Desde la casa roja

El recuerdo en lugar del olvido

La mentira aún se mantiene intacta sobre la puerta: "Arbeit macht frei". No se necesita imaginación. Cuando uno da un paso más allá de ese umbral, contiene el aire. Aunque el terror ya no se huela como entonces, la verdad, y es que no hace tanto tiempo, sí se lee, se pueden ver sus restos. Una historia reconstruida. Interpretada a la luz del presente. Palabra por palabra. Pisada por pisada. Miles de nombres. Sí, muchos más.

La diferencia entre Alemania y España en el abordaje de su Historia puede partir desde la propia base: los nazis fueron derrotados y aquí la guerra y la guerra que significó la posguerra fue contada por los que se quedaron, lo que imposibilitó el estudio de causas, acciones y consecuencias, abandonando bajo tierra el relato completo. Es la voz de un narrador que permanece inexplicablemente y que se ha dejado por el camino a decenas de miles de cuerpos. Un narrador no fiable, amnésico, que exige identidad cuando no ha brindado memoria.

Pero más allá del punto de partida, en otros países sí se ha reconstruido el pasado dotándolo de todos sus significados, contexto e interpretación y se ha contribuido a la reconciliación de las identidades individuales y colectivas. Un trabajo que contiene un arrepentimiento activo, justicia transicional e investigación histórica de los aspectos que supone haber vivido bajo un régimen dictatorial. Lecciones de obstinación.

Sin embargo, en España, el pasado ha sido relativizado y premeditadamente abandonado. Se ha escrito un punto y seguido político que se nos quiebra como un cristal que, si alguna vez sirvió, hoy resulta fallido y que se nos ha explicado como la cicatrización y cura de las heridas viejas. No ha habido asunción de nuestra procedencia de un régimen criminal que murió de viejo. Nunca ha sido un principio político el recuerdo en lugar del olvido como fórmula de reconociliación. No solamente se han obviado judicialmente los crímenes, es que no ha habido un acto simbólico de reconocimiento público, de aclaración, no se han descifrado las tragedias familiares, las individuales. Las lágrimas. La incertidumbre. Los huesos. Los nombres. Sí, muchos menos. Pero un solo nombre bastaría.

A primeros de este mes, el Gobierno vetó la propuesta del PSOE para la reforma de la Ley de Memoria Histórica de 2007 por falta de presupuesto. Una reforma que pedía la formación de una Comisión de la Verdad reuniendo a especialistas de distintos ámbitos que esclareciesen las violaciones de derechos humanos e infracciones cometidas. Además, la reforma pide la nulidad de los juicios celebrados durante el franquismo y que el Estado se haga cargo de la localización, identificación y exhumación de los restos de los represaliados durante la guerra civil y el franquismo y de la retirada de los restos de Franco del Valle de los Caídos. Y ayer, PP, PSOE y Ciudadanos rechazaron la admisión a trámite en el Congreso de los Diputados de la reforma de la Ley de Amnistía de 1977 para juzgar los crímenes franquistas cometidos en España y en el extranjero.

Así continúa la politización de un asunto que más tiene que ver con los derechos fundamentales que con las ideologías. Así se sigue cavando la brecha del odio en la que duermen los que no descansan. Cómo de frágil será la sutura de esa herida si no se desea remover.

Si la historia se ha ocupado de dar luz donde hubo sombra, sería justo, al menos, una voluntad transversal de reparar el sentimiento desolado de aquellos que no tienen un trozo de tierra al que llevar una flor. Yo no tengo abuelos fusilados, ni restos perdidos entre los más de 100.000 cuerpos hundidos en bosques, cunetas y tapias de cementerios. Nací en 1981 y esto me importa. Entiendo como vitales esas narraciones que, por ejemplo, nunca llegan a tiempo a los temarios de los estudiantes, a esa edad donde el corazón reconoce de frente la tragedia y el significado de los fascismos como algo a evitar a toda costa, sea cual sea tu biografía.

Parece que hay palabras que han sido deliberadamente despojadas de significado. Se lo han quitado los arquitectos de un presente que se construye sin cimientos. "Memoria histórica". "Mi abuelo". Pereza. Risa nerviosa. Son palabras enemigas de la frivolidad que acompaña a nuestros días. Pero hablamos de la raíz, de la de todos, el trasfondo de la infancia y juventud de una generación que hoy se está apagando. Son los que pasan ahora la frontera de los noventa años, son de acá y de allá, y vivieron y sintieron de formas diversas. Se marchan los testigos, y sí, aunque la Historia comprenda los datos sobre los años oscuros, necesitamos una voluntad política de reparación, con nombres y apellidos, fechas y lugares, porque nuestra memoria colectiva es también nuestra memoria familiar. Y ya estamos huérfanos.

El trabajo no les hizo libres. Ellos no lo sabían cuando llegaron. Ahora, nosotros sí.

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