La muerte a patadas de un ultra en Francia muestra un drama incalificable y una sórdida instrumentalización
El fascismo mata, pero ha muerto un fascista. Esta realidad, implacable y dramática, no admite ningún “sí, pero...”. No hay ningún motivo para alegrarse por la muerte de un joven de 23 años. Sus convicciones ultraderechistas, su compromiso con movimientos racistas, antisemitas y contrarios a la igualdad no cambian nada. Lo que ocurrió el jueves por la noche en Lyon (Ródano) es una afrenta a nuestra humanidad común.
Las detenciones del martes por la noche refuerzan la hipótesis de la responsabilidad directa de varios militantes del movimiento antifascista La Jeune Garde. La investigación judicial en marcha establecerá los hechos y todas las personas implicadas, entre ellas el asistente parlamentario del diputado de La Francia Insumisa (LFI) Raphaël Arnault, cofundador del grupúsculo, gozan de momento de la presunción de inocencia.
Pero, sin esperar a que se pronuncie la justicia, la muerte de Quentin Deranque —y las imágenes extremadamente brutales de su paliza— debe hacernos reflexionar profundamente. Cuestionar nuestras certezas, sacudir nuestras convicciones. ¿Cómo nos ha llevado colectivamente a esta situación el aumento de la violencia política, en gran parte atribuible a la extrema derecha en los últimos años?
¿Han traspasado alegremente los militantes antifascistas, que históricamente reivindican el recurso a la violencia como “autodefensa” o “contraviolencia”, la línea moral y ética que prometían preservar a toda costa? LFI, al aliarse con la Jeune Garde, ¿se aseguró de que se mantuviera ese dique esencial de la “autodefensa”? Es lícito ponerlo en duda.
Estas preguntas requieren respuestas. Son indispensables para construir una alternativa creíble frente al auge de la extrema derecha. Pero no deben impedirnos ver lo que está sucediendo desde el anuncio oficial de la muerte de Quentin Deranque: la sórdida instrumentalización de una tragedia; un ataque en toda regla contra el antifascismo y contra cualquier alternativa a la política del Gobierno o al auge de la Agrupación Nacional (RN); el cuestionamiento de ciertas libertades fundamentales.
Inversión de los valores
Acostumbrados a las simplificaciones, los macronistas se han apresurado a aprovechar la oportunidad. Según ellos, el razonamiento es muy sencillo: Quentin Deranque fue asesinado por antifascistas. Los antifascistas son la extrema izquierda. LFI es la extrema izquierda. Además, Laurent Nuñez lo ha oficializado desde la Place Beauvau (sede del Ministerio del Interior) para las elecciones municipales. Por lo tanto, LFI ha matado a Quentin Deranque. Pero habrá que demostrarlo.
El ministro de Justicia, Gérald Darmanin, expuso una versión muy similar el domingo. “Durante mucho tiempo, LFI decía que la ‘policía mataba’, ahora vemos claramente que es la extrema izquierda la que, evidentemente, ha matado”, declaró quien ya en 2023 hablaba del “terrorismo intelectual de la extrema izquierda”. Según él, los insumisos y los antifas mantienen todos “discursos políticos que, lamentablemente, conducen a una violencia desenfrenada”.
“No es la policía la que mata en Francia, es la extrema izquierda”, comentó también en X Bruno Retailleau, exministro del Interior de Emmanuel Macron, candidato de Los Republicanos (LR) para las presidenciales. “La milicia de Mélenchon y LFI ha matado”, resumió también la eurodiputada Marion Maréchal, en sintonía con la derecha.
Más sorprendente aún, su colega de Place publique, Raphaël Glucksmann, también estableció en RTL la relación entre LFI y la paliza a un hombre caído al suelo: “No se pueden utilizar constantemente palabras de extrema violencia sin pensar que esas palabras no se traducirán en actos”.
Eso animó a la portavoz del Gobierno a apelar a la “responsabilidad” de los franceses que votan a LFI, pidiendo a continuación que “nunca más haya un diputado de LFI en la Asamblea Nacional”.
El ejemplo de Estados Unidos
Todas estas fórmulas se parecen mucho al estribillo entonado por Donald Trump y sus partidarios tras el asesinato del influyente ultraderechista estadounidense Charlie Kirk: una vertiginosa inversión de valores; el pretexto —dramático— aprovechado para acabar de una vez por todas con la izquierda.
Recuerden lo que pasó el pasado mes de septiembre. “La violencia proviene en gran medida de la izquierda”, se atrevió a proclamar el presidente estadounidense. Al igual que los ministros franceses, estableció entonces un vínculo entre la denuncia de la extrema derecha y el asesinato de Kirk, atacando a “los de la izquierda radical que durante años han comparado a estadounidenses maravillosos como Charlie con los nazis y con los mayores asesinos en masa y criminales del mundo”.
En Estados Unidos, los antifascistas son ahora calificados de terroristas. ONG, asociaciones, periodistas y funcionarios han sido blanco de una caza de brujas digna del macartismo.
Ese hedor nauseabundo llega hasta aquí: el martes, el ministro de Educación Superior, Philippe Baptiste, pidió a los rectores de las universidades que prohibieran cualquier reunión política en las facultades que pudiera alterar el orden público. Se cumple así un viejo sueño de la derecha, desde los llamamientos a "desmarxizar" la universidad francesa en 1970.
Doble moral
Esta inversión de valores conduce inevitablemente a una distorsión de la realidad: en los últimos años, la extrema derecha ha matado y es como si nadie, o casi nadie, se hubiera dado cuenta. Aunque la investigación sobre el asesinato de Quentin Deranque confirme la responsabilidad de los militantes antifascistas, sería “una primicia”, explica la socióloga Isabelle Sommier, coordinadora de la obra Violences politiques en France. De 1986 à nos jours (Violencia política en Francia. Desde 1986 a nuestros días, edit. Presses de Sciences Po, 2021), en nuestro programa "À l’air libre".
Junto con un equipo de investigadores, Isabelle Sommier lleva la cuenta de esos actos violentos: según sus datos, desde 2017, han muerto seis personas a manos de activistas de extrema derecha. Los activistas kurdos Emine Kara, Mehmet Şirin Aydin y Abdurrahman Kizil, asesinados en la rue d'Enghien de París en 2022; el rugbista argentino Federico Martín Aramburú, asesinado en París en 2022; Djamel Bendjaballah, atropellado por un militante de la Brigada Patriótica Francesa, en Dunkerque (Norte), en 2024; y Hichem Miraoui, asesinado por ser árabe en Var, en 2025.
Pero, ¿quién conoce esos nombres? ¿Qué Asamblea guardó un minuto de silencio en su honor? ¿Qué ministro les rindió homenaje (en cualquier caso, Gérald Darmanin no)? ¿Dónde figuran esos fallecidos en la memoria colectiva?
Sigamos con las cifras: según la base de datos recopilada por la socióloga Sommier y sus colegas, entre 2017 y la actualidad, las agresiones se han más que duplicado en comparación con el periodo anterior estudiado (1986-2016). El 70% de esas agresiones son perpetradas por activistas de derechas, que atacan principalmente a personas racializadas o percibidas como tales (70%) y a adversarios políticos (30%).
Las autoridades conocían perfectamente este contexto de aumento de la violencia política. Pero, ¿qué hicieron para evitar la tragedia del jueves por la noche? ¿Han permitido deliberadamente que grupos de extrema derecha agredieran a cientos de personas y que los antifascistas se radicalizaran en los últimos años? ¿Se ha permitido que esto ocurriera mientras no hubiera muertos?
También en este caso harán falta respuestas.
“Hace años que se producen acciones especialmente violentas por parte de grupúsculos de extrema derecha, palizas y saqueos de librerías. Pero las respuestas policiales y judiciales son especialmente laxas, por no decir inexistentes en ocasiones”, explica en Politis el abogado lionés Olivier Forray. “Eso también explica la radicalización del movimiento de izquierdas y antifascista: las autoridades públicas no han desempeñado su papel regulador con el fin de mantener la paz social”.
Superada una nueva etapa
Eso sería coherente con la política llevada a cabo por Macron, que desde 2017 no ha dejado de ofrecer trampolines a la extrema derecha. La trágica muerte de Quentin Deranque y su tratamiento político y mediático pueden ahora llevarnos a entrar en “una fase de radicalización de la demonización del antifascismo”, según las palabras de Ugo Palheta, sociólogo y autor de Comment le fascisme gagne la France (Cómo el fascismo va conquistando Francia, edit. La Découverte, 2025).
Este movimiento no es nada nuevo, pero se ha acelerado considerablemente en los últimos años, impulsado por un poder macronista que ha optado deliberadamente por enfrentar a la extrema derecha y a la izquierda. Esta estrategia, destinada a deslegitimar primero al melenchonismo, luego a los ecologistas y, a veces, incluso a los socialdemócratas en función de sus alianzas, ha acompañado sobre todo a la empresa de “desdemonización” del partido de Marine Le Pen.
La extrema derecha, fortalecida por sus éxitos electorales y por una deriva sin fin del debate público, marca ahora la pauta de los debates, imponiendo su discurso a una velocidad vertiginosa. “Es Overton++”, resume Simon Duteil, ex portavoz del sindicato Solidaires, en referencia a la ventana de Overton, que designa el espectro de ideas consideradas aceptables en el debate público. “Rara vez he visto tal capacidad de la extrema derecha para que algunos medios reproduzcan íntegramente su discurso y su interpretación de los hechos.”
De hecho, esta ventana de Overton no ha dejado de ampliarse, hasta el punto de banalizar palabras y conceptos que hasta entonces estaban reservados a la extrema derecha. Gérald Darmanin hablando sucesivamente de "ecoterrorismo" o de "asalvajamiento"; Emmanuel Macron llamando en 2023 a contrarrestar un curioso “proceso de descivilización” ; Valérie Pécresse soltando la expresión “gran sustitución” en plena reunión para las elecciones presidenciales de 2022... Hay numerosos ejemplos y dan testimonio por sí solos del cambio político que se está produciendo.
Hace unos años, Nicolas Sarkozy creó polémica al declarar públicamente que “Marine Le Pen era compatible con la República”. En aquella época, la derecha clásica todavía consideraba el extremismo como “un veneno” y se negaba a debatir con sus representantes. Hoy en día, ninguna de sus figuras se atrevería a afirmar lo contrario. Muchos ni siquiera se atreven ya a clasificar a RN como de extrema derecha. Por el contrario, esos mismos consideran que el principal peligro proviene de las filas de la izquierda.
Con el tiempo, esta idea se ha infiltrado en las mentes hasta el punto de hacer saltar por los aires todos los diques y principios. ¿Hasta dónde puede la sociedad acercarse al precipicio antes de caer? Es difícil responder a esta pregunta, dada la confusión que reina en torno a ella.
Esta niebla político-mediática, alimentada a diario por el cinismo de algunos y la pérdida de referencias de otros, no debe hacernos perder de vista lo esencial: la democracia se basa en un edificio que hay que proteger frente a las amenazas que lo erosionan cada día más.
El macronismo y su responsabilidad en el triunfo de la extrema derecha en Francia
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Traducción de Miguel López