comunista, donde se estaba librando una guerra sangrienta, o cuando acusó al Gobierno de su país de censura cuando se hablaba de Cachemira.
Hace unos días, una profesora de literatura de la universidad les dijo a sus alumnos que el arte produce una conciencia ética. Porque antes de leer, antes de ver una película, no sabemos cosas que sabremos después y ese es el compromiso de quien escribe, pero también es el compromiso de quien lee. Qué hago con lo que he visto, qué hago con lo que ahora sé. La literatura no puede meterse en cajones simplistas que respondan a ideologías, los libros no opinan, pero sí contienen una mirada frente al mundo, sus coordenadas sitúan al creador en una posición. Incluso aquellos libros o películas que parecen no contarnos nada, lo dicen callando o cambiando la mirada de lugar.
Wim Wenders, el director del festival de Berlín, dijo que, si se hacen películas intencionadamente políticas, entraremos en el terreno de la política. Pero cualquier creación es siempre política, que no tiene nada que ver con panfletaria, como sí lo es acatar el silencio o mirar hacia otra parte, y solo por eso –hay que asumirlo– nos querrán menos o nos querrán peor. Y no debería importar. Lo raro es quedarnos callados como estamos.
Que el cine tiene que mantenerse al margen de la política. Eso se respondió en la presentación del jurado de la Berlinale, el Festival Internacional de Cine de Berlín, cuando se les preguntó por la situación en Gaza. “Somos el contrapeso de la política”. Esas palabras llegaron hasta Arundathi Roy, la escritora india, y decidió no acudir a la presentación de la película In which annie give it those ones, una comedia sobre la vida de unos estudiantes universitarios de arquitectura, carrera que hizo Roy en Delhi, de cuyo guion es autora y que se estrenó en 1989. Roy respondió a la organización del festival que le resultaba asombroso cómo pretendían silenciar una conversación sobre lo que es un crimen de lesa humanidad que se desarrolla delante de nosotros en tiempo real. Lo cierto es que la Berlinale no ha tenido problemas para hacer política según tiempos y regiones. A ese silencio sobre Palestina también replicaron más de ochenta actores y actrices con una carta: “Estamos consternados por la implicación de la Berlinale en la censura de artistas que se oponen al genocidio en marcha de Israel contra los Palestinos en Gaza y al papel clave del Estado alemán en permitirlo”. Ah, Alemania.