Aldama y las paradojas

Encontramos en Víctor de Aldama todo un rosario de paradojas y contradicciones. Por ejemplo, en ese apellido suyo de aparente abolengo que contrasta con su deje macarra. Aldama se expresa sustituyendo las eses por ges (egque) o terminando las frases con un castizo “¿vale?”, o incurriendo en frecuentes síncopas (dao, quitao, llamao). Al traje, el pañuelo, los gemelos y la eventual corbata, el convicto añade unas pulseritas variadas de esas que nos dan a los cincuentones un aire canallita. Nos cuenta que su oficina está en la calle más pija de Madrid, Alfonso XII, frente al Retiro, más propia de un notario o un noble que de un mísero comisionista que llevaba el dinero a sus amigos en humildes bolsas de Carrefour, pero, eso sí, en rimbombante mochila Montblanc.

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Aldama desea destruir a sus recientes compañeros de (presuntas) fechorías porque ha negociado su propia libertad a cambio de delatarlos y tirar de la manta. Sin embargo les trata sistemáticamente con respeto de mafioso. “El señor Ábalos” o “el señor ministro”, dice. Aunque sea para contar luego que había que contar con “algunas señoritas” para presentárselas al “Sr. Abalos”. “Lag pago yo a esas señoritas”, dice. Su relato suena sistemáticamente obsequioso y victimista: “a mí se me pide”, “se me dice”, “se me ordena”.

No es cierto que al escucharle uno se quede con la idea de que no tiene pruebas. Eso depende de cuál sea el objeto de la pesquisa. Tras ocho horas de declaración (esa sí es una paradoja grave, que el mismísimo Tribunal Supremo admita ocho horas de interrogatorio en su inmensa mayor parte irrelevante), queda bastante claro que el delincuente conoce las direcciones de los puticlubs y los restaurantes, los ascensores del ministerio, los caprichos del “señor Ábalos” y las costumbres de Koldo (a este le priva del “don” o del “señor”).

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Tras ocho horas de interrogatorio a Aldama, queda claro que no puede demostrar la connivencia del presidente del Gobierno

Sin embargo, tras el largo interrogatorio, en el que Aldama se va y vuelve y vuelve y se va sin que nadie le llame a la cuestión, también queda claro que no puede demostrar la connivencia del presidente del Gobierno. Más bien, precisamente por no aportar prueba alguna, constata que “el Uno” no sabía nada (nos revela, eso sí, gran descubrimiento, que Sánchez era el Uno y Ábalos el Dos).

Todo esto sería el enésimo sainete castizo, objeto de un esperpento valleinclanesco, si no fuera asqueroso. Ahí tenemos esa solemne sala de juicios, con esos entelados rojos viejunos; a esos magistrados y letrados y policías y testigos y acusados escuchando las acusaciones de Aldama durante toda una jornada laboral, para permitir que los medios y pseudomedios de siempre sigan esparciendo bulos y suposiciones sobre el presidente y alguno de sus ministros. Vuelve uno a preguntarse por qué la paradoja de que estemos asistiendo a este espectáculo de telebasura casi inmediatamente después de cometidos los supuestos delitos, mientras otros casos más truculentos tardan en juzgarse más de una década o se aplazan sin aparente motivo.  

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En fin, que el PP y Vox y sus corifeos y cómplices, desde los alvises y los quiles a los desokupas, los abogados cristianos, los fachas con toga y toda la carcundia que les acompaña, creyeron encontrar en Aldama a su garganta profunda. Cada una de esas ocho horas de testimonio, sin embargo, iba confirmando que (presuntamente) Ábalos y Koldo eran dos pillos muy pillos, o dos corruptos de tomo y lomo, quizá. Pero con todo lo doloroso que resulte que el ministro de Transportes y secretario de Organización del partido socialista se haya corrompido, el comisionista no aportaba la más mínima prueba de responsabilidad del presidente del Gobierno ni del Partido Socialista. Resultaba paradójica también la generosidad del Tribunal permitiendo que Aldama acusara sin prueba alguna a Sánchez, teniendo en cuenta lo exigente que se puso el que instruyó el caso Kitchen, por ejemplo, dejando a M. Rajoy fuera de su interrogatorio.

El resultado es positivo para el Gobierno y es trágico para el PP, aunque crea lo contrario. Si un delincuente llega a un acuerdo con la Fiscalía para descubrir un caso de corrupción mucho mayor del que ya conocemos y que implicaría al presidente del Gobierno y a otras autoridades, y tras su declaración no puede aportar ni una sola prueba, quien sale indemne y victorioso (y una vez más víctima de los desafueros de las derechas vociferantes) se llama Pedro Sánchez. Y así pasan los días, con un Feijóo y un PP cada vez más desnortados.

Encontramos en Víctor de Aldama todo un rosario de paradojas y contradicciones. Por ejemplo, en ese apellido suyo de aparente abolengo que contrasta con su deje macarra. Aldama se expresa sustituyendo las eses por ges (egque) o terminando las frases con un castizo “¿vale?”, o incurriendo en frecuentes síncopas (dao, quitao, llamao). Al traje, el pañuelo, los gemelos y la eventual corbata, el convicto añade unas pulseritas variadas de esas que nos dan a los cincuentones un aire canallita. Nos cuenta que su oficina está en la calle más pija de Madrid, Alfonso XII, frente al Retiro, más propia de un notario o un noble que de un mísero comisionista que llevaba el dinero a sus amigos en humildes bolsas de Carrefour, pero, eso sí, en rimbombante mochila Montblanc.

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